Revista Internacional de Educación y Análisis Social Crítico Mañé, Ferrer & Swartz.
ISSN: 2990-0476
Vol. 4 Núm. 1 (2026)
Política poética en Juan Ramón Jiménez
Poetic politics in Juan Ramón Jiménez
A política poética em Juan Ramón Jiménez
Antonio Orihuela
Doctor en Historia por la Universidad de Sevilla.
https://orcid.org/0009-0000-7636-1687
antonioorihuela.orihuela@gmail.com
El hecho de que toda la prosa de Juan Ramón Jiménez permaneciera inédita en vida del poeta, y que aún permanezca inédita en parte, ha permitido que la imagen que fraguaron sus enemigos de él, la del poeta encerrado en su torre de marfil, se haya mantenido con relativa vitalidad hasta el día de hoy. Como es hasta cierto punto lógico, la gestión de su obra influyó en la percepción pública del autor. El público general era prácticamente imposible que viera al poeta comprometido y apasionado que había detrás de la pose. Tratemos, a través de las siguientes líneas, de aportar luz a la cuestión objeto de estudio.
Palabras clave: Didáctica de la literatura, Juan Ramón Jiménez, literatura crítica, pensamiento crítico, política poética, prosa, Zenobia Camprubí.
Abstract
The fact that all of Juan Ramón Jiménez's prose remained unpublished during the poet's lifetime, and that some of it still is, has allowed the image forged by his enemies -that of the poet locked in his ivory tower- to persist with relative vitality to this day. As is to be expected, the management of his work influenced the public perception of the author. It was virtually impossible for the global audience to see the committed and passionate poet behind the facade. Let us attempt, through the following lines, to shed light on this matter.
Keywords: Literature didactics, Juan Ramón Jiménez, critical literature, critical thought, poetic politics, prose, Zenobia Camprubí.
Resumo
O facto de toda a prosa de Juan Ramón Jiménez ter permanecido inédita durante a vida do poeta, e de parte dela permanecer ainda inédita, permitiu que a imagem forjada pelos seus inimigos -a do poeta enclausurado na sua torre de marfim- persistisse com relativa vitalidade até aos dias de hoje. Como era de esperar, a gestão da sua obra influenciou a perceção pública do autor. Era praticamente impossível para o público em geral ver o poeta empenhado e apaixonado por detrás da fachada. Tentaremos, através das linhas seguintes, lançar luz sobre esta questão.
Palavras-chave: Didática da literatura, Juan Ramón Jiménez, literatura crítica, pensamento crítico, política poética, prosa, Zenobia Camprubí.
Prosa abierta
Juan Ramón Jiménez, como se aprecia en sus trabajos en prosa, en los mismos diarios de Zenobia Camprubí, y en las crónicas de los periodistas que lo entrevistaron en el exilio (González, 2014), jamás vivió ajeno a lo que estaba ocurriendo a su alrededor. Incluso, antes de la guerra, su compromiso con la democracia y la República son manifiestos, aunque como el mismo anota en una conferencia en Cuba, en 1937: “nunca he querido encadenarme a ningún partido político, aunque tenga mi lógica preferencia, porque los partidos suelen imponer complicación y volubilidad, y yo quiero ser claro y seguido idealista” (Jiménez, 1985, p. 52).
Lejos del férreo corsé apolítico en el que muchos han querido encerrarlo, Juan Ramón fue siempre una persona comprometida con su tiempo, protestó y se manifestó, siendo estudiante en Cádiz, contra la leva de soldados que marchaban a la guerra de Cuba, y se declaró a favor de la independencia de la isla. Adulto, expresó su repudio por la monarquía borbónica, escribió contra la actuación del gobierno durante los acontecimientos de la Semana Trágica en Barcelona y la absurda guerra colonial de Marruecos, abogó por el pacifismo durante la I Guerra Mundial… cuando incluso la intelectualidad española se dividió en germanófilos y anglófilos, declinó el ofrecimiento de ocupar alguna embajada vacante en el contexto del nuevo régimen republicano. Firmó, en 1934, la súplica al Tribunal Supremo por la revisión de la represión en Asturias, protestó públicamente contra el asesinato, durante la misma, del periodista Luis Sirval, atribuido a los militares; apoyó en público a Manuel Azaña, encarcelado por los sucesos de ese mismo año en Cataluña y, en vísperas del golpe, para dejar bien clara su actitud ante las críticas de algunos (Bergamín, Lorca, Neruda, etc.) frente a la poesía pura, anunció la conferencia “Política Poética”, a impartirse en la Residencia de Estudiantes el 15 de junio, y que levantó tal expectación que a la misma asistieron dos ministros, el de Instrucción Pública y el de Agricultura, el rector de la Universidad Central, catedráticos y un gran número de poetas, escritores, artistas… y solo faltará el mismo Juan Ramón, que delega en un discípulo de confianza su lectura, justificando su ausencia por una enfermedad ocular, aunque al mismo Juan Guerrero Ruiz, su confidente en tantas cosas, ya le había anunciado que no pensaba asistir (Guerrero, 1961, p. 459).
Los acontecimientos se precipitaron: apenas un mes después de su conferencia en la Residencia de Estudiantes, estalla la sublevación. Juan Ramón se ofrece a varios ministros amigos para que lo empleen en lo más necesario, pero ninguno le hace caso (1985, p. 183). Por otro lado, declina la invitación a instalarse con Zenobia en la sede de la Alianza de Intelectuales Antifascistas y asumir su presidencia, con la excusa de que la mitad de esos antifascistas eran fascistas bien conocidos (p. 324).
A los pocos días, Jiménez firma, junto a otros célebres intelectuales españoles, a favor de la legalidad republicana, la Declaración de los intelectuales ante la sublevación militar, publicado el 31 de julio de 1936, junto a personalidades de la talla de Marañón, Ortega, Pérez de Ayala, etc., cuya lealtad al gobierno legítimo de la República, les recriminará Juan Ramón (1985) en Guerra en España, durará lo que el conflicto, pues todos volverán del exilio aceptando la dictadura franquista; cuando no, habían pasado directamente del “corsé, calcetines de seda y bordados, pulseritas, polvos y una hoz y un martillo de oro en la corbata (…) algunos de ellos han convertido la hoz y el martillo en flechas y el puño hipertrofiado en mano abierta hipertrofiada, de tanto exhibir” (p. 119). También asegurará, una década después, al preguntársele por su actuación en la guerra de España, que él fue el primer intelectual que pidió ayuda para el pueblo que resistía la sublevación armada desde los micrófonos de Unión Radio de Madrid[1].
Las dos primeras semanas de agosto, el matrimonio protege a una docena de niños que habían quedado sin hogar y sin familia en los comienzos del conflicto. Lo hacen en coordinación con la Junta de Defensa del Menor, pero a su costa, sin recibir remuneración alguna del Gobierno, y sufragando ellos todos los gastos que esto ocasiona. La reacción del matrimonio no es nueva, Juan Ramón, como demuestra en muchas páginas de Platero y yo (2025), tuvo una especial sensibilidad por los niños desvalidos y necesitados, a los que a lo largo de toda su vida prestó atención y ayuda. Igualmente, por los seres humillados, desgraciados o marcados por taras físicas o psíquicas, como se puede apreciar en los capítulos El niño tonto, La tísica, La púa o Golondrinas. Por lo que sentía aversión era por el ruido, el carnaval, las corridas de toros, las riñas de gallos, los tablaos flamencos, los juegos de cartas, el vino, el tabaco, los espectáculos degradantes, los militares, los caciques, la Guardia Civil, los curas, los frailes y las misas.
El 19 de agosto, Juan Ramón Jiménez se entrevista con Azaña, que le anima a partir y le dice que podría “ser más útil a España fuera que dentro” (González, 2014, p. 250). Abandona Madrid en dirección a Valencia, el 20 de agosto, con algo más de 3000 pesetas y dos maletitas donde apenas van las medicinas de Juan Ramón, unas mudas de ropa y sus anillos de casados. El 22 pasan la frontera de la Junquera, dejando atrás todo su patrimonio, con el pensamiento de que volverán en unos meses, una vez aplastada la sublevación. Pasan unos días en París, escandalizados por el escaso interés de los franceses en los sucesos de España, a pesar de coincidir en el poder también allí una coalición de partidos de izquierda bajo el nombre de Frente Popular. Las reflexiones de Juan Ramón sobre estas circunstancias son claras, afirmando que la misma fuerza que “nos ataca a nosotros ahora (…) muy pronto atacará también y otra vez a ellos” (Jiménez, 1985, p. 122).
El 26 de agosto zarpan hacia New York, llegando cinco días después, para encontrarse un ambiente muy similar al de Francia. El golpe militar en España apenas interesa a la maquinaria mediática ultraconservadora comandada por Randolph Hearst (Lande, 2021), totalmente entregada a la causa de los golpistas. Pasa una semana en New York, a la que encuentra muy cambiada. Nada que ver con la New York de veinte años antes, cuando acudió a la ciudad para casarse con Zenobia. Juan Ramón percibe la ciudad como una gran máquina sin alma, y lanza, desde ella, uno de los primeros textos en nuestro idioma de sensibilidad ecologista y decrecentista: Límite del Progreso (González, 2018; Ramírez, 2022).
En esos días, Juan y Zenobia abren una suscripción a favor de la “Protección de Menores” de Madrid, la organización con la que han colaborado allí, y hacen un rápido viaje a Washington con la esperanza de recabar apoyos en la lucha de la República contra el fascismo (Jiménez, 1985, p. 122). Roosevelt está preparando la campaña de reelección a la presidencia, y en las filas demócratas no hay interés en nada más. En una entrevista para la revista The New Republic, Juan Ramón, vaticina que si las democracias no reaccionan a tiempo vendrá una nueva conflagración mundial, pero nadie le hace caso: “Todos se rieron de mí, -escribe el poeta- Y era tan sencillo todo –agrega- Con haber leído Mi lucha, de Hitler, hubiera bastado” (Jiménez, 1985, pp. 191-195 y 282).
El 18 de septiembre, manda un texto a un acto patrocinado por el Comité Americano de Apoyo a la Democracia Española, en el que insiste en esto mismo, criticando el desamparo en el que las democracias occidentales han dejado a la República española. Por esos días conoce la noticia del asesinato de Federico García Lorca, al que le cuesta dar crédito.
El 29 de septiembre llegan, Jiménez y Zenobia, a Puerto Rico, donde pasarán dos meses, y donde reitera su adhesión a la República en las entrevistas que le hace la prensa en ese tiempo, así como intenta contrarrestar las campañas de imagen de la prensa que identificaban República y desorden (Jiménez, 1985, p. 122).
A finales de noviembre, el matrimonio visita Cuba, invitado él a impartir algunas conferencias, y seguir propagando sus principios democráticos y republicanos. Frente a la maledicencia de la prensa conservadora, que le acusaba de haber salido corriendo de Madrid ante el caos republicano para salvar el pellejo, se defiende: “Yo no he huido” (Jiménez, 1985, pp. 133, 140).
En Cuba, para disgusto del gobierno cubano, también afín a los sublevados españoles, también participa en varios homenajes a brigadistas muertos, en recuerdo de Federico García Lorca, etc. Su defensa de la legitimidad republicana carece de fisuras, es imposible interpretar, de sus palabras, que Juan Ramón podría ser uno de los intelectuales de ese invento que algunos llaman “la tercera España” (Blanco, 2025):
“Yo nunca he tenido cargos públicos remunerados, ni espero tenerlos de la República Nueva que hoy o mañana será lo definitivo en España, y así lo deseo, por muchos éxitos aparentes y momentáneos que tenga la revolución feudalista; y no creo necesario añadir que no espero nada tampoco del posible triunfo de las derechas (…) Yo lamento profundamente muchas cosas que han ocurrido en la España republicana, cosas que en ninguna catástrofe natural o social es posible evitar, pero estoy siempre en mi mismo sitio, y no porque hayan ocurrido tales cosas de una parte, voy a pasarme a la otra, donde han ocurrido además las mismas o peores cosas. Siempre estaré conmigo y con la democracia, con los demócratas dignos (…) Por otra parte, nada hay más falso que la pretensión rebelde de encarnar la espiritualidad de España. El Clero y el Ejército, columna vertebral de la insurrección, no tienen, en España, nada de espiritual. Es en el pueblo donde reside la fuerza espiritual de España (González, 2014, pp. 252-253).”
“Lo que en España defienden ahora el ejército y el clero, ayudados por las clases privilegiadas, digan ellos lo que digan (…) no será más que un nuevo feudalismo” (p. 257).
“El Gobierno de la República hizo cuanto le fue posible por contener el desbordamiento de la locura (…) Todos hemos podido oír radiados (…) los discursos de La Pasionaria, de Indalecio Prieto (…) de Azaña (…) compárense (…) con los de algunos generales revolucionarios (…) Los dos bandos han cometido atrocidades, pero, mientras de un lado las autoridades republicanas han tratado de impedirlas por todos los medios, del otro lado las autoridades rebeldes las han alentado y hasta ordenado. Esa es la diferencia. Estando en Madrid escuché, una noche por radio, la más conmovedora arenga que pueda oírse: un llamamiento de la Pasionaria dirigido a las milicias republicanas para que respetaran la vida de los prisioneros y respondieran con calor de humanidad a las atrocidades rebeldes. Cómo contrasta eso con la actitud de Queipo de Llano predicándole a sus moros y regulares del Tercio la guerra sin cuartel contra los llamados rojos y excitándolos a no respetar ni las mujeres ni los niños” (p. 254).
El pensamiento de Jiménez (1985) sobre los militares sublevados no cambia con el tiempo, y debajo de una foto del dictador Franco con otros generales en Burgos, escribe: “Los defensores de la Civilización cristiana occidental: chulería y taberna. La chulapona y los bajos. Coro,” y debajo de otra de Hitler anota: “¿Podrá este gorila, cerdo, tiburón, regir el mundo?
En enero de 1939, más de dos años después de residencia cubana, el matrimonio Jiménez embarca de nuevo para New York, donde pasan dos meses, y de allí parten hacia Coral Gables, invitado por la Universidad de Miami para dar unas conferencias, permaneciendo tres años (Palau, 1957, p. 302). En abril, termina la “guerra civil”, y en junio se produce el allanamiento del piso de Juan Ramón en Madrid (Cadenas, 2009), de donde tres falangistas, aprendices de poeta (Félix Ros, Carlos Martínez Barbeito y Carlos Sentís), se llevaron libros, documentos, cartas, y hasta la máquina de escribir. También el coche de Zenobia, que fue la segunda mujer en España en tener carnet de conducir, había sido requisado hace tiempo. Su casa quedará afecta a Patrimonio Nacional y, unos años después, los objetos de la misma trasladados al Museo Romántico de Madrid.
Ni siquiera el fin de la guerra supone para el matrimonio Jiménez la interrupción de los vínculos de solidaridad con los republicanos. Todavía, el 5 de marzo, Juan Ramón envía un telegrama de adhesión a Julián Besteiro. Igualmente, firman manifiestos y abren suscripciones en La Prensa de New York para recabar fondos para crear un depósito de alimentos para los refugiados en Francia e intentan hacer llegar dinero con que poder ayudar a los intelectuales encerrados en los improvisados campos de refugiados que se habilitan en el sureste francés y Orán (Jiménez, 1985, p. 232). Ante la noticia falsa del fusilamiento de Rivas Cherif, Zenobia recoge la terrible crisis en la que cae Juan Ramón en su diario: “la noche en que se enteró de la sentencia de Rivas, y después de vomitar 43 veces, lo tuvieron que llevar en camilla, en la ambulancia, había sufrido un colapso total” (Camprubí, 2006, p. 222).
Igualmente, el fin de la guerra, al contrario que sí ocurrió con otros, como Ortega (Ramos, 2024), no hace que Juan Ramón intente contemporizar con el régimen franquista, y lo mismo que había hecho ya en dos ocasiones, vuelve a rechazar, del todopoderoso José María Pemán, en 1946, su invitación a entrar a formar parte de la Real Academia de la Lengua. En su insobornable independencia, también criticará los manejos de Indalecio Prieto y Negrín en la gestión de los fondos republicanos (González, 2025).
En 1942, nada más entrar los Estados Unidos en la II Guerra Mundial, Juan Ramón se ofrece al Departamento de Estado Americano para “ayudar a defender los grandes ideales del espíritu amenazados desde tan oscuros abismos” (Garfias, 1973, p. 133). Contratado por la Oficina del Coordinador de Asuntos Americanos en Washington, tendría que haber empezado, en septiembre de 1943, una serie de retransmisiones radiofónicas de entre diez y quince minutos, dos veces por semana, sobre temas literarios que pretenden “enaltecer el espíritu humano a través de la inserción de la poesía en el sentido social de la vida” (p. 133). Para su primera charla, Juan Ramón había preparado un sugerente texto en el que decía:
“Soy español. Desde 1939 vivo en estos Estados Unidos, donde todavía se respeta la libertad moral y física. Me gusta vivir en el país de la Libertad, porque yo he sido, soy y quiero ser hasta mi final, un hombre libre (…) No he pertenecido nunca a ninguna secta política, social ni religiosa (…) nunca he cobrado un céntimo de ningún partido político, monarquía, república o anarquía.” (Jiménez, 2010, p. 21).
El objetivo de Juan Ramón, con estas lecturas radiofónicas, es sostener la tesis de que había sido la literatura modernista la que había conseguido hermanar a españoles e hispanoamericanos por encima de conflictos bélicos, política o imperialismos, y que desde ella había que cimentar una concordia espiritual y cultural entre Estados Unidos y el mundo hispánico, que hiciera posible el intercambio y el enriquecimiento común, primer paso hacia la comunidad ético-espiritual inter y transcultural planetaria, con la que soñaba el poeta.
Se ilusiona con el proyecto y redacta algunos textos y esboza otros, pero cuando le comunican que sus charlas tendrán antes que pasar por la censura militar, rechaza la oferta, renunciando a una jugosa remuneración, nada desdeñable, teniendo en cuenta que los Jiménez estaban por entonces al filo de la precariedad.
Llama la atención cómo Juan Ramón, desde que salió de España, en parte acuciado por las necesidades materiales, se ha volcado en unas actividades que había rechazado hasta entonces, nos referimos a dar conferencias e impartir seminarios en instituciones culturales y universidades, a pesar de las dificultades que esto le supone desde el punto de vista de la investigación, pues toda su biblioteca había quedado en Madrid. Juan Ramón se lamentará de ello hasta el final de su vida.
“Datos que entonces me faltaban y que consideré fácil tener (…) no los he podido todavía conseguir (…) Washington tiene una gran biblioteca pero yo no soy hombre de bibliotecas públicas (…) Toda mi hermosa biblioteca particular, tan bien surtida para mi gusto y mi propio trabajo, fue robada y dispersada en apropiación y venta (Madrid 1939) y no me ha sido posible improvisar otra.” (Jiménez, 1983, p. 13).
Juan Ramón diseñó un plan de trabajo muy ambicioso, azuzado por las expectativas que había puesto en sus charlas radiadas, y que luego desarrollará, anuladas estas, en seminarios y conferencias que impartirá en diferentes foros. Casi sin material de consulta, Juan Ramón escribe sobre el Modernismo, sus precedentes, su presencia en Hispanoamérica, España y Estados Unidos, San Juan de la Cruz, Bécquer, Poe, Martí, Whitman, Dickinson, Eliot, Frost, Democracia y Aristocracia, etc.
En 1943, Zenobia consigue un puesto de profesora de español en la Universidad de Maryland, y el matrimonio se instala en Riverdale. Al año siguiente Juan Ramón imparte varios seminarios en esta misma universidad. En 1948, viajan a la Argentina, invitado Juan Ramón a impartir unas conferencias que despertaron una gran expectación, luego frustrada cuando el poeta se centra en ellas en hablar del trabajo gustoso, su comunismo poético, y los límites del progreso en un contexto social, el del peronismo, escasamente receptivo a estas propuestas. En 1951, se trasladan a Puerto Rico, en cuya universidad Juan Ramón dictará un curso sobre modernismo, dos años después.
Una de las obsesiones de Juan Ramón, exiliado, es la pérdida de la frescura de la palabra hablada en español, y de su español en medio de una comunidad predominantemente anglófona, reflexionando sobre el vacío en que se ha quedado su propia lengua, parada en 1936, cuando salió de España, mientras el español de España habrá seguido evolucionando sin él, y la recepción en América de un español que tampoco es el suyo, por más que se esfuerza en identificar tonalidades y cromatismos en el español del Caribe que le recuerdan a Andalucía… “Con mi mujer hablo siempre en español, claro está, pero ya nos corregimos uno a otro y hasta consultamos el diccionario” (1990, p. 707). “Hoy, trasterrado y deslenguado, creo que ningún español de los que conozco fuera de España, habla en español, habla español, el español que yo voy perdiendo” (p. 532).
“Bien está la ingratitud y la calumnia, el honor de la lista negra, la pérdida oficial de la ciudadanía, el robo de mi trabajo de toda la vida (…) Pero, ¡a qué precio!, el destierro de mi lengua (…) Porque desterrado, sin tener lenguas mías a mi alrededor, no hago nada, no soy nadie, estoy más muerto que muerto, estoy perdido” (Jiménez, 1985, p. 48).
De ahí su otro drama, el desarraigo, la pérdida del andaluz, su orfandad sustancial producto del exilio, que lo convirtió, como él decía, en un deslenguado. Casi al final de su vida, la memoria constante de su pueblo y sus gentes tendrá, acaso, su mejor jalón, en la carta que escribirá a los criados de su casa cuando él era niño, intentando, en ella, un hermoso ejercicio literario de redención y arrepentimiento, pues se disculpa con todos ellos (Concha la mandadera, José el aperador, Josefito, Vito Villegas, Manuel de la Encina el casero de Fuentepiña, etc.), les pide perdón por
“mi mala juventud, mi conducta absurda, mi vergüenza muchacha de ser lo que en mi fondo yo era y sería… cuánto aprendí… de vosotros que creía entonces tan poca cosa! Mucho he sufrido luego recordándoos, no pudiendo ya, por desgracia, enmendar mi inconsciencia pasada, quizás para vosotros reviví mi falsa realidad, mi equivocada historia” (Jiménez, 1973, p. 301),
inmortalizada ya para siempre entre las páginas de Platero y yo (Jiménez, 2025). Sólo el viaje a Argentina, en 1948, le sacará de esta desposesión fundamental de la lengua: “El milagro de mi español lo obró la República Argentina (…) Aquella misma noche yo hablaba español por todo mi cuerpo con mi alma” (Jiménez, 1973, p. 283)… y le mantendrá bastante activo hasta 1954. Ese año se traduce Platero y yo al sueco con el horrible título de Silver y yo, que tanto disgustó a Juan Ramón. Nueve años antes, Gabriela Mistral, en la recepción de su premio Nobel, había tenido unas palabras para Juan Ramón Jiménez reconociendo su magisterio en la poesía en lengua española. En 1952, el nombre del poeta aparece por primera vez en la lista de nominados. En 1954, Juan Ramón repite nominación, quedando en tercer lugar. El 28 de octubre de 1956 morirá Zenobia, tres días antes Juan Ramón recibirá de los labios de ella la noticia de la concesión del premio Nobel. “¡Ahora!” (Alegre, 2008, p. 187), exclamará el poeta con amargura. Dos años después muere el poeta a los 77 años de edad.
El pensamiento político de Juan Ramón está profundamente enraizado en el krausismo, movimiento filosófico en el que había bebido a comienzos del siglo a través de su admirado maestro Francisco Giner de los Ríos, y otros personajes de la intelectualidad madrileña. El krausismo español es, en realidad, una variante del republicanismo de finales del siglo XIX, que pretendía reformar y renovar España a través de un programa que incluía:
-La construcción de un Estado de Derecho que garantizara a todos los ciudadanos el desarrollo de sus potencialidades y capacidades, defendiendo posiciones intermedias entre el individualismo liberal y el socialismo.
-La educación como palanca para el progreso, modernización y perfeccionamiento moral de la sociedad española.
-La secularización de la sociedad, abogando por una religiosidad panteísta y espiritualista.
Todos estos aspectos recorren su concepción política de la sociedad y están muy visibles en la ética juanramoniana, en su búsqueda de todo lo noble y puro, en el cultivo espiritual, la acción encaminada exclusivamente por medio del amor y el altruismo desinteresado, el respeto a la naturaleza y al patrimonio artístico, a la cultura…
Su firme apuesta por la educación del pueblo, su crítica a la miseria material y espiritual en las que se le mantenía, su gusto por la naturaleza y el respeto por todo lo vivo se cimenta igualmente en el contacto con los intelectuales de la Institución Libre de Enseñanza, y es bajo el influjo general de los krausistas donde hay que situar el compromiso de Juan Ramón con el pacifismo, el higienismo, la cultura y la naturaleza. Así, de la mano de ellos conocerá las Sierras de Guadarrama, paisaje que el poeta verterá en el libro Pastorales (Jiménez, 2009), fruto de las excursiones y paseos a las que le aficionan sus amigos por la acción curativa que defendían tiene el contacto con la naturaleza; y como conciencia de ellos se escribe Platero y yo (Jiménez, 2025), tan celebrado por Francisco Giner y Manuel Bartolomé Cossío, ambos maestros y amigos que ayudan a Juan Ramón a reelaborar su gusto por lo popular (muy presente en capítulos como La Cruz de Mayo, El Rocío, Corpus, etc.), frente a lo plebeyo, es decir, el gusto por lo auténtico incontaminado aún por el cosmopolitismo (en la línea de las tesis de Ruskin, Thoreau o William Morris, esa aristocracia natural y a la intemperie que, para Juan Ramón, se hallaba en lo que quedaba en cada persona de pueblo, lo natural y sencillo, justo y delicado, común patrimonio ideal que había que elevar a base de cultivo y belleza.
La guerra de España supone pues, una quiebra, una ruptura con todo lo anterior, ambiente intelectual perdido, amigos muertos, puertas que se cierran, laborales y editoriales, para quien es ahora un desafecto al régimen de Franco, un apestado que no tiene cabida en la nueva España nacional católica. Frente a la actitud mayoritaria del exilio, Juan Ramón se mantuvo fiel al gobierno de la República democrática y legal de España y, a pesar de los muchos intentos del gobierno franquista, e incluso de las presiones familiares, jamás aceptó volver.
Lírica cerrada
Juan Ramón Jiménez habló, a menudo, de cómo su obra se había ido fraguando en tres procesos, tres cambios que habían significado para el poeta un renacer cada vez, al punto incluso de precisar que estos se habían dado en ciclos más o menos precisos de veinte años. Más allá de la anécdota, la cuestión es si es posible rastrear en la evolución general de su obra estos tres periodos que, curiosamente, también coinciden con tres guerras.
Mientras se sucede la insurrección cubana que desembocará en la guerra hispano-estadounidense, Juan Ramón inicia su formación modernista, hecha de sentimiento y color, que abarcaría entre 1895/96 hasta 1916/17, etapa en la que, junto a Rubén Darío o Antonio Machado, Juan Ramón participa activamente en renovar, innovar y llevar la poesía en lengua española hasta las cimas más logradas de la modernidad.
En los años de la I Guerra Mundial, ya en solitario, y ante la incomprensión de sus antiguos aliados, Juan Ramón inicia su segunda etapa, que se extiende entre 1916 a 1936, marcada por la influencia de la poesía anglosajona contemporánea, lo que impregna la suya de desnudez, intelectualidad y esencialismo conceptual, siendo el Diario de un poeta recién casado (Jiménez, 2021), su mejor hallazgo; y que junto a libros como Piedra y cielo (Jiménez, 2020) o la Segunda antolojía poética (Jiménez, 2000), se convertirán en las bitácoras literarias de lo que será la llamada Generación del 27[2] (grupo de jóvenes poetas que habían nacido bajo el magisterio y la protección de Juan Ramón Jiménez, como García Lorca, Alberti, Salinas, Guillén, Cernuda, Altolaguirre, Prados, Aleixandre, Domenchina o Bergamín), extendiendo su influencia, en Hispanoamérica, durante los años treinta y cuarenta, por todos los rincones de lengua castellana, dando lugar a grupos como los Contemporáneos en México o los Piedracielistas en Colombia, y constituyendo la guía principal en la formación poética de muchas individualidades en Cuba, Argentina, Chile, Uruguay, México, etc. Influencia que contrastará vivamente con la nula que ejercerá en la poesía hispanoamericana de la segunda mitad del siglo XX, en parte debido a que sus libros más fundamentales apenas son conocidos en aquellas tierras.
A partir de 1923, Juan Ramón deja de publicar y se enfrasca en una idea que ya no le abandonará en vida, la de reescribir o recrear, como a él le gustaba decir, para depurar su obra anterior, y ordenar y agrupar el conjunto de su trabajo en verso y prosa, y en ello vierte su empeño de todos esos años. Él mismo confiesa, en la primavera de 1926, cómo descubrió que su vivir en poesía le impedía pensar en escribir libros de poesía; ya había dejado de publicar unos años antes, y se mantendrá en esta misma actitud hasta que no se le convenza, poco antes de la guerra, de publicar toda su obra completa. A partir de entonces Juan Ramón hablará de Obra en Marcha (Cuevas, 1991), para definir su trabajo incesante, y comentará jocoso que el mejor lugar para dejar constancia de su obra sería el periódico, donde vertería todo lo escrito al día y allí lo leerían todos, justificando que
“como la poesía es vida, puede y debe ir entre todo lo otro que suele llamarse vida: el crimen, el robo, la muerte, el nacimiento, el reclamo, el concurso de belleza, el anuncio, gérmenes todos de poesía posible. ¡Y qué posibilidades no hay en ese posible contacto diario con la ciencia, el arte, la poesía! ¡Cuántos podrían volver a su casa, a su comida, a su cama con una visión distinta de su vida, recibida en el minuto del tranvía, del paseo, de la oficina! (Jiménez, 2013, p. 184).
Identidad de poesía y vida que Juan Ramón presentía y que, si no se cumplió en lo público, sí lo hizo en lo personal, en lo íntimo, como le confesaba en carta de julio de 1943 a Luis Cernuda: “Mi ilusión ha sido… llegar un día a no escribir. Escribir no es sino una preparación para no escribir, para el estado de gracia poético, intelectual o sensitivo. Ser uno poesía y no poeta” (Jiménez, 2013, p. 296). al punto que considerará su obra ideal un libro con todas las hojas en blanco que se llamaría Poesía no Escrita.
En 1936, Juan Ramón Jiménez vuelve a publicar un libro después de trece años de sequía editorial, y lo hace como inicio de un proyecto en el que pensaba dar a imprenta todo lo que había escrito hasta el momento en 21 volúmenes, y que llevarían el nombre de Unidad (Jiménez, 1999). Ese año, coincidiendo en la feria del libro de Madrid, salió Canción (Jiménez, 1993) pero la guerra en España frustró por completo sus deseos.
Su tercer tiempo, entre 1936 a 1954, son los años que Juan Ramón llama de definición y conclusión, su tiempo último. En él aspirará a continuar escribiendo y, en la misma medida, reviviendo su obra anterior a la luz de su presente. Verán la luz en esos años los libros La estación total con las canciones de la nueva luz (Jiménez, 2006), que, según Juan Ramón Jiménez, había escrito entre 1923/39, aunque se publica en 1946, en Buenos Aires, por la editorial Losada; Romances de Coral Gables (Jiménez, 2011) publicado en 1948 por la Editorial Stylo en México D.F., y Animal de fondo (Jiménez, 1981) escrito durante el viaje a la Argentina y publicado en 1949, en la editorial Pleamar de Buenos Aires. Sin publicar en vida del poeta quedó En el otro costado (Jiménez, 1974), escrito entre 1939/42; Una colina meridiana (Jiménez, 2003), escrito entre 1942-52 en Washington y Riverdale; Dios deseado y deseante y De ríos que se van, escrito en Puerto Rico entre 1952-54[3]; así como toda su prosa (Alerta, Recuerdos, Tiempo, Ala compasiva, Edad de Oro, Isla de la simpatía, etc.), que no ha empezado a ver la luz hasta fechas muy recientes y sobre criterios muy discutidos por los estudiosos debido a la dificultad para ordenar la ingente obra que Juan Ramón dejó a su muerte sin publicar, ya que, como él mismo decía:
“Yo no hago un libro nunca. De mi trabajo constante, ellos se han formado solos… ante mí tengo siempre 10, 20, 40 libros que se van haciendo solos. Muchos que me encuentran, me preguntan: ¿Qué hace usted? No sé qué contestar. Si les digo: 80 libros, se ríen, creen que es exageración andaluza[4].”
En la última etapa de su vivir lírico, se consolida una nueva escritura poética que es suma completa, revivida, recreada y depurada, de toda la anterior, afán ilusorio de reducir obra y vida a un mismo plano sin centro. Este será el nuevo y último universo poético en que viva el ánimo poético de Juan Ramón, su última revolución íntima, hecha tanto desde el dinamismo, el ritmo vertiginoso y la musicalidad interior, como desde el sosiego meditativo y estático, es decir, lo que él llamará el estado poético, su conciencia sucesiva de lo hermoso. Una revolución de sencillez, despojamiento y búsqueda esencial que pretendía realizar la identificación de vida y poesía, el vivir en poesía como proyecto íntimo, cívico y ascético a un tiempo, su ética-estética presidida por la más alta exigencia en lo existencial y lo moral incardinada siempre hacia ese ideal último que tenía que concretarse no ya en escribir poesía, sino en haberse hecho poesía, llegar a la poesía sin necesidad de su escritura, alto ideal del libro en blanco final como signo de la transfiguración definitiva de toda la obra escrita, superior en todo a ella, destino cumplido del poeta hacia su propio perfeccionamiento moral.
El final de la guerra de España también supuso para el poeta tener que enfrentarse ante el desastre personal de saber que su piso de Madrid había sido asaltado y expoliado al final de la contienda por unos aprendices de poetas fascistas, que su obra cuidada durante el conflicto bélico por la servidumbre de su casa había sido robada, dispersada, destruida.
“¿Me habrán robado también los de Félix Ros las pájinas que escribí sobre la muerte de mi madre? Escritas al sol madrileño de aquellos días de otoño, vuelto de Moguer, no podría volver a escribirlas… Qué daría yo por tener esas pájinas conmigo en este cuarto de Coral Gables” (Jiménez, 2012, p. 233).
Juan Ramón es consciente del hecho, al punto que no dejará en todo lo que le quede de vida de intentar recuperar lo perdido, pero también, una vez pasada la contienda, comienza a tomar consciencia de su situación y de la necesidad de continuar la obra, una obra que, ante la imposibilidad material de recuperar todo lo que quedó en España, comienza de nuevo a construirse ahora desde un mirar dentro y lejos, en el mismo espacio y el mismo tiempo, a conformarse como expresión sencilla, limpia y depurada de un decir último hecho de acabamiento existencial y vuelo místico. Una expresión que recupera metros muy españoles como el romance y la canción popular en los que, a pesar de incurrir no pocas veces en el vicio barroco de la oscuridad, las divagaciones, los juegos verbales y los neologismos, el poeta verterá su memoria infinita, su dios dado y hecho y niño todo a un tiempo mezclado, rehecho, fluido, transparente.
La estación total con las canciones de la nueva luz, publicado en 1946, y Dios deseado y deseante y Animal de fondo, que incluye los Romances de Coral Gables, ambos de 1949, serán la confirmación de este proceso de cumplimiento siempre insatisfecho, siempre en búsqueda anhelante, entusiasta de una totalidad que se le escapa en su nombradía: eternidad, dios, absoluto, infinito, transparencia, belleza, … trasrealidad que habla bien a las claras de ese caminar hacia dentro, hacia el interior de sí mismo, en arrobo místico sostenido; estado de gracia del que el poeta vuelve para comprobar cómo la Obra no era más que el medio, el vehículo a lo infinito, su vía de acceso a la disolución en el Todo, por la Belleza de la pura nombradía.
Habría que retrotraerse, en nuestro idioma, al Cántico espiritual de San Juan de la Cruz para encontrar un tono y un ritmo como el que Juan Ramón alienta en su obra última, lleno de repeticiones, balbuceos, exclamaciones, sugestivo, incoherente, suelto, impresionista, intenso, desnudo, misterioso. Un lenguaje preñado de referencias a su obra anterior, a sus recuerdos, sus obsesiones; construido sobre una trama sin límite temporal o espacial alguno, una trama desbordada donde el aquí, el allí, el ahora o el entonces, todo o menos, fin y sinfín, dentro o fuera se engarzan, se superponen, se anulan en un supremo ejercicio de destrucción de la lógica racional y cartesiana como expresión manifiesta de la conciencia final del poeta, su conseguida inmanencia.
Esta idea venía rondando a Juan Ramón prácticamente desde su juventud, cuando al contacto con simbolistas y parnasianos, republicanos, krausistas y libertarios, amén de su negativa experiencia personal con la religión y los religiosos católicos, el poeta había ido configurando un vago panteísmo que defendía la preeminencia de la experiencia religiosa interna y el rechazo de toda trascendencia, pues todo está unido por su esencia y nada de lo creado puede escindirse del mundo natural.
Todo este proceso creativo desembocará en el gran poema de Juan Ramón Jiménez, Espacio, lugar donde pasado y presente, experiencia y recuerdos, realidad e imaginación, obsesiones y símbolos, se vuelcan en una misma corriente del decir que es a la vez recapitulación, balance, expresión, fundido y borrado de una vida, escenario de la dolorosa aspiración de la materia por superar su contingencia.
Sobre la base técnica del monólogo interior y la asociación libre de ideas que ensayaron las vanguardias, Juan Ramón es capaz de producir un flujo de texto sin más argumento que su propio discurrir sobre lo vivido y lo imaginado, su propio sucederse y metamorfosearse en un camino de conocimiento hacia sí mismo en el que la escritura, como él mismo le confesará en la carta a Luis Cernuda, no es más que una preparación para no escribir, un vehículo que le ayuda a alcanzar el estado de gracia poético, intelectual y sensitivo donde uno ya no es poeta sino poesía. Ese será el objetivo de su trabajo poético en sus últimos años, y desde luego, Espacio constituye el mejor y más claro testimonio de su intento de vivir en poesía, expresión de las derivas de la contemplación estática, rastro del que se hace flujo de conciencia plena dentro de ella.
En el poema podría verse influencia de la obra de James Joyce, a quien Juan Ramón admiraba, sobre todo en la utilización del diálogo interior, así como la técnica de escritura automática, tan cara a los surrealistas y que, con peor que mejor fortuna a juicio de Juan Ramón, se podía rastrear también en Blake, Yeats, Eliot o Pound. En todo caso, no hay que descartar que en Espacio se sinteticen muchas lecturas que en esos años hizo el poeta, sobre todo de los Upanishads, Heráclito, Marco Aurelio, Leibnitz, Spinoza, Einstein, Huxley y otros textos científicos sobre física cuántica, budismo, confucianismo… bajo la presencia insoslayable de los místicos, fundamentalmente San Juan de la Cruz, que aroma este misticismo moderno, desconsolado y angustiado por la aniquilación de la forma corporal y el destino de la conciencia, que es perceptible como rumor inconsciente y musical de la palabra fluyendo no hacia la unidad con dios, como ocurre en San Juan de la Cruz, sino desde un yo desconsolado que no sabe qué será de su conciencia, que busca un sentido a la muerte que llegará un poco más tarde en los poemas recogidos en La estación total, donde el poeta concreta lo divino en sí en tanto conciencia universal de la belleza que está dentro y fuera de él al mismo tiempo, integrado y fundido en ella por su cultivo, amor y contemplación.
Espacio empezó a escribirse en verso hacia 1941. En Conversaciones con Juan Ramón, libro del estudioso Ricardo Gullón (1958, p. 15), confiesa el poeta
“toda mi vida he acariciado la idea de un poema seguido (¿cuántos milímetros, metros, kilómetros?) sin asunto concreto, sostenido solo por la sorpresa, el ritmo, el hallazgo, la luz, la ilusión sucesivas… Lo que esta escritura sea ha venido libre a mi conciencia poética y a mi espresión relativa a su debido tiempo… sin duda era en mis tiempos finales cuando debía llegar a mí esta respuesta”.
La técnica no era nueva para el poeta, en realidad la venía ensayando desde mucho antes, y es rastreable en su poesía este gusto de Juan Ramón por borrar los límites del pensamiento lógico, que es anulado con la confusión de tiempos, la tenue frontera entre realidad e imaginación, entre vivos y muertos, la superposición de vivido y soñado, la confusión de tiempos y espacios; aunque nunca antes llegara a obtener con ella los rotundos resultados que se recogen en este extenso poema en prosa, sin interrupciones, sin párrafos, sin comienzo ni fin, que es Espacio.
En 1941, Juan Ramón entregó para publicación el poema Espacio, en verso y de forma parcial; su última redacción, en prosa, después de múltiples eliminaciones, incorporaciones y ordenaciones de materiales, data de finales de 1953, cuando el poeta tiene setenta y dos años, después su salud impedirá cualquier nuevo abordaje del mismo, él había dicho que su ilusión era hacer confluir la conclusión de su obra con la de su vida, en el deseo de verlo todo unido y apretado en un abrazo de tiempo y espacio, cerrar vida y escritura a un tiempo, pero este deseo chocó con la cruda realidad de la enfermedad gravísima de Zenobia, y la agudización de sus propios problemas de salud que le impedirán volver a entregarse al trabajo gustoso en lo que le restaba de vida.
Simultáneamente a Espacio, Juan Ramón comienza la escritura de Tiempo, de ahí que algunas ediciones actuales suelen vincularlo con Espacio, e incluso se hayan editado juntos, aunque nació como proyecto de libro independiente, que fue creciendo en fragmentos hasta quedar inconcluso hacia 1949. No sé publicó hasta 1986, y representa otro ejercicio de memoria y escritura interrumpidas, cuyo mayor interés estriba en que en él se nos desvelan algunas técnicas tanto de la producción poética de estos años (monólogo interior, realismo mágico, mundo onírico), como de las experiencias místicas que, con cada vez mayor frecuencia e intensidad, estaba gozando Juan Ramón Jiménez, o al menos de lo que Michel Hulin (1993) denomina "mística salvaje" o “experiencia mística espontánea”, que sucede al margen de la hierofanía religiosa y de sistemas muy elaborados de creencias e ideas, aun cuando puede identificarse con ella, producida por revelaciones que se hace a sí mismo el ser humano cuando vida y naturaleza son para él su religión: se trata de una repentina sensación de comunión espiritual con la naturaleza, la entrada en una realidad atemporal provocada por un recuerdo de la infancia en principio tal vez intranscendente, la fugaz percepción de un olor o un sabor... modalidades diversas de enfrentamiento inesperado con una realidad numinosa que procura la vivencia de un “sentimiento oceánico” ajena al universo religioso y que nos sitúa fuera de las coordenadas habituales de la realidad cotidiana. Así lo expresa Juan Ramón Jiménez:
“Me quedo fijo como aunado al resto, sin sensación de materia ajena ni propia. Como agua en el agua; un todo que no se cambia. A esta hora mi ser es como una playa sola en la oscuridad, y el tiempo total de mi vida me invade como un mar que ha hecho serenidad todos mis naufrajios. Cada recuerdo rompe en mí como una ola, una onda inmensa, y me llega hasta el último poro de mi totalidad saturándome de su sustancia condensada.” (Jiménez, 2012, p. 231-232).
Evidencias de este estado de gracia, júbilo e iluminación, serán los poemarios Animal de fondo (1948) y Dios deseado y deseante (1949), en los que, como el mismo poeta confiesa, está lo místico panteísta como la forma suprema de lo bello, experiencia final de un dios inmanente que es materia fundida en la conciencia.
Sin publicar dejó también Juan Ramón Jiménez una ingente obra en prosa que, desde hace unos años, viene siendo editada por primera vez. Entre ella, Isla de la simpatía, comenzada en 1936, a la llegada de Juan Ramón a Puerto Rico, en lo que iba a ser su primera escala en su deambular por América y el Caribe. Cuando regrese, en 1951, para quedarse definitivamente en la isla, dirá de Puerto Rico que es un “barco anclado con coral en el mar, me quedaré ya para siempre… Me parece que soy feliz vivo y seré feliz muerto[5].”
Epílogo
Tal vez el mito de las dos Españas sea cierto, pero no porque haya una España de izquierdas y otra de derechas, sino porque es fácil reconocer entre los españoles a unos ávidos de experiencia y experimentación, vivos, originales, distintos, con la mirada puesta en el futuro, en ensayar nuevas formas, relaciones, combinaciones, revoluciones e invenciones; y otros fieles representantes de esa España retrógrada, reaccionaria, cobarde, monocroma, desmayada y sombría que, como acertadamente decía Juan Ramón Jiménez de ella en su magnífico Guerra en España, se regodea en su ignorancia e invoca vanamente una tradición cultural que nunca hubiera contribuido a crear, pues su tradición verdadera está hecha de renuncias y traiciones. Es esa España que, si hoy presume de Miguel Servet en el siglo XVI, no hubiera dudado en encender el fuego de la hoguera en que se consumió, o si hoy recita poemas de García Lorca, ayer no hubiera dudado en formar parte de su pelotón de fusilamiento.
En esta última España, difícil acomodo podía tener un personaje de la talla de Juan Ramón Jiménez que, como él mismo recuerda en el citado volumen, desde 1936, había publicado más sobre guerra y paz, derechos y deberes, que sobre poesía. Para Juan Ramón, soledad poética y sociedad política se volvieron entonces vasos comunicantes de sí mismo, y como hijo de su tiempo y como conciencia libre e insobornable, reiterará su posición política, frente a una falsa aristocracia, la de los aristócratas holgazanes de blasón que viven de la sangre humana, defenderá una aristocracia verdadera, la de los que, haciendo su trabajo cotidiano, humilde y gustoso, se hacían también en espíritu y conciencia a base de sencillez y cultivo interior. Elevar al pueblo hasta esta aristocracia natural era para el poeta cuestión de remover los obstáculos que impedían la implantación de un colectivismo económico que había de traer al pueblo educación y bienestar (comida, higiene, libros, etc.), es decir, un comunismo que debería asegurar lo suficiente material para el colectivo y respetaría lo infinito inmaterial de cada uno, es decir, la libertad espiritual de cada individuo como parte de una conciencia colectiva abierta hacia la hermosura de la libre invención. En este proceso ascendente, el pueblo habría de ir desprendiéndose de lo peor del localismo nacionalista, para dar paso a federaciones continentales como preludio de una federación mundial.
Los poetas son los legisladores secretos del mundo, dice Shelley en su Defensa de la poesía (2020), porque donde no hay imaginación hay fascismo. Donde no hay empatía hay fascismo. La imaginación es el gran instrumento del bien moral; y el poeta intenta moldear el mundo por el poder de su imaginación en su deseo de belleza y bajo la ley del amor que anuncia que cuanto más doy más tengo.
Juan Ramón no pretendía que todo el mundo escribiera poesía, sino que todo el mundo se hiciera poesía, vivir poético, vida vocativa, hoy devaluada por nuestra sociedad productivista y mercantilista, que reduce la palabra poética a producto y mercancía al servicio de la publicidad y del consumo, y reduce al poeta a mera anécdota, en un país que cuenta con una de las tradiciones líricas más importantes del mundo, a pesar de que su único programa cultural sea marginar a sus creadores, y sembrar banalidad y trivialidad entre sus ciudadanos. Por eso, para Juan Ramón, más importante que escribir poesía era experimentar el vivir en poesía y era ese vivir lo que había que aprender con cultivo interior, educación, trabajo gustoso y vocativo, y atención a lo que nos envuelve y a lo que nos constituye. La propuesta de Juan Ramón es la gran invitación a vivirnos como conciencia despierta y desvelada, lejos de la vida maquinal, programada, sin relieve, ignorante y fantasmal.
Quien persiga vivir poético, quien se ejercite y entrene en el estado poético, experimentará el gustoso paladeo de adentrarse en el misterio de lo inmanente y lo transcendente, vivirá en el instante denso, en el minuto pletórico que rasga los velos del entendimiento y da acceso a un estado cualitativamente superior de conciencia, al viejo rapto que tendrá siempre en el canto, en la poesía, sus más firmes aliados a la hora de captar lo sagrado, saberse tal y obrar en consecuencia.
Dentro de España unos pocos, caso de Gerardo Diego, supieron ver el impulso fundamental que suponía para la poesía la obra última de Juan Ramón Jiménez y, así, trataron de difundirla y darla a conocer, si bien en un ambiente poco propicio, primero por las propias características del régimen dictatorial que en lo cultural abogó por una vuelta al siglo de Oro, y donde la literatura se puso al servicio de la nostalgia de la España católica e imperial, rehuyendo y censurando vivamente la obra de autores que, como Juan Ramón, estaban considerados desafectos y anticlericales. Por otra parte, en España, desde los años cincuenta, se irá fraguando una literatura de oposición al régimen, una poesía realista en clave social y cívica que hizo suyas, sin más análisis, las tendenciosas críticas extendidas en los años treinta por algunas revistas literarias del Juan Ramón refugiado en su torre de marfil[6], condenando su obra a ocupar un lugar muy secundario en el panorama literario español, circunstancia que la censura editorial venía a corroborar en la medida que en España solo se publicaba su obra más lírica y menos connotada políticamente.
Valga, como ejemplo, el que su Guerra en España no se ha publicado íntegramente, sin censuras, hasta fecha muy reciente, en 2009. La situación de desconocimiento y desinterés por su obra no cambió con la llegada de la democracia a España, ni primero con la reacción culturalista que siguió leyendo mal a Juan Ramón, ni después cuando la hegemonía de la llamada poesía de la experiencia volvió a relegar el interés general por la obra del poeta de Moguer. A pesar de todo, son muy pocos los que dejan de reconocer que, con poemas como Espacio, Juan Ramón alcanzó una de las cumbres expresivas de la poesía española de todos los tiempos, cumpliendo, el juvenil presagio que en él viera Rubén Darío, cuando a sus 19 años le dijo, Juan Ramón, usted va por dentro.
Referencias
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[1] Ibídem, p. 281-2. Las palabras de Juan Ramón Jiménez fueron publicadas el 27 de agosto de 1936 en el primer número de El Mono Azul con el título: Declaraciones del gran Juan Ramón Jiménez.
[2] Desde Roma, en 1969, escribe Alberti sobre Juan Ramón, muerto hacía ya más de una década: “Antonio Espina, Jorge Guillén, Pedro Salinas, Dámaso Alonso, García Lorca, Bergamín y yo… y algo después Altolaguirre, Prados, Cernuda, Aleixandre, íbamos siendo registrados, señalados por ti como estrellas nacientes en el cielo poético de España… Pienso que nunca volverá a existir otro poeta más escuchado, más querido que tú en aquellos años.” Machado, Juan Ramón Jiménez, García Lorca. Antología poética. Ediciones Nauta. Barcelona, 1970 (p. 184).
[3] En el otro costado y De ríos que se van se publicaron por primera vez en 1974, Dios deseado y deseante en 1964. Una colina meridiana aún tuvo peor suerte, como caso insólito para un autor premio Nobel, fue publicado por primera vez en 2003.
[4] Juan Ramón Jiménez. Antología de prosa crítica (crítica y evocación) I. Visor. 2013, pp. 145-146. En el libro Juan Ramón Jiménez de viva voz de Juan Guerrero Ruíz, el poeta de Moguer dice que tiene obra para ordenar en 120 tomos. Ricardo Gullón, en su libro Conversaciones con Juan Ramón Jiménez, recoge de boca del poeta que tiene obra original inédita para unos ciento cincuenta libros.
[5] Juan Ramón Jiménez. Isla de la simpatía. Ed. Visor. 2011, pág. 78.
[6] En Guerra en España, se defiende el poeta de Moguer: “Yo era torrero de marfil, para ciertos algunos, porque no iba a los corros del café, de la revista, del casino, del teatro, de la casa de prostitución. No, no iba...” Son muchos los textos donde combate esta especie de conjura contra él: “yo he perdido bastante tiempo en ayudarles para que todos se hayan unido contra mí”, recogido en Juan Guerrero Ruiz, Juan Ramón Jiménez de viva voz (1961, p. 409); y también “Aunque tanto se ha dicho de mi torre de marfil, yo siempre me reí de ella y hace ya mucho tiempo que dije, como definición estética mía, azotea abierta. Alto y para todos” en Crítica Paralela, 1975, p. 207; o “Soy conocido en parte y siempre en la misma parte”, en Ideología, 1990.