Revista Internacional de Educación y Análisis Social Crítico Mañé, Ferrer & Swartz.

ISSN: 2990-0476

Vol. 4 Núm. 1 (2026)

Los temas clave de la crisis ecosocial que el propio activismo silencia: dietas, decrecimiento y demografía o el puzle de la extinción en 3D

The key themes of the ecosocial crisis that activism itself silences: diets, degrowth and demography, or the 3D puzzle of extinction

Os temas centrais da crise ecossocial que o próprio activismo silencia: as dietas, o decrescimento e a demografia, ou o enigma tridimensional da extinção.

Jaym*/Jaime del Val

Instituto Metabody, Madrid.

Asociación Transdisciplinar Reverso, Madrid.

https://orcid.org/0009-0003-0045-7852

jaimedelval@metabody.eu

Resumen

El artículo aborda la confusión y desinformación imperante sobre las principales respuestas ante la crisis ecosocial, haciendo un estudio comparado de literatura, y extrayendo conclusiones sobre las tres respuestas prioritarias, que llamamos 3D: transición de Dietas vegetales, Decrecimiento profundo, y el tabú Demográfico de la superpoblación, cuestiones que se excluyen de forma sistemática en el activismo eco-socio-animal actual. Desde argumentos antropológicos y filosóficos se cuestiona la predominancia de marcos antropocéntrios y eurocéntricos en las propuestas del activismo predominante, y se propone un “continuum decrecentista” que contemple como opción maximalista y realista un impacto cero en la biosfera. Finalmente, se exponen brevemente los motivos por los que impera un doble negacionismo sistémico de estas cuestiones: el explícito, siguiendo la desinformación impuesta por los lobbies, y el implícito, impuesto por el supremacismo humano generalizado y la falta de voluntad de personas de países ricos a cuestionarse privilegios y comodidades. El conjunto de propuestas del artículo, cuyo eje es la corrección de sesgos antropocéntricos y eurocéntricos en los discursos imperantes en la sociedad y el activismo global actuales, está destinado a ofrecer herramientas críticas interseccionales con las que sortear la desinformación y los sesgos del supremacismo humano, lo cual se presenta como condición sine qua non para un futuro vivible.

Palabras clave: Crisis, antropocentrismo, dieta, decrecimiento, superpoblación, extinción, desinformación.

Abstract

This article addresses the prevailing confusion and misinformation surrounding the main responses to the ecosocial crisis. It presents a comparative literature review and draws conclusions about the three priority responses, which we call 3D: transition to plant-based diets, deep degrowth, and the demographic taboo of overpopulation—issues systematically excluded from current eco-socio-animal activism. Using anthropological and philosophical arguments, the article questions the predominance of anthropocentric and Eurocentric frameworks in mainstream activism and proposes a “degrowth continuum” that considers zero impact on the biosphere as a maximalist and realistic option. Finally, it briefly explains the reasons for the prevailing systemic double denial of these issues: explicit denial, based on misinformation disseminated by lobbyists, and implicit denial, imposed by widespread human supremacism and the unwillingness of people in wealthy countries to question their privileges and comforts. The set of proposals presented in this article, which focuses on correcting anthropocentric and Eurocentric biases in prevailing discourses within contemporary society and global activism, aims to offer critical intersectional tools to overcome disinformation and the biases of human supremacism, which are presented as a sine qua non for a livable future.

Keywords: Crisis, anthropocentrism, diet, degrowth, overpopulation, extinction, disinformation.

Resumo

Este artigo aborda a confusão e a desinformação prevalecentes em torno das principais respostas à crise ecossocial. Apresenta uma revisão comparativa da literatura e tira conclusões sobre as três respostas prioritárias, que designamos por 3D: transição para dietas baseadas em vegetais, decrescimento profundo e o tabu demográfico da sobrepopulação — questões sistematicamente excluídas do atual ativismo ecossocial e animal. Recorrendo a argumentos antropológicos e filosóficos, o artigo questiona a predominância das perspetivas antropocêntricas e eurocêntricas no ativismo convencional e propõe um “contínuo de decrescimento” que considera o impacto zero na biosfera como uma opção maximalista e realista. Por fim, explica brevemente as razões para a dupla negação sistémica prevalecente destas questões: a negação explícita, baseada na desinformação disseminada pelos lobistas, e a negação implícita, imposta pelo supremacismo humano generalizado e pela relutância das pessoas dos países ricos em questionar os seus privilégios e confortos. O conjunto de propostas apresentado neste artigo, que se centra na correção dos enviesamentos antropocêntricos e eurocêntricos nos discursos predominantes na sociedade contemporânea e no ativismo global, visa oferecer ferramentas interseccionais críticas para superar a desinformação e os enviesamentos da supremacia humana, que se apresentam como condição sine qua non para um futuro habitável.

Palavras-chave: Crise, antropocentrismo, dieta alimentar, decrescimento, sobrepopulação, extinção, desinformação.

 

Introducción: La casa arde y limpiamos el polvo

 

Ante una crisis de extinción nunca vista en la historia terrestre, la humanidad actual parece sumergida en una psicosis negacionista múltiple: de la gravedad de la crisis, de sus causas profundas y de las respuestas necesarias. Mientras la casa (el planeta) está ardiendo, la humanidad limpia el polvo, arregla goteras, o discute largamente sobre pequeñas mejoras en un futuro imaginario que nos afanamos en eliminar. El activismo global tiene un sesgo antropocéntrico y en gran medida eurocéntrico, que elude el elefante en la habitación -los modos de vida supremacistas humanos basados en la explotación integral de la vida-, mientras los lobbies inundan las sociedades de un tsunami de desinformación, y ello a pesar de que desde todos los rincones de las ciencias actuales, así como desde la antropología y la filosofía, entre otras disciplinas, se grita de forma dispersa en sentido contrario, sin que ello sea visible, quedando “oculto a primera vista”. Aquí reunimos algunas piezas de esa extensa literatura fragmentada, las sintetizamos, y las depuramos de sesgos antropocéntricos, entre otros, a fin de ofrecer una visión de conjunto clara con un nuevo enfoque interseccional.

 

Así, por ejemplo, la transición a dietas vegetales es reconocida como principal respuesta a la crisis ecosocial en más de 100 informes institucionales recogidos y contrastados (Del Val, 2023). Sin embargo, este elefante en la habitación, se ignora y silencia en la inmensa mayoría de movimientos ecosociales y decrecentisas actuales, empezando por las grandes ONGs ecologistas, que promueven una grave desinformación al defender en su lugar la ganadería extensiva, que es precisamente la que más efectos nocivos tiene en la crisis climática y de biodiversidad (Del Val y Mas, 2024).

 

Por otro lado, el decrecentismo suele plantear un discurso cosmético basado en ontologías eurocéntricas y antropocéntricas, como si con una serie de parches se pudiera sostener una civilización industrializada y la presencia ubicua en la biosfera de 8.000 millones o más de humanes sedentaries, ignorando el impacto devastador que ello tiene en el resto de formas de vida. El decrecimiento profundo propone, en cambio, que urge un desmantelamiento de la civilización explotadora, aprendiendo de los modos de vida y las ontologías de comunidades indígenas (Yunkaporta, 2023). Ello hace inevitable, a su vez, abordar el tabú de la superpoblación, desde una aproximación radicalmente democrática y queer al antinatalismo voluntario, basada en el desmontaje del heteropatriarcado, el empoderamiento de la mujer, y la defensa de la diversidad sexoafectiva, exponiendo el vínculo entre crecimiento demográfico, economía del crecimiento, y supremacismo humano, desde el Neolítico hasta hoy.

 

La manera en que se eluden sistemáticamente estas tres grandes cuestiones -que llamamos 3D: Dietas vegetales, Decrecimiento profundo y Demografía, y que son parte central de los principios VegAnarQueer-, es propuesto como un el problema central de nuestro tiempo, que se fundaría en presupuestos del supremacismo humano y en privilegios de personas del norte global, así como en el poder de los lobbies, y que pondría de manifiesto un profundo antropocentrismo no reconocido en el seno del decrecentismo, el activismo ecosocial e incluso animalista, y la intelectualidad crítica, que cooptaría los discursos sobre otras ontologías relacionales y sobre nuevos modos de convivialidad o de futuros vivibles. Ello a su vez se asocia a un insuficiente reconocimiento de la radicalidad de la crisis, su aceleración actual y el escenario de colapso y extinción que plantea a corto plazo, así como de las causas históricas profundas de la misma. Abordar todo ello es clave para una respuesta de 3R: Resistencia, Reinvención y Regeneración.

 

Para ello, frente a la confusión y desinformación imperante, propondremos un puzle de visiones y propuestas necesarias, exponiendo las piezas centrales y tranversales, las llamadas 3D, así como una revisión de ontologías decrecentistas asociadas a un continuum decrecentista. Entre el decrecimiento cosmético y profundo ¿donde decidimos situarnos y por qué? Para ello haremos una síntesis de literatura científica y antropológica, cuestionando sesgos antropocéntricos desde una crítica filosófica.

Metodología: Metasíntesis crítica interseccional

 

Este escrito sigue una metodología interseccional basada en establecer múltiples relaciones entre la vasta literatura que llevo más de 20 años estudiando, tanto desde una perspectiva de propuesta filosófica, como de la participación de variados círculos activistas. El enfoque crítico del artículo, también, parte de la propia experiencia de las carencias y problemáticas que en ellos he observado reiteradamente, y sobre los que he publicado escritos e informes específicos sectoriales que aquí se citan. Para ello, se han seleccionado algunas de las fuentes existentes poniendo atención a las que proponen una metodología más amplia, contemplando el mayor número de factores en la evaluación de impactos, o bien a algunas que se consideran referentes importantes dentro de la literatura o del activismo mismo. Se sintetizan textos que a su vez sintetizan literatura más amplia, estableciendo relaciones entre campos a menudo separados, y sometiéndolos a una doble crítica antropológico-filosófica, que llamamos metasíntesis crítica interseccional.

Esta prospección de literatura comparada tiene una primera misión de resaltar temas clave que son reconocidos o no lo suficiente, estableciendo a su vez interconexiones entre temáticas que suelen tratarse por separado, y resaltando incoherencias derivadas de esa ausencia de enfoques interseccionales, para después resituar la discusión en un marco aún más amplio de ontologías posibles. Para ello, la antropología, aporta una serie de argumentos relevantes al exponer evidencias que cuestionan el modelo civilizatorio eurocéntrico, y que pueden servir para ampliar los horizontes decrecentistas posibles, mientras la filosofía actúa de filtro de sesgos antropocéntricos, apuntándose en todo momento a un denominador común a todas las problemáticas, tanto de impactos sistémicos como de la desinformación que las camufla: el supremacismo humano y su doble expresión en creencias arraigadas y en lobbies activos que las sostienen. Esta tesis puede verse como un eje común que ata el conjunto de la propuesta.

Highway to Climate Hell: o el Callejón sin Salida en la Autopista a la Extinción. Evidencias y dimensiones no suficientemente reconocidas de la crisis.

 

En julio de 2022, la Asamblea General de la ONU afirmó que "la degradación ambiental, el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, la desertificación y el desarrollo insostenible constituyen algunas de las amenazas más apremiantes y graves para la capacidad de las generaciones presentes y futuras de disfrutar efectivamente de todos los derechos humanos" (UNGA, 2022). Según los informes de la ONU sobre el cambio climático (IPCC, 2023) y la biodiversidad (IPBES, 2019, 24-27; SCBD, 2020, 2-9), y más de 15.000 científicos (Ripple et al. 2017), la humanidad se enfrenta a un desafío sin precedentes en la historia, una amenaza existencial para la civilización (Lenton et al., 2019, 4; Sprat y Dunlop, 2019), mientras que la ONU ha estado anunciando repetidamente una amenaza de extinción debido al debilitamiento exponencial de las condiciones de vida de los humanos y millones de otras especies en la Tierra causado por la acción humana. 6 de 9: Los límites planetarios ya han superado la "zona de seguridad para la humanidad" (Richardson et al., 2023). Las amenazas masivas a la salud y la vida humanas, la igualdad, la seguridad alimentaria y la paz, ya son visibles y están en marcha debido al colapso climático y la disrupción de los ecosistemas (IPCC, 2023, 12-18), amenazas que, lejos de disminuir, están creciendo exponencialmente (Ripple et al., 2020).

 

Esto se debe en gran medida a la flagrante inacción de los Estados y las industrias durante las últimas seis décadas, por lo que ahora el plazo de acción se ha reducido a solo los próximos cinco años, o menos: 2030 (IPCC, 2023, 21) (Fig. 1), ello a pesar de que se conoce el problema al menos desde hace 55 años (Meadows et al., 1972). Cuanto más avanzamos, mayores serán las medidas de choque necesarias, y muy pronto será demasiado tarde para evitar un colapso ecosocial: es ahora o nunca (Ripple et al. 2020). Pero en lugar de disminuir los impactos, la situación actual continúa en la tendencia a aumentarlos exponencialmente, con la previsión de duplicarse consumos per cápita de una población creciente hacia 2050, de modo que las expectativas actuales podrían llevar a un aumento de la temperatura media global de más de 5 grados Celsius en este siglo: un escenario de extinción.

 

Figura 1

Reducciones necesarias hacia 2030.

 

 

 Según el reciente informe de la universidad de Exeter, con los escenarios actuales, se considera probable que mueran 4.000 millones de seres humanos en las décadas siguientes a 2050, junto a la caída de 50% de PIB mundial, la disolución de Estados, y el colapso de sistemas sociales y naturales (Trust et al., 2025). Esto es consistente con las cifras de los informes del IPCC que desde al menos 2021 alertan sobre 3.600 millones de personas en zonas altamente vulnerables al cambio climático, por tanto, sujetas a hambruna, carencia de agua y desertificación, entre otros.

 

El bioeconomista John Gowdy (2020) plantea incluso la improbabilidad de que se pueda sostener la agricultura en la inestabilidad climática que viene, por lo que propone el retorno a sociedades nómadas de recolector*s-cazador*s como alternativa realista (si bien incompatible con la superpoblación actual). A todo ello esto se añade el esperable colapso de la sociedad industrial-digital por carencia de recursos (Turiel, 2020).

 

Causas históricas profundas

 

Proponemos que las raíces profundas del problema son mucho más antiguas que el capitalismo y la industrialización, y se ubican en la explotación sistémica de otras formas de vida (animales, plantas, ecosistemas y materias) que surgen en el Neolítico, asociadas a una tendencia a la acumulación homogénea -de la cual surgió también la propiedad- y a la desigualdad humana a grandes rasgos, siendo el colonialismo o el capitalismo fases posteriores de esta tendencia. No bastaría, pues, con proponer tener menos de lo mismo a fin de sostener este tipo de civilización explotadora. Se trataría de cuestionar la ontología profunda, la visión del mundo asociada a las culturas de la explotación, y contrastarla con otras ontologías, por lo general indígenas o no humanas (post-/metahumanistas), que ofrecen otras alternativas.

 

Numerosos antropólogos e historiadores (Harari, 2015; Kent, 1992; Lee 1965, 1977; Leakey y Lewin, 1977; Sahlins, 1968, 2017; Scott, 2017; Suzman, 2021) coinciden en que la agricultura empeoró radicalmente la calidad de vida de las sociedades de recolector*s, introduciendo todo nuestro vocabulario de la preocupación, la acumulación, la programación y la carencia, propulsando a la par un aumento demográfico exponencial, asociado a formas de organización cuya opresión y toxicidad ha crecido en paralelo al aumento de la escala de organización y de la población.

 

Se trata de la teoría antropológica de la Sociedad Próspera Original, proveniente de la década de 1960 (Sahlins, 1968, 2017), que plantea un argumento revolucionario al que aún no se ha prestado la debida atención, pues pone patas arriba la narrativa supremacista humana de que la civilización sedentaria sea mejor, y de que no haya alternativas. Suzman (2021) resume bien la clave del igualitarismo y del respeto al entorno de las sociedades de recolectores-cazadores que aún quedan, como los Ju/’hoansi del pueblo San en el Kalahari en África: no acumulan jamás, solo recolectan lo que necesitan en el día, y no tienen asentamientos sedentarios, no explotan a las plantas, ni la tierra, ni a los otros animales. Se mueven con los flujos y formas de vida, no contra ellos.

 

Esta imagen idílica ha sido cuestionada, pues a menudo tienen condiciones de vida difíciles, donde la exigencia de compartir no siempre es pacífica, y, si bien, otros como Graeber y Wengrov (2022), han querido defender ciertas formas de agricultura temprana, lo cierto es que groso modo la imagen se sostiene 50 años después

 

La comunidad científica internacional, la ONU, y muchas otras instituciones, llevan décadas afirmando que la principal causa de la crisis, por encima de los combustibles fósiles, es la industria alimentaria, de cuyo impacto en torno al 80% está relacionado con los alimentos de origen animal. Sin embargo, este factor central histórico y actual, es también el más silenciado, ausente por completo de las agendas nacionales y globales.

 

Todo lo mencionado resuena a su vez con cuestiones como la centralidad de la biodiversidad y las alianzas simbióticas en los procesos que sostienen la vida, por ejemplo, el control natural de plagas y la llamada “inmunidad de paisaje” (Plowright et al., 2021), donde la biodiversidad hace que una perturbación reciba múltiples respuestas y no prolifere destructivamente (Shiva, 2008). Lo contrario es al caso en los monocultivos. Igualmente, a la regeneración del aire, el agua o los ciclos de nitrógeno o carbono, subyace un flujo y remezcla continua de materia descrita ya por Vernadsky en 1926 en su definición de la Biosfera.

 

Pues bien, desde el Neolítico han proliferado monocultivos ubicuos y aglomeraciones intensivas de animales humanes y no humanes, plantas, microbios y materias, y se ha cubierto la biosfera de fragmentaciones ubicuas, Todo ello va a priori a la contra de los procesos que sostienen la vida y pone de manifiesto la interrelación entre salud planetaria, humana y el Buen Vivir de otros animales (Del Val, 2025a, 231).

 

El Elefante en la Habitación en 3D: Visibilizando las respuestas necesarias y habitualmente silenciadas

 

Proponemos a continuación, en base a un estudio de literatura comparada, un resumen y cuantificación de las respuestas necesarias ante la crisis, válidas tanto para un cambio individual y colectivo voluntario como para las exigencias a los Estados o la denuncia de sus políticas. Se exponen en orden de prioridad a tenor de sus impactos y urgencia, que comentaremos sobre la marcha, y corresponden con las propuestas VegAnarQueer[1] y Metahumanista[2] (Del Val 2025a, 188, 352, 357-362).

 

Las 3D: Dietas, Decrecimiento y Demografías, pueden entenderse como auténticas dimensiones espaciotemporales entrelazadas, históricas y presentes, de lo que aquí llamamos el puzle de la extinción, y son también las tres dimensiones del “elefante en la habitación”, las piezas centrales del puzle, que se ignoran siguiendo la regla de que cuanto más central el problema más el supremacismo humano lo silencia, de forma a la vez explícita e implícita.

 

1.     Dietas Vegetales

 

Se plantea la transición a dietas vegetales como prioridad número uno ante la crisis ecosocial, ya que los alimentos de origen animal son reconocidos como la principal fuente de destrucción de ecosistemas y de sumideros de carbono, y la ganadería por si sola emite más gases de efecto invernadero (GEI) que el transporte, por lo tanto principal, causa la crisis climática, de biodiversidad, de transgresión de límites planetarios, y de contaminación global; son, además, la principal fuente de enfermedades humanas e injusticia social, y por supuesto, de abuso extremo de animales no humanos, tal como se recoge en los más de cien informes contrastados en el informe Alimentos de Destrucción Masiva (Del Val, 2023).

 

Por un lado, nos basamos en el informe del Ministerio de Consumo de España de 2022 (Del Val, 2024d; MC, 2022): la alimentación de origen animal reúne la mayor parte de impactos, con la carne solamente teniendo 4 veces más impactos que la aviación o los automóviles (Fig. 2), 10 más que la ropa, y 40 veces más que la tecnología: una imagen invertida de la que prolifera en la desinformación promovida en los medios de comunicación por lobbies y gobiernos, lo que conduce a una especie de regla inversa: cuanto mayor los impactos de algo más se esconden, pues mayor es la industria y sus intereses. Hay que destacar que el informe mencionado probablemente no tiene suficientemente en consideración los impactos de la pesca y acuicultura, ni contempla numerosos impactos en salud humana o justicia social, ni en sufrimiento animal, factores que, si se contemplaran acentuarían, aún más, el diagnóstico según el cual la transición a dietas vegetales es la medida más urgente.

 

Figura 2.

Datos del informe del Ministerio de Consumo, 2022.

 

 

 

Eisen y Brown (2022) plantean que la rápida transición a dietas vegetales permitiría reducir un 68% las emisiones en este siglo. Alcalá Santiago et al. (2025) proponen, por su lado, que la transición a dietas vegetales podría reducir en torno a un 50% de impactos en emisiones, ecosistemas, salud humana y uso de recursos.

 

El propio IPCC afirma que los cambios en la demanda de consumo son los más poderosos, y que la dieta vegana permitiría reducir más GEI que los que emite el transporte mundial (IPCC, 2019, 488)[3]. A su vez, parece claro que es más factible a corto plazo transicionar globalmente a dietas vegetales, que eliminar de golpe la totalidad del transporte motorizado mundial. Las dietas vegetales son posibles con menos cultivos de los existentes actualmente, pues cerca de la mitad son para alimentar animales explotados, constituyendo esto la base de un sistema alimentario radicalmente ineficiente, que amenaza gravemente la seguridad alimentaria global, sobre todo de poblaciones más vulnerables.

 

Un estudio comparado de más de 60 informes (Del Val, 2023) manifiesta los beneficios superiores de la dieta 100% sin productos de origen animal, o vegana, en los distintos aspectos, incluidos algunos de salud o desigualdad que el informe del Ministerio de Consumo no incluye, así como la cuantificación del sufrimiento/bienestar animal que suele estar ausente de otros informes, hecho que consideramos inaceptable siguiendo el actual reconocimiento científico, filosófico y legal de la sintiencia animal, lo cual pone de manifiesto en antropocentrismo de la mayoría de estudios. Cada año, más de 100.000 millones de seres sintientes van al matadero en tierra tras una vida en sufrimiento inimaginable, 10 veces más en acuicultura, y entre 30 y 300 veces más en la pesca (Del Val, 2024b; Waldhorn y Autric, 2022): más del equivalente a una humanidad entera cada día. Con estos ajustes, la transición a dietas vegetales aparece como una medida de impacto extraordinariamente superior a cualquier otra.

 

Dicha transición ha de empezarse por los países ricos que más consumen, seguida de las economías emergentes, que están multiplicando su consumo, y por último, países pobres. Solo puede suceder si se rompe el muro de silenciamiento, negacionismo y desinformación generalizada sobre este tema, de modo que se permita, no solo el cambio voluntario de hábitos, sino también de leyes y políticas. En el proceso se debe ayudar a quienes viven de la industria alimentaria de explotación animal a transicionar a otras industrias, si bien nada de ello es posible sin una toma de conciencia masiva, actualmente bloqueada por el lobby y por el supremacismo humano imperante.

 

El desperdicio de alimentos es otro aspecto donde la transición a dietas vegetales es la medida de más inmediato impacto, pues se eliminaría el 80% de la agricultura, y casi la mitad de cultivos, destinados a alimentar a los animales explotados, y porque la deslocalización asociada a los productos animales es mucho mayor y cuenta con muchos más elementos en la cadena, además de asociarse el veganismo a una mayor conciencia del desperdicio (Jackson & Jackson, 2025) y un mayor vínculo a la agroecología.

 

Dada la superpoblación actual, parece improbable que se pueda prescindir de agricultura intensiva dentro del sistema capitalista globalizado, si bien esto ya comportaría unos cambios extraordinarios. Cambios generalizados y globales hacia agroecología local, de temporada y de autocultivo, en particular permacultura vegana (que tiene mayor productividad y ayuda a la recuperación de ecosistemas al recuperar la biodiversidad), sincrética y regenerativa, combinada con prácticas de rewilding que introduzcan herbívoros libres, combinado eventualmente con santuarios de animales liberados, y recolección sostenible o dispersa, irían de la mano de un decrecimiento profundo, también demográfico y de un cambio en las formas de vida, pues es poco realista poder alimentar con agroecología local a una humanidad cuya población se ha triplicado en el último siglo de la mano de la agricultura intensiva y deslocalizada, viviendo la mitad en urbes cada vez mayores y zonas desérticas o sujetas a inminente desertificación y a efectos catastróficos del colapso climático.

 

La visión más largoplacista apunta, siguiendo a Gowdy (2020), a un retorno a sociedades de recolector*s-cazador*s, propuesta donde figura también el anarcoprimitivismo de John Zerzan (1994), o incluso solo de recolector*s (Del Val, 2024c; 2025a), en parte por la improbabilidad de que se pueda practicar la agricultura en la inestabilidad climática que viene.

 

Aunque ocasionalmente se reconoce la importancia de la transición a dietas vegetales, en el propio ecologismo se margina o se plantean reducciones menores, pero hay que tener en cuenta que incluso según la muy aceptada “dieta de salud planetaria” (Willet et al. 2019) que reduciría a la mitad el consumo global de alimentos de origen animal, países como España, que está entre los más altos consumidores del mundo, tendrían que reducir un 84% (Greenpeace, 2018, 2020). Por otro lado, dada la magnitud de la crisis y la urgencia de esta medida, así como sus beneficios para salud planetaria, humana y bienestar animal, tenemos claro que se debe apostar por un horizonte maximalista de reducción del 100% empezando por países ricos.

 

Una visión no antropocéntrica, como a menudo se defiende, supuestamente, en ámbitos decrecentistas o ecologistas, no puede ser de medias tintas ni negacionista de la dimensión y el horror de la explotación animal en la alimentación, igual que no se admiten medias tintas con cuestiones humanas y sociales como el racismo, sexismo, lgtbifobia, los feminicidios, el Holocausto judío o el genocidio palestino.

 

La ganadería extensiva es indefendible por cuanto tiene 3 veces más impactos que la intensiva en crisis climática y de biodiversidad (FAO, 2006), pero el ecologismo se ha alineado con una literatura científica minoritaria negacionista de estos hechos que defendería supuestas bondades de la industria más destructiva que existe (Del Val, 2024e, Del Val y Mas, 2024), lo cual es como defender una transición energética basada en el carbón.

 

2. Decrecimiento profundo. Nuestro Futuro como Recolector*s

 

Para las medidas sobre decrecimiento, complementamos el mencionado estudio del Ministerio de Consumo, con otros del ámbito decrecentista y de la “economía Donut,” y así como del proyecto Drawdown, y también de estudios de antropología y de modos de vida de comunidades indígenas, y añadiremos una valoración de la mayor dificultad de cambio de formas de vida respecto a la dieta así como la mayor dificultad de cuantificar cambios parciales, estando los cambios totales o profundos ligados a un cambio sistémico a medio y largo plazo.

Así, por ejemplo el proyecto Drawdown[4] (Fig. 3), del que se hizo eco la reciente serie televisiva HOPE, considera que cerca de la mitad de soluciones a la crisis climática (cuantificada en la necesidad de eliminar el equivalente a 1400-1500 Gton de CO2 o equivalente, en las próximas décadas) proviene del cambio de modelo alimentario y la restauración de la naturaleza (600-700 Gton) con aprox. 103 Gton en la transición a dietas vegetales, 102 en la eliminación o reducción del desperdicio alimentario, 170-200 en toda una panoplia de propuestas de transición a sistemas agroecológicos regenerativos, y 200 en otras prácticas de regeneración de ecosistemas. 370 Gton se eliminarían con la transición a energías renovables, 56 con la mejora de eficiencia energética, 15 con materiales alternativos de construcción, 80 con eficiencia en el transporte, 18 con ciudades de proximidad, movilidad compartida, y bicicleta, 30-40 con eliminación de fugas de metano, 30-40 con economía circular, y 68 con planificación familiar (educación, empoderamiento de la mujer y estabilización demográfica). Sin embargo, consideramos que este proyecto asume un mantenimiento de sociedades altamente industrializadas con una población humana al menos como la actual, sin plantearse el reto de la necesaria reducción de consumos en las poblaciones y países más ricos. Presenta por tanto un sesgo antropocéntrico y eurocéntrico que elude un decrecimiento profundo, y el tabú de la superpoblación, asume un decrecimiento cosmético mientras favorece soluciones tecno-optimistas y no da a las dietas vegetales el papel central que tiene en la literatura científica, sobre todo a la hora de cuantificar las drásticas transiciones necesarias y su centralidad para la restauración de la naturaleza.

 

Fig. 3.

Proyecto Drawdown

 

  

Si examinamos las cifras de impactos del mencionado informe del Ministerio de Consumo (MC, 2022; Del Val, 2024d), vemos que un 52% viene de la alimentación, un 17% de la movilidad, un 16% de la vivienda y un 14,7% de bienes del hogar y electrodomésticos. Respecto a la alimentación, un 62% de impactos viene de alimentos de origen animal, y por tanto un 32% del total de impactos, que podrían eliminarse a muy corto plazo. En el resto de aspectos de consumo una reducción parecida, de más de la mitad de los impactos de cada sector, pasaría por un cambio drástico en las formas de vida, reduciendo al menos en un 50% los consumos de transporte, vivienda, bienes del hogar y tecnología, lo cual es factible solo a medio y largo plazo, salvo que se implantara una emergencia global análoga a la de la Segunda Guerra Mundial o la Covid19, o mucho mayor.

 

Numerosos informes (UNEP, 2010, 82) plantean el decrecimiento y los cambios en la demanda como única manera consistente de abordar una gradual eliminación de combustibles fósiles dadas las enormes limitaciones, costes, lentitud, e impactos ambientales de las energías renovables.

 

Pero la tendencia actual es a duplicar consumos per cápita, incluidos de productos animales, hacia 2050, sobre todo en las llamadas “economías emergentes,” debido a la narrativa del progreso y el crecimiento que asocia prosperidad a mayor riqueza material y más explotación animal, una tendencia en realidad irrealizable a incompatible con un futuro vivible.

 

El decrecentismo suele apostar por una contranarrativa basada en la idea de que “menos es más” (Hickel, 2020), de que se puede vivir mejor con menos consumos y recobrando un foco mayor en la experiencia presencial comunitaria y encarnada, idea que aquí llevamos al límite al conectarla con la propuesta de un retorno a comunidades nómadas de recolectores. Pero propuestas como la “Economía Donut” de Kate Raworth (2012; 2017), o las “tecnologías humildes” propuestas por Riechmann y otros (2018) o Turiel (2020) en ámbitos decrecentistas, suelen ignorar o silenciar cuestiones centrales como la transición a dietas vegetales, así como la superpoblación. Pero todas estas cuestiones están entrelazadas, y asociadas a ontologías y visiones del mundo eurocéntricas y antropocéntricas que consideramos necesario cuestionar en su raíz. Así la “Economía Donut” asume como estándar de vida uno industrializado y omnívoro para una población como la actual, mientras que aquí proponemos la urgencia de un cambio hacia ontologías indígenas y especialmente recolectoras que introducen un cambio cualitativo sustantivo en la idea de qué es vivir bien. El ecofeminismo suele caer en sesgos similares, igual que amplios sectores del discurso descolonial. Frente a estos sesgos se plantea la propuesta VegAnarQueer que aquí presentamos.

 

Cuanto más se quieran reducir los impactos, mayor la reducción y el cambio cualitativo en forma de vida. El impacto cero se daría solo con un retorno a una población global de menos de un millón como veremos a continuación. Esto, lejos de ser un planteamiento utópico, se propone, en la línea de Gowdy (2020), como posiblemente el único modo realista de adaptarse al colapso que viene, y también como modo mejor de vida al que hubiéramos podido llegar desmantelando voluntariamente las sociedades de la explotación, si bien parece tarde para ello, y la humanidad parece tener “el pie en el acelerador en la autopista al infierno climático” y la extinción (Guterres, 2022).

 

3. El tabú de la superpoblación

 

La población humana se ha multiplicado de forma exponencial en el último siglo de la mano de la agricultura intensiva y deslocalizada, así como del transporte, urbanización, y extractivismo intensivos,  siendo harto improbable, como decíamos, poder alimentar con agroecología local a la humanidad actual, estando más de la mitad en ciudades cada vez mayores y en zonas desérticas o sujetas a inminente desertificación, y siendo también improbable respetar los límites planetarios aun reduciendo drásticamente los consumos de la humanidad actual, empezando por poblaciones ricas y países ricos, y en todos los órdenes de la vida.

 

Para una propuesta decrecentista consistente urge afrontar el tabú de la superpoblación desde nuevas perspectivas radicalmente anarco-democráticas, de empoderamiento de la mujer y desmontaje del heteropatriarcado, la defensa de la diversidad sexual y los nuevos modos de parentesco, frente a opresivos modelos reproductivistas que obedecen a la economía de crecimiento. En relación a “quién” se reproduce se habría de seguir un principio de diversidad, y de exigir más restricciones a las poblaciones más ricas y que más impacto tienen en la crisis. Este tema es transversal a todo el conjunto de problemáticas decrecentistas pero constituye uno de los mayores tabús por la manera en que choca con fundamentos no solo de derechos sociales sino del supremacismo humano.

 

Para la cuestión demográfica y el impacto de no tener hijos tomamos como punto de partida el estudio de Wynes & Nicholas (2017) que presentan no tener hijos como la medida de más impacto, seguida de dejar de usar aviones y coches, y de las dietas vegetales. Consideramos que esta inversión de prioridades respecto a las que aquí presentamos tienen que ver por un lado con que aborda solo la cuestión climática, y no otros daños más amplios en limites planetarios, como hace el estudio del Ministerio de Consumo, y que aborda una literatura insuficiente sobre la cuestión de la dieta. Por otro lado, el estudio resalta la manera en que todas estas medidas de más impacto están ausentes de las políticas.

 

Consideramos que la superpoblación es un tema ineludible porque incluso desde un punto de vista antropocéntrico es dudoso que pueda haber formas “sostenibles” de vivir siendo 8.000 millones. Es falso que el problema sean solo los superricos.

 

En este sentido, por un lado están decrecentistas como Hickel y Sullivan (2024), que proponen que se podría tener un buen nivel de vida para 8.500 millones de human*s sedentari*s produciendo un 30% de lo que se produce actualmente, y eliminado con ello el 70% de impactos; esta propuesta asume un punto de vista antropocéntrico, que solo se preocupa por el bienestar humano, y que no investiga la sinrazón de fondo de la expansión humana.

 

Almazán y Riechman (2023) dejan claro que, si bien la huella de los ricos y superricos es la mayor y más urgente de erradicar, incluso las poblaciones más pobres en sociedades industrializadas (dejando fuera las indígenas que preserven modos de vida ancestrales), consumen y tienen más huella de la que sería preciso para evitar escenarios catastróficos en la crisis climática y ecológica, del orden de 4 veces más, pues el umbral de consumo per cápita compatible con futuros vivibles es 1,1 de toneladas de CO2 al año, mientras que el 50% de población con menos ingresos emiten 4,6 toneladas (Chancel et al., 2022, 118).[5]

 

Sobre el tabú de la superpoblación como clave de la crisis ecológica, se han pronunciado reconocid*s científic*s (por ejemplo, Crist et al., 2017, 2022), si bien rara vez se habla de cómo abordarlo ni de hasta donde habría que decrecer.

 

Aquí hacemos una propuesta “radical” en el sentido de ser coherente y de ir hasta la raíz del conjunto de argumentos reunidos y sintetizados: que el único umbral sostenible es el que tuvimos durante el 97% de nuestra historia, por debajo de un millón de población de recolector*s nómadas. El cálculo de que el umbral de población sostenible ha de estar por debajo de un millón lo hacemos basándonos en las evidencias antropológicas mencionadas sobre modos de vida mejores y sostenibles en las sociedades de recolector*s-cazador*s, y en la pregunta del millón: ¿cuándo empezamos a crear extinciones masivas?

 

En “Carrying capacity, overshoot and sustainability,” Bodhi Paul Chefurka (2019) hace un repaso de literatura al respecto, desde las evaluaciones de huella ecológica, que hablan de 4.000 millones; las de huella termodinámica, que fijan el límite en la población que existía antes del uso de los combustibles fósiles, o sea 1.000 millones; pasando por cálculos suyos de densidad de población de nómadas distribuidos en los 50 millones de Km2 habitables, que resulta en 35 millones; y, finalmente, las evaluaciones ecológicas, que incluyen tres diferentes de Charles W. Fowler, la primera (Fowler y Hobbs, 2003), que se basa en estudio comparativo de humanos y otros mamíferos, también es de 35 millones; las dos siguientes se basan en estudiar el límite sostenible para la biodiversidad, en la primera (Fowler 2008) pone el límite en 10 millones, y en la segunda (Fowler 2009) lo rebaja a 7 millones. [6]

A todo ello se suma que cada una de esos 8.000 millones de personas tiene un consumo per cápita cientos de veces mayor que el de un* cazador*-recolector*, dados los enormes consumos de energía exosomática. El consumo de energía per cápita se ha centuplicado desde el Paleolítico con aprox. 250 millones de julios per cápita al día (Araújo et al., 2021). 

 

Esto da también cuenta de hasta qué punto está fuera de todo límite asumible la población actual: del orden de 10.000 veces más del límite sostenible, más de un millón de veces contando el consumo per cápita. Ello es coherente también con la cadena trófica en la cual hay muchísimas plantas y herbívores, poques carnívores y poquísimes superdepredador*s. La buena noticia es que, si volvemos a hacernos recolector*s pero sin caza, recuperando gradualmente nuestro pasado herbívoro, ahí sí podríamos ser algo más de un millón.

 

Un criterio fundamental para entender ese umbral de sostenibilidad es preguntarnos cuándo empezamos a convertirnos en una fuerza destructiva en la biosfera que empezó a crear extinciones masivas, en vez de contribuir a la biodiversidad como hacen por lo general las especies; esto ocurrió ya en el paleolítico por caza excesiva, desde hace 45.000 años (Bergman et al., 2023).

 

Con el Neolítico, empezó ya un primer crecimiento exponencial hasta 170 millones en el año 1, multiplicándose por 50 la población en 10.000 años. Desde entonces, se ha vuelto a multiplicar por 50 en un periodo aún mucho más corto, de 2.000 años (Figura 4), y centrado en el último siglo[7]: una anomalía geológica sin precedentes que ha desatado la más rápida extinción masiva de la historia terrestre, del orden de 100 veces más rápida en la actualidad que la extinción del Cretácico (McCallum, 2015).

 

Figura 4

Aumento de población en los últimos 10.000 años.

 

 

Desde esta perspectiva amplia, la población en el Paleolítico superior era ya excesiva. Esto es también relevante a la hora de diferenciar modos de vida y ontologías indígenas que puedan inspirar un futuro vivible, donde ni siquiera todas las sociedades de recolector*s-cazador*s estarían en el umbral de cero impactos y de sostenibilidad largoplacista, sino solo aquellas que han sabido mantener una relación no explotadora con el entorno, como posiblemente las comunidades San del Kalahari en África, de ahí su persistencia desde hace decenas de miles de años.

Futuro Vivible en 3D y el Puzle de la Extinción

 

Resumimos a continuación piezas centrales del puzle de respuestas a la crisis que son aquellas que, no solo tienen un papel particularmente grande, sino que son condición de posibilidad de otras transiciones fundamentales, y corresponden con la propuesta VegAnarQueer:

1.     (Veg) Dietas vegetales: pieza central de la restauración de ecosistemas, es más rápidamente factible que una agroecología global y central también a esta y a la reducción del desperdicio alimentario, a la seguridad alimentaria, y a una justicia social interseccional, intergeneracional e interespecies.

2.     (Anar) Reducción drástica de consumos cambiando hacia estilos de vida minimalistas o anarcoprimitivistas sobre todo en poblaciones ricas, desmantelando la sociedad industrial-digital y aprendiendo de comunidades indígenas como único modo realista de ir hacia una gradual eliminación de combustibles fósiles y otros sobreconsumos que contaminan y (nos) enferman ecosistemas. Este desmantelamiento del colonialismo extractivista excede a los Estados, cuya razón de ser desde el Neolítico ha sido la gestión de la acumulación basada en las ontologías de la explotación, y apunta a la autoorganización, y a una anarquía profunda más allá de las ideológicas occidentales, y más cercanas a las de algunas sociedades indígenas y no humanas: modelos de organización basados en comportamiento de bandada y enjambre (Del Val, 2025a, 450;  Del Val, 2025b). Todo ello asociado a una desdomesticación del propio humano, y las especies que este ha domesticado, y a una descolonización terrestre.

3.     (Queer) Reducir descendencia: aproximación queer al antinatalismo voluntario, expandiendo la propuesta de Donna Haraway (2020) de “Make kin, not babies!,” o sea, hacia nuevos modos de parentesco no centrados en la familia nuclear y la reproducción. Esto es central también para una transición agroecológica y un decrecimiento profundo de consumos e impactos, pues la población ha crecido de la mano de sistemas altamente industrializados y deslocalizados.

La jerarquía propuesta se basa en el estudio comparado anteriormente esbozado de un conjunto muy amplio de literatura que suele darse de forma sectorizada y por otro lado reformula los tres grandes ejes de problemas puestos de relieve en gran parte de la literatura: alimentación, sobreconsumos, y superpoblación.

 

La transición a dietas vegetales resalta como medida de mayor impacto y la única que sería factible casi al 100% a corto plazo con el actual sistema, además de movilizable desde un cambio individual y colectivo de hábitos de consumo (de ahí el afán en silenciar los impactos por parte de la industria), y teniendo en cuenta que actualmente, a pesar de iniciativas minoritarias hacia dietas basadas en plantas, se camina hacia una duplicación de consumos de productos animales en 2050, algo de hecho imposible pues no hay planeta para tal crecimiento.

 

Le sigue el decrecimiento profundo como propuesta maximalista a partir de la idea de una reducción de consumos y de energías fósiles, teniendo en cuenta que se prevé una duplicación de consumos per cápita para 2050, y que reducciones drásticas implican procesos más lentos hacia vivir bien con muchos menos consumos, o bien emergencias globales de racionamiento análogas a, y más intensas que, la de la pandemia de la Covid19, que no se plantean desde las instituciones al ir contra la economía del crecimiento y el beneficio de las élites.

 

El tema demográfico lo ponemos en tercer lugar aun siendo central al punto 2 y a las transformaciones más profundas del punto 1, porque la previsión de crecimiento demográfico no es tan rápida actualmente (hacia un 20-30%), como la de consumos per cápita (hacia un 200%) implicando también cambios en el medio y largo plazo.

 

En realidad, los tres elementos, sobre todo la cuestión demográfica, se subsumen en la idea de Decrecimiento Profundo, pero centramos este en el punto dos como expansión de una idea de “reducción de consumos,” examinando las implicaciones más profundas que esta tiene.

 

Junto a estas tres medidas 3D habría otras de carácter transversal y que resumimos en el concepto de 3R: Resistencia, Regeneración, Reinvención, como base para un posible movimiento social 3D/3R y un Puzzle de medidas ante la crisis (Fig. 5).

1.     Resistencia, denuncia, desmontaje: La participación en iniciativas de activismo, resistencia, denuncia, y lucha contra la desinformación y los crímenes de los Estados, lobbies y medios. Y, sobre todo, un desmontaje y deconstrucción profunda del supremacismo humano y sus creencias asociadas.

2.     Regeneración, reversión, desmantelamiento: la participación en iniciativas colectivas de regeneración de ecosistemas, decrecimiento de consumos y agricultura regenerativa.

3.     Reinvención: la participación en iniciativas colectivas que activen prácticas transformadoras, como la permacultura vegana y la recuperación del conocimiento sobre la recolección sostenible de plantas silvestres comestibles y medicinales, y más en general la recuperación de capacidades sensorimotoras perdidas que sería preciso recuperar con un regreso a las técnicas del cuerpo y la energía endosomática frente a los excesos de las técnicas y energía exosomática, como base para modos de comunidad que puedan recuperar la coevolución constructiva con el resto de formas de vida (Del Val 2025a, 389-454).

Figura 5.

Puzle de medidas prioritarias.

 Continuum Decrecentista y Decrecimiento Profundo

 

Es preciso poner atención a los distintos modelos decrecentistas y sus implicaciones: desde (1) aproximaciones más cosméticas (menos carne, energías renovables y economía circular parcial) que reproducen a grandes rasgos narrativas antropocéntricas, eurocéntricas, industrializadas y del progreso; pasando por (2) una aproximación más consistente o intermedia (dietas vegetales, reducción drástica de consumos, economía circular fuerte y estabilización voluntaria de la población); hasta (3) un cambio sistémico mucho más profundo, o decrecimiento profundo.

Tenemos así, en un extremo, el intento de sostener una sociedad industrializada con un decrecimiento cosmético, y en el otro, el retorno a sociedades nómadas, con cero impacto negativo, en el entorno planetario, como horizonte maximalista del decrecimiento profundo, con numerosas posibilidades intermedias que es preciso tener en cuenta y considerar de forma detallada, así como sus temporalidades estratégicas y posible coexistencia provisional. Todo ello implica redefinir las narrativas emancipadoras y concepciones de lo que es vivir bien, abundando en como desde comunidades de Abya Yala se plantea la noción de Buen Vivir (Hidalgo-Capitán et al. 2019), y hacerlo de forma no antropocéntrica. El lema decrecentista, “menos es más,” puede así tener comprensiones muy diversas que es preciso explorar exponiendo un Continuum o espectro de niveles y modos decrecentistas (Fig. 6), que permitan estrategias a largo plazo en función de visiones minimalistas, maximalistas o intermedias, y exponiendo en todo caso el espectro amplio de posibilidades y las implicaciones profundas de cada una. 

 

Figura 6.

Continuum decrecentista

 

Ante la posible percepción de que las propuestas maximalistas o incluso intermedias sean utópicas o irrealizables, planteamos la posibilidad de que puedan ser en realidad las más realistas, siendo quizás irrealizable e indeseable sostener las civilizaciones de la explotación, ni sobrevivir con ellas al colapso que viene.

 

Es importante, en el proceso, corregir el sesgo antropocéntrico y eurocéntrico imperante que asume como medida de los impactos el sostenimiento de la civilización industrializada global (WEIRD: Western, Educated, Industrialised, Rich, Democratic), y sus formas de vida y superpoblación como medida de una buena forma de vida, sostenible y deseable. Proponemos en su lugar como referente de sostenibilidad y de forma de vida más deseable, así como de límite de cero impactos negativos, la forma de vida que el sapiens ha tenido durante la mayor parte de su historia, y que siguiendo a la antropología, es más deseable, pero además es probablemente la única realista en el colapso climático que viene. Este es el horizonte de impacto cero respecto al que medir el resto de propuestas del continuum. Consideramos en todo caso esencial reconocer que tal escenario no solo es posible (fue nuestra realidad la mayor parte de nuestra historia) sino que quizás sea el único escenario realista hacia el que caminar.

 

Tres escenarios: corto, medio y largo plazo

 

El corto plazo es con el sistema y población actual en sociedades industrializadas y 8.000 millones de personas, el medio es hacia modos de vida y poblaciones pre-industriales de menos de 1.000 millones, y el largo hacia modos de vida y poblaciones preagrícolas de menos de un millón, que se acercarían a un impacto cero en la biosfera.

 

No se trata de planteamienos utópicos sino realistas, pues las mismas medidas que se proponen para un cambio voluntario se pueden aplicar a una adaptación al colapso en el cual la sociedad industrial e incluso agrícola probablemente no será viable. Para los horizontes temporales asumimos posibles umbrales de lo que sería una hipotética reducción voluntaria de población con una sola descendencia por familia, que reduciría a la mitad la natalidad por cada generación, si bien es más probable que muera la casi totalidad de la humanidad actual durante este siglo por haber evitado siquiera considerar estos cambios voluntarios, con una transición más acelerada y catastrófica hacia el escenario largoplacista:

 

Corto plazo: Cambio profundo en el sistema actual ---> 2050

Transición rápida a planeta vegano, justicia social, ecológica y animal

Decrecimiento de consumos y estabilización demográfica, 8.000 millones

Medio plazo: Cambio profundo hacia modos preindustriales ---> 2150

            Agroecología vegana, decrecimiento profundo y 1.000 millones de población

Adaptación al colapso climático-ecológico

Regeneración y rewilding masivo de ecosistemas

Largo Plazo: Cambio profundo hacia modos preagrícolas ---> 2250

            Recolección y vida nómada, un millón de población

 

En este continuum de propuestas, que abarca desde los mínimos exigibles ahora a las visiones maximalistas y realistas, vemos que cuestiones como la transición a dietas vegetales tanto y tan rápido como sea posible, es una cuestión de mínimos, y su silenciamiento o negacionismo es posiblemente la cuestión más problemática, y menos reconocida, de la política global actual. Planteamos, sin embargo, que el mismo problema profundo subyace al silenciamiento de todas estas propuestas: el supremacismo humano (Del Val, 2025a, 153).

¿Por qué se silencian las principales medidas ante la mayor crisis de la historia? Doble negacionismo implícito y explícito, y la urgencia de desmontarlo

 

Cuanto mayor el cambio sistémico propuesto, mayor el choque y conflicto con los lobbies en las actuales lobbycracias, con los privilegios de personas de países ricos, y con el antropocentrismo y supremacismo humano en general, siendo estos conflictos cuestiones clave ante los que será preciso abordar estrategias dialógicas y pragmáticas constructivas, con consecuencias trascendentales de cara a qué se considera una transición justa y para quién, considerando una justicia no solo interseccional, sino intergeneracional (de cara al futuro vivible), e interespecies (de cara al resto de lo viviente), como propone el modelo de la Earth System Justice (Gupta et al. 2023).

 

Esta resistencia suele entrañar un doble negacionismo sistémico tanto de la gravedad de la crisis como de sus causas profundas y respuestas necesarias. Por un lado, hay un negacionismo explícito, organizado y promovido desde lobbies, por ejemplo, el ganadero (Del Val y Mas, 2024), y por otro, un negacionismo implícito asociado al supremacismo humano que impregna las poblaciones, así como el rechazo de personas con privilegios del norte global a perderlos, resultando en que cuestiones tan centrales como la transición a dietas vegetales se silencie o margine, al igual que el cambio sistémico profundo, y el tabú de la superpoblación: el "triple elefante en la habitación".

 

Este negacionismo se ve fortalecido por el tsunami de la desinformación y su auge en la era de la IA, que hace aún más urgente contrarrestarlo desde los movimientos eco-socio-animales. Los países ricos y más consumidores han de ser punta de lanza del autocuestionamiento de privilegios, junto a nuevas narrativas emancipatorias que manifiesten que, con mucho menos, se podría vivir mucho mejor.

 

Numerosos informes cuestionan las estrategias de los lobbies en la diseminación de desinformación con el apoyo de gobiernos y medios de comunicación, manifestándose que vivimos en una Lobbycracia (Lauber et al., 2025; Del Val y Mas, 2024). Se trata de estrategias complejas que es prioritario combatir, igual que urgen estrategias internas de desmontaje del supremacismo humano imperante en el propio activismo y la “intelectualidad crítica”.

Conclusiones

 

Abrir el espectro de lo posible aparece como una labor fundamental ante una crisis sin precedentes en la historia terrestre, y visibilizar lo impensable como realista frente a un doble negacionismo sistémico impuesto por el supremacismo humano y el eurocentrismo racionalista y extractivista que se perpetúa incluso en los márgenes del activismo ecosocial actual.

 

Reuniendo múltiples piezas del puzle que suelen tratarse por separado y con sesgos antropocéntricos y eurocéntricos, hemos puesto de manifiesto los que consideramos tres temas centrales a la crisis, que constituyen tabús intocables a dicho supremacismo, y las respuestas necesarias que, aunque hubieran sido válidas para evitar el colapso, podrán ser activadas de forma minoritaria durante la inminente extinción: transición a dietas vegetales, decrecimiento profundo hacia modos de vida minimalistas o anarcoprimitivistas preferiblemente nómadas, y antinatalismo voluntario y queer, planteando una teoría de cambio profundo (Del Val 2025a, 362) que deje de alimentar las ontologías antropocéntricas y eurocéntricas y el supremacismo humano imperantes, y abrace un espectro mucho más amplio y afirmativo de transformaciones posibles, ofreciendo nuevas narrativas emacipadoras post/metahumanistas y no basadas en el progreso tecno-humano y el crecimiento infinito. Aun para quienes rehusen abrazar tales alternativas, este articulo propone la necesidad de un cambio de perspectiva, una especie de óptica con visión de campo profundo que permita resituar el actual horizonte de las políticas humanas y ampliar el horizonte de posibilidades, manifestando que lo que habitualmente se propone como opción maximalista y radical, es solo un primer paso. También es preciso redefinir el colapsismo hacia un desmantelamiento voluntario de las civilizaciones explotadoras y sedentarias y sus ontologías antropocéntricas y eurocéntricas.

 

Es dudoso que sobrevivan a la extinción los superricos en sus bunkers (Rushkoff, 2023), y más probable que lo hagamos quienes reaprendamos a vivir y coevolucionar con los ecosistemas, flujos terrestres y resto de formas de vida, recobrando un movimiento perdido en las sociedades sedentarias y de la explotación, desde ontologías relacionales que favorezcan los principios vitales de diversidad y simbiosis (Del Val, 2025a, 227). La premisa es simple: volver a contribuir a la biodiversidad terrestre, como una más de los 8 millones de especies, en vez de ser causa de la más rápida extinción masiva jamás registrada.

 

El conjunto de propuestas del artículo, cuyo eje es la corrección de sesgos antropocéntricos y eurocéntricos en los discursos imperantes en la sociedad y el activismo global actuales, está destinado a ofrecer herramientas críticas interseccionales con las que sortear la desinformación y los sesgos del supremacismo humano, a la par que se visualizan las respuestas prioritarias en un macro amplio de ontologías (Fig. 7).

 

Figura 7.

Mapa de estrategias de este estudio.

 

 

Resumiendo, mucho, se trata de invertir el dogma Bíblico del Génesis: “Creced, multiplicaos, llenad la Tierra y sojuzgadla,” exponiendo su telos apocalíptico y su carácter intrínsecamente opresivo, manifestando que no hay emancipación posible si no es del conjunto de la vida terrestre. Seguir poniendo parches al Titanic mientras se hunde no es una opción: saquemos los botes salvavidas de la transformación.

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[1] Ver https://metabody.eu/es/veganarqueer/.

[2] Ver https://metabody.eu/es/que-es-el-metahumanismo/.

[3] Ver https://www.ipcc.ch/srccl/chapter/chapter-5/5-5-mitigation-options-challenges-and-opportunities/5-5-2-demand-side-mitigation-options/5-5-2-1-mitigation-potential-of-different-diets/figure-5-12/.

[4] Ver https://drawdown.org/explorer. Hay que destacar que en su buscador las cerca de 80 propuestas aparecen sin ordenar o visualizar por impacto o por grupos dando lugar al tipo de confusión que denunciamos en este estudio. El grafico de la figura 3 es resultado de un estudio nuestro que ha agrupado y cuantificado las propuestas por sectores e impactos.

[5] Aunque estos autores se centran en la cuestión energética esto es especialmente el caso con el más acuciante y silenciado de los problemas: la alimentación, donde las diferencias de consumo entre ricos y pobres no son tan extremas como en consumo de energía, transporte, vivienda y manufactura, y siendo la alimentación lo que más impacta.

 

[6] El propio Chefurka reconoce que incluso estas últimas son altas habida cuenta que cuando éramos un millón ya creábamos extinciones masivas debido a nuestra destreza destructiva. Al igual que yo, Chefurka considera que se cruzó el umbral de sostenibilidad hace más de 4.000 años, quizás incluso hace decenas de miles de años. Los cálculos de población sostenible suelen estar, por ello, plagados de sesgos supremacistas humanos. 

 

[7] Ver https://en.wikipedia.org/wiki/Estimates_of_historical_world_population.