Revista Internacional de Educación y Análisis Social Crítico Mañé, Ferrer & Swartz.

ISSN: 2990-0476

Vol. 4 Núm. 1 (2026)

 

La industria alimentaria, energética y tecnológica como neofascismo ecocida primordial
The food, energy, and technology industries as primordial ecocidal neofascism
As indústrias alimentícia, energética e tecnológica como neofascismo ecocida primordial.


Rosa Mas González
Bióloga (Universidad de Valencia) y activista por los Derechos Animales
https://orcid.org/0009-0000-2574-7395
ro_2112@msn.com

ttps://orcid.org/0009-0000-2574-7395

 

Resumen
       

Desde el Paleolítico Superior, el ser humano, salvo excepciones, ha considerado su entorno natural y a las demás especies animales como recursos de los que extraer beneficios. La práctica de provocar incendios con el fin de eliminar la vegetación y así cazar con mayor facilidad, se traduciría en explotaciones ganaderas cuando las poblaciones recolectoras-cazadoras conformaron los primeros asentamientos. La extracción de materias primas constituye la otra fuente de riqueza económica, primero para los Estados, y posteriormente para empresas privadas. Esta riqueza económica progresivamente se fue concentrando cada vez en menos manos, en corporaciones multinacionales, que actúan ejerciendo presión sobre los gobiernos para que las legislaciones favorezcan su actividad, y se eliminen trabas como las restricciones medioambientales, o los propios Derechos Humanos. A través de una metodología cualitativa basada en una revisión documental histórica, este artículo pretende revisar cómo el desarrollo de determinadas poblaciones humanas ha impactado en otros colectivos y en los ecosistemas. En nombre del progreso, entendido como el beneficio empresarial de unas pocas compañías enormemente poderosas, se cometen, también a día de hoy, crímenes de lesa humanidad, y se permite la devastación de ecosistemas enteros.  Este concepto de “progreso” ha significado (y cada vez más) en realidad, un ecocidio y zoocidio, que implican la muerte de millones de seres humanos. Desde un punto de vista antiespecista, supone un fascismo primordial hacia las demás especies animales, cimentando, a su vez, el fascismo en las sociedades humanas definido en el siglo XX. 

 

Palabras clave: Antiespecismo, ecocidio, industria alimentaria, industria energética, industria tecnológica, interseccionalidad, veganismo.


Abstract

Since the Upper Paleolithic, humans, with few exceptions, have viewed their natural environment and other animal species as resources from which to extract profit. The practice of starting fires to clear vegetation and thus facilitate hunting evolved into livestock farming when hunter-gatherer populations established the first settlements. The extraction of raw materials constitutes the other source of economic wealth, initially for states and later for private companies. This economic wealth has progressively become concentrated in fewer and fewer hands, in multinational corporations, which exert pressure on governments to enact legislation that favors their activities and eliminates obstacles such as environmental restrictions or even human rights. Through a qualitative methodology based on a historical documentary review, this article aims to examine how the development of certain human populations has impacted other groups and ecosystems. In the name of progress, understood as the corporate profit of a few enormously powerful companies, crimes against humanity are still being committed today, and the devastation of entire ecosystems is permitted. This concept of “progress” has meant (and increasingly so) in reality, ecocide and zoocide, which entail the death of millions of human beings. From an anti-speciesist perspective, it represents a fundamental fascism toward other animal species, thus cementing the fascism in human societies as defined in the 20th century.


Keywords: Anti-speciesism, ecocide, food industry, energy industry, technology industry, intersectionality, veganism.


Resumo


Desde o Paleolítico Superior, os humanos, com poucas exceções, consideram o ambiente natural e outras espécies animais como recursos dos quais extrair lucro. A prática de iniciar fogueiras para limpar a vegetação e, assim, facilitar a caça, evoluiu para a pecuária quando as populações de caçadores-coletores estabeleceram os primeiros assentamentos. A extração de matérias-primas constitui a outra fonte de riqueza econômica, inicialmente para os Estados e, posteriormente, para empresas privadas. Essa riqueza econômica tem se concentrado progressivamente em um número cada vez menor de mãos, em corporações multinacionais, que pressionam os governos a promulgar leis que favoreçam suas atividades e eliminem obstáculos como restrições ambientais ou mesmo direitos humanos. Por meio de uma metodologia qualitativa baseada em revisão documental histórica, este artigo busca examinar como o desenvolvimento de certas populações humanas impactou outros grupos e ecossistemas. Em nome do progresso, entendido como o lucro corporativo de algumas poucas empresas extremamente poderosas, crimes contra a humanidade ainda são cometidos hoje, e a devastação de ecossistemas inteiros é permitida. Esse conceito de “progresso” significou (e cada vez mais) na realidade, ecocídio e zoocídio, que acarretam a morte de milhões de seres humanos. De uma perspectiva antiespecista, isso representa um fascismo fundamental em relação a outras espécies animais, consolidando assim o fascismo nas sociedades humanas.

 

Palavras-chave: Antiespecismo, ecocídio, indústria alimentar, indústria energética, indústria tecnológica, interseccionalidade, veganismo.

 

Introducción

“El infierno está vacío y todos los demonios están aquí”: esta cita de La Tempestad de William Shakespeare (2026, p. 15) puede reflejar perfectamente el trato que reservamos a los demás animales y a la naturaleza, ya que tras la explotación animal existe todo un sistema que destruye los recursos naturales para poder satisfacer la insaciable demanda de los países del Norte Global (Mira, 2026).

 

El sistema alimentario actual no solo es, a nivel ecológico, insostenible (Dorgbetor et al., 2022), sino que es la causa principal de muchas de las crisis actuales, desde la superación de los límites planetarios hasta la vulneración de los Derechos Humanos (Agudelo, 2016), perpetrando un zoocidio silencioso que se originó hace milenios, con la extinción de megafauna durante el Pleistoceno como consecuencia de la caza (Alaminos, 2024), e importantes puntos de inflexión ya en los inicios de la civilización agrícola-ganadera y en la colonización de Abya Yala (Latinoamérica). Además, los incendios forestales provocados comenzaron mucho antes de la existencia de asentamientos humanos permanentes, pues las comunidades humanas de cazadores-recolectores quemaban los bosques intencionadamente hace unos 15.000 años con el fin de abrir claros y zonas de pasto para los animales silvestres, optimizar la productividad y facilitar la caza (Sánchez-García et al., 2023), aunque el fuego ya había sido utilizado mucho tiempo antes para modificar el paisaje (Roebroeks et al., 2021).

 

El período Neolítico, es decir, el paso del nomadismo al sedentarismo, marcó el inicio de la cultura de la dominación, que se iría consolidando a lo largo de los milenios posteriores. Se abandonaron paulatinamente prácticas de recolección y caza en favor de los cultivos y de la explotación de otros animales con el fin de obtener alimento, vestimenta, herramientas o medios de transporte.

 

Esta nueva forma de vida permite el establecimiento de jerarquías, en las que unos individuos se sitúan socialmente por encima de otros, generalmente por métodos violentos. La jerarquización (Cintas, 2018) origina una cosmovisión supremacista que, a su vez, será la causa de grandes desigualdades sociales y de situaciones de discriminación, vulnerabilización y opresión tanto de unos seres humanos sobre otros, como de los seres humanos sobre su entorno y sobre las demás especies animales. Ejemplo de ello es la degradación ambiental que tuvo lugar en la época del Imperio Romano: deforestación de enormes extensiones de bosques con el fin de crear pastos y de obtener madera provocando uno de los primeros episodios de contaminación a gran escala, y que demuestra que los perjuicios ambientales derivados de actividades humanas lleva milenios siendo una realidad (McConnell et al., 2025).


Metodología

 

Este artículo se ha elaborado investigando y recopilando información disponible sobre la historia de la explotación animal y de la degradación medioambiental derivada de la actividad humana, su interconexión y relación con el colonialismo, la discriminación de colectivos vulnerabilizados, el supremacismo y el fascismo, con el fin de aportar una visión transversal y global de las opresiones. El planteamiento teórico surge como necesidad de dotar de herramientas argumentativas al activismo antiespecista. En general, hay una carencia generalizada de información en los colectivos en cuanto a las circunstancias que rodean el ámbito de la explotación animal y su relación con otras opresiones, como el racismo o el sexismo. Tampoco suele asociarse la explotación animal con determinados sistemas políticos o económicos, aunque quizá la pregunta correcta sería si es posible una sociedad libre de opresiones en sistemas jerarquizados. En consecuencia, la información aquí reseñada parte de preguntas: ¿Cuál es el origen de la explotación animal y cómo ha evolucionado a lo largo de la historia? ¿Ha ido unida la degradación ambiental al sometimiento de los pueblos cuyos recursos fueron y son expoliados?

 

En la actualidad: ¿Cómo actúan los grandes grupos empresariales? ¿Existe una connivencia con los Estados, que favorecen el enriquecimiento de estas corporaciones? Las respuestas a estas preguntas pueden arrojar luz sobre las relaciones entre Estado y capital (representado por los grupos de presión o lobbies asociados a las empresas multinacionales, que acaparan los mayores beneficios económicos) y las injusticias que ocurren en el planeta, con el fin de denunciarlas públicamente, tanto desde el ámbito académico, como desde el activismo por los Derechos Animales.


El primer lobby de la Historia

 

El progreso de las sociedades occidentales se ha asociado secularmente a la riqueza económica y, consecuentemente, se ha sustentado en profundas desigualdades sociales, en el uso de los demás animales, y en la destrucción de la naturaleza, principalmente por deforestación para el uso de la madera como combustible, o en la edificación, y, de manera especialmente relevante, en los astilleros para la construcción de buques mercantes y militares a medida que se desarrolló el comercio marítimo, así como para la creación y mantenimiento de pastos. En el caso concreto del Reino de Castilla, en la Península Ibérica, la industria de la lana merina aportaba pingües beneficios a las arcas reales (Salgado, 2021).

 

Un proverbio medieval reza: “Tres Santas y un Honrado tienen al pueblo agobiado”. Las Tres Santas hacen referencia a la Santa Inquisición, a las Santas Cruzadas y a la Santa Hermandad, un cuerpo parapolicial cuya función era reprimir las más que justificadas protestas populares de un pueblo que vivía en condiciones miserables. El Honrado era el calificativo dado al Honrado Concejo de la Mesta (Fernández, 1980), creado en 1273 por Alfonso X el Sabio, que reunía a todos los pastores de León y de Castilla, y a los que otorgó importantes prerrogativas tales como la exención de impuestos, del servicio militar, y derechos de paso y pastoreo sobre la agricultura.

 

Durante la Edad Media y con el paso del tiempo, se añadieron nuevos privilegios reales a la Mesta para protegerla de los agricultores, lo que provocó largos e incontables pleitos, pues contrariamente a la creencia habitual, agricultura y ganadería fueron enemigas acérrimas y esta última, siempre bienquista por el poder, quizá una de las primeras agrupaciones de la Historia que responden a la definición de lobby, entendido como grupo de presión.

 

La Mesta desapareció en el siglo XIX debido al auge de la industrialización. Un momento histórico a resaltar en la Historia de la Mesta es la protección de la que gozó bajo el reinado de los Reyes Católicos: fue uno de los pilares de la política agraria y su modelo ganadero, clave en la invasión colonial de Abya Yala.


El sistema alimentario como método de sometimiento

 

En el siglo XV, y posteriores, tendría lugar la conquista de Abya Yala, que, como cualquier campaña militar, se llevó a cabo con violencia; los soldados llegaron aprovisionados de armas (y también de enfermedades) desconocidas para la población indígena y contra las que no pudieron defenderse. Pero no solo vencieron alabardas y arcabuces, el sistema alimentario de la ya conformada sociedad occidental fue una de las principales herramientas usadas para garantizar el éxito en la invasión americana.

 

La Doctora Linda Álvarez, de la California State University (USA), analiza cómo el colonialismo europeo afectó a la alimentación de los pueblos indígenas de Mesoamérica (2026). De acuerdo con la mentalidad europea, la función de los alimentos no era únicamente la nutrición, sino que el tipo de alimentación se relacionaba con la posición social, de manera que se asociaba el consumo de productos de origen animal a la élite, mientras que se despreciaban los vegetales. Cuando llegaron los invasores españoles, encontraron una tierra ampliamente dedicada al cultivo. En Mesoamérica no existían las explotaciones ganaderas; por lo tanto, los animales domesticados (cerdos, ovejas, vacas o pollos) fueron llevados allí desde España.

 

De este modo, la imposición de un sistema alimentario ajeno, basado en la cultura de la dominación, a diferencia del modo de vida de las poblaciones indígenas, cuya relación con la tierra y con los demás animales era de integración y de cooperación, diezmó estas comunidades tan eficazmente como las armas o las patologías.

 

La consecuencia más devastadora de esta nueva industria de la carne fue que su extraordinaria expansión vino acompañada por un declive relevante de las poblaciones indígenas. En su afán por producir los “buenos alimentos” para garantizar su supervivencia, los españoles destinaron grandes áreas de tierras para el pastoreo con menosprecio de los usos ancestrales de dichas tierras. Los enormes rebaños a menudo invadían las tierras de cultivo de los indígenas, destruyendo así su principal fuente de subsistencia. Esta situación se volvió tan grave que, en una carta dirigida a la Corona, un funcionario español expresó: Sepa vuestra señoría que, si se permiten los ganados, será el fin de los indios (Earle, 2012). A lo largo del tiempo, como consecuencia de la carencia de opciones, las poblaciones originarias se vieron obligadas a consumir los alimentos impuestos por la invasión. La explotación animal se convierte en arma de guerra, en instrumento de dominación.

 

El inicio de las multinacionales: Las Compañías de las Indias

 

El colonialismo americano marca el inicio de una nueva época histórica: el afán de otros países europeos, principalmente Inglaterra, Holanda, Francia y Portugal, por ocupar y saquear nuevos territorios en África, Asia y Oceanía, conocidos genéricamente como “Las Indias”, masacrando o esclavizando a sus habitantes originarios. El traslado de los recursos expoliados, definido con el eufemismo de rutas comerciales, corrió a cargo del Estado en España, pero se trataba de campañas costosas para las arcas de la corona, de modo que, en otras naciones, como Inglaterra, Holanda o Francia, se impuso el modelo del negocio privado en manos de comerciantes (Díaz, 2018).

 

Los mercaderes europeos organizaban flotas que contaban con buques mercantes y buques de guerra. Se trataba, por tanto, de convoyes armados, y su poder llegó a ser tal que incluso tenían la potestad de emitir declaraciones de guerra o de firmar tratados.

 

Sin embargo, sería esa misma expansión colonial lo que provocó la desaparición de estas empresas en favor de los Estados, que veían con suspicacia la creciente influencia de los comerciantes. En consecuencia, las Compañías de las Indias europeas acabaron en bancarrota en el siglo XIX (Cartwright, 2022), pero dejaron tras de sí las semillas del sistema capitalista, que adquiriría un enorme impulso tras la Revolución Industrial. Genocidio, ecocidio y zoocidio son una constante histórica a medida que aumenta la eficiencia de los modelos productivos.


Revolución Industrial: Grupos de presión

 

La Revolución Industrial consolida el capitalismo y, por tanto, la creación y desarrollo de los lobbies, formados por la asociación de empresas de sectores determinados (los más rentables), con el fin de proteger sus intereses y de incidir en la política institucional de manera que las normativas favorezcan sus negocios (Arceo y Álvarez, 2023).

 

A partir de la Segunda Guerra Mundial, aparece el concepto de Estado del Bienestar (Braga, 2024), que consiste en garantizar una serie de servicios mínimos para toda la población: “pleno empleo,” sanidad o educación, de modo que se redistribuya la riqueza de los países de manera “equitativa.” Sin embargo, desde el principio se produjo un gran desequilibrio entre las promesas de justicia social y su limitado cumplimiento (Braga, 2024). Los gobiernos se vieron incapaces de universalizar los servicios públicos que garantizaban leyes y constituciones; por el contrario, la desigualdad social sigue estando presente en las sociedades presuntamente civilizadas.

 

Numerosos autores sugieren cambios para reorganizar ese Estado del Bienestar; sin embargo, hay que resaltar que el crecimiento económico infinito es imposible en un planeta de recursos limitados (Amorós, 2017; Meadows et al.,1972) y que, además, esa prosperidad es exclusiva para el “primer mundo”, pues requiere de un aporte creciente y constante de recursos que son expoliados al Sur Global: las materias que antaño requisaban los ejércitos de las coronas europeas, ahora se siguen esquilmando por parte de empresas multinacionales, herederas del modelo que iniciaran las Compañías de las Indias.

 

El capitalismo es responsable tanto de provocar un agotamiento de los recursos como de producir toneladas de basura que contaminan diariamente las aguas, el aire y la tierra. Continúa la devastación de las selvas: cada año se pierden 14,6 millones de hectáreas de bosques y miles de especies, reduciendo y erosionando irreversiblemente la diversidad biológica (De la Cuadra, 2015). La pérdida de superficie arbolada provoca la disminución de absorción de los excedentes de CO2; el efecto invernadero y el recalentamiento terrestre se agravan (ver Figura 1).

 

Figura 1.

Desequilibrio energético de la tierra.

 


 

La información generada por los científicos del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (Masson-Delmotte et al., 2019) señala que el dióxido de carbono presente en la atmósfera se ha incrementado en un 32% respecto del siglo XIX, alcanzando las mayores concentraciones de los últimos 20 millones de años (ver Figura 2).

 

Figura 2.

Índice de dióxido de carbono presente en la atmósfera.


Fuente: Agencia Estatal de Meteorología (AEMET).

 

El ritmo de extinción de especies ha aumentado enormemente en los últimos tiempos (Pedrós-Alió, 2024) debido a diversos factores, pero todos ellos relacionados con la idea de progreso que consiste en el enriquecimiento de una pequeña parte de la población mundial, a costa de la miseria de sus habitantes (miles de millones de vidas humanas y billones de no humanas), el uso del suelo y del mar para la agricultura basada en monocultivos y productos agrotóxicos, la explotación ganadera o la pesca y la contaminación, hasta tal punto que la actividad humana ha desencadenado la Sexta Gran Extinción Masiva (Ceballos y Ortega-Baes, 2011), como podemos ver, también, en la Figura 3.

 

Figura 3.

Extinciones desde el año 1500.

Actualmente, los problemas de contaminación a los que se enfrenta el mundo no han disminuido; por el contrario, se agravan a un ritmo cada vez más rápido debido a que estudios e informes son repetidamente ignorados por la política institucional. No tener en cuenta la abundante evidencia sobre los nefastos impactos del actual sistema socioeconómico supone crímenes no solo de lesa humanidad, sino mucho más amplios: una suma de ecocidio, zoocidio y genocidio, implicando un fascismo de fondo contra el total de lo viviente (Del Val, 2025,151-153).


El lado oscuro de la obtención de energía, el desarrollo tecnológico y el sistema alimentario


La primera fuente de energía usada por el ser humano fue la biomasa, es decir, la combustión de leña (Davis et al., 2026), lo que ya provocó la deforestación de enormes extensiones de bosques a lo largo del planeta y de la historia.

 

La segunda mitad del siglo XVIII marcó un hito fundamental en los procesos de producción, debido al uso del carbón como nuevo combustible, desencadenando la Revolución Industrial, que significó el paso de una economía eminentemente agrícola y artesanal a un modelo industrial mecanizado. A la Revolución Industrial se le supuso un efecto positivo, en principio, sobre la reducción de la pobreza y el aumento de la calidad de vida de la población; sin embargo, las presuntas bondades de la industrialización fueron un espejismo que solo contribuyó a aumentar la desigualdad social (Comín, 2014, p. 399), y tampoco se tuvieron en cuenta las implicaciones ambientales de un uso creciente de esta fuente de energía.

Años más tarde, ya en el siglo XIX, tendría su inicio la industria petrolera moderna, a lo que se terminaría sumando la energía nuclear. Con la consolidación del modelo extractivista, las empresas se agrupan (o son absorbidas), creando entidades cada vez mayores en menos manos (Eeckhout y Ganuza, 2022), y organizándose en lobbies o grupos de presión, con el fin de que las legislaciones favorezcan sus negocios, principalmente, rebajando exigencias ambientales.

 

El extractivismo, ya sea para obtener recursos o producir energía, necesita poseer el control  de los territorios, lo que le garantiza impunidad a la hora de despojar a las comunidades y deteriorar los suelos fértiles, exportando sus ganancias sin importar la destrucción de los ecosistemas. Ha sido este modelo el que ha perpetuado la opresión, el despojo y el ecocidio con el aval de los gobiernos, que promulgan leyes para garantizar a las empresas el marco legal requerido para la extracción intensiva de los recursos y la explotación de la fuerza de trabajo (Dussán, 2017): Un marco legal cimentado en el Derecho Romano, que defiende la propiedad por encima de la vida (Silva-Fernández, 2019). 

 

Las energías consideradas como fósiles (carbón, gas y petróleo) son las principales emisoras de gases de efecto invernadero cuando son sometidas a procesos de combustión (Andrade et al., 2017), mientras que los vertidos de petróleo han provocado la muerte de innumerables animales marinos. Por su parte, la energía nuclear causa riesgos inasumibles, genera residuos muy altamente contaminantes que perduran durante miles de años, y el proceso de extracción del uranio crea graves impactos (Coderech y Almirón, 2008).

 

Como contrapartida, aparecen las energías verdes o renovables, que, en realidad, no lo son tanto, porque siguen siendo fuertemente dependientes de las fósiles (Turiel, 2011).

Un caso paradigmático es el proyecto hidroeléctrico del Quimbo, en Colombia, descrito en el libro que lleva por título El Quimbo: extractivismo, despojo, ecocidio y resistencia (Dussán, 2017). Las comunidades afectadas por proyectos como el de El Quimbo, y otros de similares características, acusan a las empresas y al Estado de actuar en connivencia para apropiarse del territorio mediante procedimientos como los desplazamientos forzosos, el uso desproporcionado de la fuerza, la violación de preceptos legales y la expropiación obligatoria.


Estrategias empresariales para camuflar el ecocidio

 

La empresa responsable de la represa del Quimbo es Enel Colombia, filial del grupo multinacional italiano Enel. La corporación filial de Enel en el Estado Español es Endesa, que junto a Iberdrola, Naturgy, EDP y Acciona, controlan la electricidad que llega a los hogares españoles[1]. Naturgy, Iberdrola y Repsol están en el top ten de las empresas más contaminantes del Estado español (Barrero, 2025). A nivel mundial, las empresas responsables del mayor porcentaje de emisiones son Chevron, ExxonMobil, BP y Shell[2]. Para mejorar su imagen pública, se observa una tendencia creciente hacia la práctica del Greenwashing o “Eco-Postureo” (Martirosian et al., 2024), una práctica de publicidad que consiste en ofrecer una falsa “imagen verde y sostenible” ante el consumidor. En la práctica, se trata de que determinadas prácticas empresariales simulen ser más “eco-friendly” de lo que realmente son, mediante la publicidad de sus productos o servicios, sin que se hubiera producido ningún (o el más mínimo) cambio en ellos, y ocultando los impactos ambientales que su actividad pueda producir.

 

Esto conlleva que el consumidor carezca de información fidedigna y pueda elegir productos o servicios que no influyen positivamente en el medio ambiente, sino que ejercen un impacto relevante que tratan de disimular. Estas corporaciones acumulan riqueza  a expensas de los fondos públicos, mediante estrategias de lavado de imagen verde y prácticas empresariales éticamente cuestionables.

 

Como empresas privadas e internacionales, velan por sus intereses económicos y empresariales también en Europa. El registro de Transparencia de la UE permite ver cuánto invierte cada empresa en ejercer presiones, y las reuniones que tienen para intentar que los eurodiputados modelen las leyes a su beneficio. Solo entre tres de ellas, sumando lo invertido por las patronales Aelec y Eurelectric, pagan, como mínimo, 1,5 millones de euros cada año para ejercer lobby en la Unión Europea. Eurelectric es la patronal de las eléctricas en Europa. Agrupa a Naturgy, Endesa e Iberdrola, y suele ser quien establece las comunicaciones con los eurodiputados. Gasta unos 100.000 euros anuales, y ha mantenido 93 reuniones con los eurodiputados desde que hay registros. Abonan 10.000 euros a Rud Pedersen Public Affairs Brussels, y otros 10.000 a Sustainable  Public  Affairs, para que ejerzan su presión en el Parlamento (Novoa, 2023).


El lobby tecnológico

 

El lobby tecnológico está formado principalmente por las compañías Meta, Apple, Microsoft, Amazon y Alphabet Inc., la empresa matriz de Google, ahora (marzo de 2026), ocupadas en que la Unión Europea no apruebe regulación alguna sobre la Inteligencia Artificial (Barrio, 2025).


El desarrollo tecnológico ha disparado el extractivismo de minerales imprescindibles en los procesos de producción. Un ejemplo bien conocido en cuanto a los gravísimos impactos de los lobbies tecnológicos es la extracción del coltán en el Congo (Badi, 2020), mineral necesario para la fabricación de dispositivos electrónicos.


El lobby alimentario

 

El lobby alimentario está conformado, principalmente, por la industria alimentaria de la explotación animal (IAEA) (Del Val, 2023), responsable de un porcentaje muy relevante de emisiones contaminantes y de graves daños medioambientales.

 

La pérdida de grandes extensiones de tierra fértil para la creación y mantenimiento de pastos, que se inició en la Prehistoria, perdura hasta nuestros días. Cada año, vastas superficies de territorio  se queman intencionadamente para este fin, independientemente de si se trata de una explotación intensiva o extensiva, contribuyendo, en gran medida, a la crisis ecológica actual. Según la propia FAO (2006), la ganadería es una de las principales causas de deforestación y por ende, de pérdida de biodiversidad.

 

Más de tres cuartas partes de la tierra cultivable se usan para producir alimentos de origen animal (Ritchie y Roser, 2024), como los cultivos de soja, cereal y maíz, incluyendo los pastos destinados a la ganadería extensiva. La explotación animal es, en consecuencia, una de las principales causas de pobreza y desigualdad a nivel mundial (HSUS, 2009), provocando la paradoja consistente en que, mientras millones de personas mueren de hambre cada año, se engordan alrededor de 7000 millones de animales terrestres e incontables marinos para la alimentación de, especialmente, la población  del Norte Global, acaparando tierras ancestrales de las poblaciones nativas y que les han sido arrebatadas con el fin de obtener beneficios económicos cultivando la tierra, principalmente, para la producción de forraje y piensos para los animales destinados al consumo (Pendrill et al., 2019): el 41% de toda la superficie tropical mundial arrasada se dedica a pastura y forraje destinados a explotaciones ganaderas extensivas, lo que supone alrededor de 2,1 millones  de hectáreas cada año.


Animalidad, jerarquización y fascismo

 

La cuestión de la explotación animal posee un indudable carácter ético y de justicia. En un sentido estricto, porque los demás animales son individuos con capacidad de sentir la vida subjetivamente mediante experiencias agradables o desagradables. Y, desde una visión antropocéntrica de los Derechos Humanos, porque las dinámicas de violencia y dominación únicamente cambian de víctimas, pero la lógica interna permanece inalterable. Por tanto, la violencia hacia el resto de animales repercute negativamente en los humanos (Campoy, 2025). Según la filósofa Corine Pelluchon:

 

Los animalistas son antiespecistas y sus convicciones les llevan al veganismo. Conscientes de que su pelea es parte de la lucha contra todas las formas de discriminación, contra la esclavitud, el racismo y el sexismo, contra la explotación de seres humanos por otros seres humanos y de las naciones por otras naciones, no separan la defensa de los animales de la defensa de los derechos humanos. Convencidos de que la causa animal es también la causa de la humanidad, y de que la reconciliación con el resto de animales nos reconcilia con nosotros mismos. (2018, 80-81).

 

No existen razones para respetar únicamente a los seres humanos, y tampoco tenemos motivos realmente justificados para considerar que los intereses de los seres humanos sean más importantes que los de los demás animales (Horta, 2012), debido a que compartimos la capacidad de sentir, de experimentar emociones y vivencias, lo que hace que nuestro interés sea buscar situaciones gratas y eludir trances desagradables. Las evidencias sobre las capacidades cognitivas y sociales de los demás animales son abrumadoras (Cabrera, 2025), incluso en animales alejados del ser humano como peces, moluscos o crustáceos.

 

Cuanto más estudiamos el comportamiento de las especies acuáticas, más sorprendentes y más cercanas nos resultan[3], pues a sus ya conocidas capacidades emocionales, debemos sumar sus habilidades sociales. Si entendemos la cultura como transmisión de conocimiento, resulta evidente que la cultura existe en las demás especies animales (Caicedo, 2016); de hecho, resulta más ventajoso aprender a detectar peligros que heredar esa información, pues de esta manera se identifican más eficientemente.

 

Desde antaño se conoce el canto de las aves, el de las ballenas y otros cetáceos, y su papel como elemento cultural que caracteriza a las diferentes especies y clanes. Se han documentado, en numerosas especies de peces, vocalizaciones que suenan como gruñidos o zumbidos constituyendo un verdadero lenguaje, similar al de las aves, y que se usan para desarrollar conductas de comunicación, reproducción, alimentación y defensa del territorio.

 

En los cardúmenes o bancos de peces, al igual que ocurre en las manadas de elefantes, de lobos, o en la propia especie humana, los individuos obtienen sabiduría a medida que se hacen mayores. Por tanto, la longevidad es vital para la supervivencia de los grupos. Este acervo cultural permite a los animales conocer y adaptarse a su entorno y transmitir ese conocimiento a los más jóvenes; es decir, los animales aprenden de su entorno de manera individual y también adquieren y transmiten conocimientos sociales a otros miembros de su grupo. La memoria colectiva permite a todo el clan saber dónde encontrar alimento, refugio y lugares de reproducción, especialmente en condiciones adversas. Por tanto, los demás animales son capaces de asimilar conocimientos y esa sabiduría les permite evolucionar. Sin embargo, toda la información sobre las capacidades cognitivas y sociales de los demás animales no ha tenido la repercusión social que habría podido esperar; antes al contrario, su uso y explotación no han dejado de aumentar.

 

La humanidad nunca se caracterizó por respetar a los demás animales; la Ilustración marca un importante hito en cuanto al desprecio hacia ellos. Según el filósofo Descartes (Rodríguez, 2020), solo el ser humano posee mente, alma y sintiencia, mientras que el resto de animales apenas son máquinas mecánicas que actúan por respuesta a estímulos. Esta consideración es la base de la moderna explotación animal al haber cimentado la idea dualista ciencia-espíritu, humano-animal. La cosmovisión dualista establece una jerarquía de las categorías consideradas como racionales: mente, razón, ciencia, hombre, humano, sobre las irracionales o emocionales: espíritu, sentimiento, naturaleza, mujer, animal. El  desprecio a lo animal es una de las bases del sistema de explotación.

 

Otros autores han cuestionado esta visión antropocéntrica: En Dialéctica de la Ilustración, Theodor W. Adorno y Max Horkheimer (1998) argumentan que la racionalidad, utilizada como justificación de la dominación de la naturaleza y de los demás animales, deriva en fascismo. Analizan cómo el nazismo utiliza la discriminación por especie para justificar el genocidio, reduciendo a algunos seres humanos a un estatus inferior, a un rango animal.

 

En Minima Moralia, Adorno (2001) reflexiona sobre la crueldad humana, señalando que la indiferencia ante el sufrimiento ajeno embrutece a la sociedad, capaz de cometer atrocidades como las ocurridas en el campo de concentración de Auschwitz. Advierte sobre los indicios fascistas en la sociedad moderna, ligados a la violencia y la falta de empatía, que también se manifiestan en el uso  de los demás animales. Adorno también propuso una escala de fascismo de la personalidad o Escala F[4].

 

Charles Patterson (2009) relaciona directamente la explotación animal en Estados Unidos y el Holocausto nazi a partir de la raíz común que establece entre el sometimiento y exterminio de los demás animales y el genocidio perpetrado por el Tercer Reich. Dedica un recuerdo a la memoria de Isaac Bashevis Singer citando una de sus premisas más célebres:

 

En su interior, Herman pronunció una elegía por la rata que compartió una parte de su vida y que, por su culpa, había dejado este mundo. “¿Qué sabrán ellos, todos esos eruditos, todos esos filósofos, todos los líderes del mundo, sobre alguien como tú?” Se han convencido a ellos mismos de que el hombre, el peor transgresor de todas las especies, es el rey de la creación. Todas las demás criaturas fueron creadas únicamente para proporcionarle alimento y vestido, para ser atormentadas y exterminadas a su antojo. En lo que a ellas se refiere, todos los humanos son nazis; para los animales, la vida es un Treblinka sin fin. Isaac Bashevis Singer. The Letter Writer. El escritor de cartas. (Patterson, 2009, p. 7).


La escritora y activista Aph Ko (2023) reflexiona sobre la relación entre especismo y racismo: Animal es una categoría en la que empujamos a ciertos cuerpos cuando queremos justificar la violencia contra ellos, razón por la cual la liberación animal debería preocupar a todos los que están minorizados. Mientras los animales sigan oprimidos, mientras “animal” signifique algo degradante, nunca seremos libres. Animalizar a determinados colectivos humanos significa desposeerlos de valor: “La colonización añadió una connotación racial a “animal” y utilizó esto como justificación para brutalizar a diferentes seres globalmente” (p. 84)


Angela Davis, activista feminista y antiespecista, estima que la lucha contra las opresiones debe ser interseccional, pues todas ellas están relacionadas. Defiende fervientemente la introducción de la visión transversal en las luchas feministas, argumentando que en un mundo en que convergen y se interconectan las opresiones, la solidaridad
y las luchas deben también presentarse de forma conjunta y compartida (Gargía, 2023).

 

En contraposición a la explotación ilimitada de seres sintientes, el veganismo (Rodríguez, 2024) es el principio ético que se opone al uso de los demás animales en cualquier ámbito (alimentación, vestimenta o diversión), por considerar que sus complejas capacidades sociales y cognitivas les hacen merecedores de respeto. Cuanto más sabemos sobre la naturaleza y los demás animales, más debemos asumir que las justificaciones que, tradicionalmente, han situado al ser humano como superior y por tanto, amo y señor de otras especies, no son científicas. Un planteamiento vegano debe tener en cuenta una perspectiva decrecentista y decolonial, con el fin de causar el mínimo impacto posible.

 

El veganismo no es un privilegio blanco. La activista nativa Margaret Robinson (2020) realiza una reinterpretación de las principales leyendas del folclore Mi’kmaq, con la intención de hallar paralelismos que conecten la ética antiespecista con la construcción moral y social Mi’kmaq de su relación con las y los animales no humanos, y con la naturaleza.

 

Robinson (2020) rompe con el estereotipo  que asocia el veganismo a un privilegio “primermundista” de las personas blancas, económicamente solventes y urbanitas, y demuestra que el veganismo no sólo es compatible con la cultura, tradiciones e identidad del pueblo Mi’kmaq, sino que de hecho es, posiblemente, la única manera que hoy en día el pueblo Mi’kmaq tiene para conservar su arraigo ante las deformadas versiones de sus tradiciones que les devolvieron los genocidas colonizadores y ser consecuente con su propia historia y pasado, un pasado por otro lado en continua revisión: Prácticas alimentarias, valores y rituales de la vida cotidiana compartidos pueden crear lazos entre los pueblos nativos que ayudan a contrarrestar el aislamiento y el individualismo de la vida urbana; el veganismo nos ofrece un sentido de pertenencia a una comunidad moral, cuyos valores y visión del mundo se hacen concretas a través de prácticas diarias que están en consonancia con los valores de nuestres antepasades, incluso si están en desacuerdo con su práctica tradicional, sensible a las cambiantes circunstancias sociales y medioambientales. Al traer interpretaciones postcoloniales y ecofeministas a nuestras historias, al contar otra vez historias tradicionales o al crear nuevas historias, las mujeres nativas reclaman la autoridad sobre nuestra cultura. Al hacerlo, reconocemos que nuestras tradiciones orales no están fijas en el tiempo y el espacio, sino que son adaptables a las necesidades de nuestros/as hermanos/as animales, y de la propia tierra en sí misma.
(Robinson, 2020).

 

Conclusiones


La visión supremacista tradicional ha limitado el progreso al crecimiento económico de una serie de entidades empresariales, principales responsables de la destrucción medioambiental, de la injusticia social, de la muerte de animales, humanos y no humanos y de los desequilibrios en el clima, que ya estamos percibiendo de manera directa en nuestra vida cotidiana.

 

Hace más de medio siglo se publicaron informes científicos advirtiendo de los riesgos medioambientales a los que íbamos a enfrentarnos de seguir con el mismo modelo económico. Sus pronósticos se están cumpliendo con fatídica exactitud. Como alternativa, cabe defender que la calidad de vida no consiste en consumir sin mesura alguna, sino en avanzar hacia una sociedad basada en el respeto y en la consideración hacia los demás habitantes del planeta.

 

Además, la explotación animal también acarrea consecuencias a las especies silvestres, pues las granjas, tanto terrestres como acuícolas, ocupan un territorio que se enajena a los animales silvestres, y constituyen focos de dispersión de enfermedades. Ante estos efectos, quizá el concepto de veganismo se queda corto y es más inclusivo hablar de Derechos Animales, no solo como el básico derecho a la vida, sino también a disfrutar de un hábitat saludable, lo que enlaza directamente con la ecología, una ecología que tenga en cuenta el medio ambiente, así como el buen vivir de todos y cada uno de sus habitantes, respetando su valor inherente.

 

El uso de los demás animales, desde la prehistoria, ha sido utilizado para mantener una cosmovisión supremacista: clasista, racista y colonial, que deviene en fascismo como máxima expresión del autoritarismo. Considerar que existen “otros” cuyos derechos no merecen respeto, y cuya existencia está determinada por el capricho de una minoría que ejerce el poder mediante la violencia, ha permitido que esa élite acumule poder y riqueza a costa de perpetrar genocidios, zoocidios y ecocidios, con la aquiescencia de una mayoría que permanece indiferente ante la injusticia. Si el inicio de la jerarquización y, en consecuencia, del fascismo, empieza en el uso y sometimiento de los demás animales, podría considerarse la liberación animal como la base de la liberación humana por ser la primera opresión, el primer eslabón de la cadena de poder.

 

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[1] Ver https://elperiodicodelaenergia.com/endesa-iberdrola-naturgy-y-edp-operadores-principales-en-electricidad-donde-entra-acciona-por-repsol/

[2] Ver https://carbonmajors.org/briefing/The-Carbon-Majors-Database-26913

[3] Ver: https://es.wikipedia.org/wiki/My_Octopus_Teacher

[4]Ver: https://en.wikipedia.org/wiki/F-scale_(personality_test).