Revista Internacional de Educación y Análisis Social Crítico Mañé, Ferrer & Swartz.
ISSN: 2990-0476
Vol. 4 Núm. 1 (2026)
La cultura como elemento patológico en sectores populares
Eduardo Torres Urrutia
Centro de Documentación y Estudios Anarquistas de Concepción, Chile.
https://orcid.org/0009-0005-1565-5880
eduardo125@gmail.com
Resumen
El presente artículo analiza la relación entre territorio, subjetividad y cuerpo en contextos de marginalidad urbana, a partir de un enfoque interdisciplinario que articula la ecología social, la teoría de la producción del espacio, y el psicoanálisis. Se sostiene que las problemáticas asociadas a la delincuencia, la violencia y la salud mental no pueden ser comprendidas de manera aislada ni reducidas a variables individuales o económicas, sino que deben situarse en el entramado de relaciones sociales, espaciales y de poder que configuran la vida cotidiana. En este sentido, se examina cómo las políticas públicas orientadas a la seguridad y al control social han contribuido a la producción de territorios segregados y subjetividades marcadas por la exclusión. Asimismo, se propone una lectura del hábitat como generador de condiciones psicopatológicas, incorporando el concepto de “psico espacio” y su incidencia en la estructuración del mundo interno. Finalmente, se aborda el cuerpo como lugar de inscripción de estas experiencias, destacando su dimensión social e histórica. El artículo concluye que la comprensión de la salud mental en contextos de pobreza requiere un enfoque crítico que integre territorio, ecología y subjetividad, abriendo posibilidades para el desarrollo de políticas más integrales y situadas.
Palabras clave: Ecología social, territorio, subjetividad, pobreza, salud mental, cuerpo, urbanismo crítico.
Abstract
This article analyzes the relationship between territory, subjectivity, and the body in contexts of urban marginality, from an interdisciplinary approach that articulates social ecology, the theory of the production of space, and psychoanalysis. It argues that issues associated with crime, violence, and mental health cannot be understood in isolation or reduced to individual or economic variables, but must be situated within the web of social, spatial, and power relations that shape everyday life. In this sense, the article examines how public policies oriented toward security and social control have contributed to the production of segregated territories and subjectivities marked by exclusion. Likewise, it proposes a reading of habitat as a generator of psychopathological conditions, incorporating the concept of “psycho-space” and its influence on the structuring of the internal world. Finally, the body is addressed as a site where these experiences are inscribed, highlighting its social and historical dimension. The article concludes that understanding mental health in contexts of poverty requires a critical approach that integrates territory, ecology, and subjectivity, opening possibilities for the development of more comprehensive and situated policies.
Keywords: Social ecology, territory, subjectivity, poverty, mental health, body, critical urbanism.
Resumo
O presente artigo analiza a relação entre territorio, subjetividade e corpo em contextos de marginalidades urbana, a partir de una abordagem interdisciplinar que articula a ecología social, a teoria da producto do espaço e a psicoanalice. Sustenta-sé que as problemáticas asociadas à criminalidade, à violencia e à saúde mental no podem ser compreendidas de forma asolada nem reduzidas a variabais individuais ou econômicas, mas deben ser situadas no entrelazamiento de relações sociais, espaciáis e de poder que configuran a vida cotidiana. Ness sentido, examina-se como as políticas públicas orientadas à seguranza e ao controle social tan contribuído para a producto de territórios segregados e subjetividades marcadas pela excluso. Do mesmo modo, propia-se uma leitura do hábitat como gerador de condices psicopatológicas, incorporando o conceto de “psicoespaço” e sea incidência na estruturação do mundo interno. Por fin, o corpo é abordado como lugar de inscrita dessas experiências, destacando sea dimensão social e histórica. O artigo concluí que a compreensão da sede mental em contextos de pobreza requerí uma abordagem crítica que integre territorio, ecologia e subjetividade, abriendo possibilidades para o desenvolvimiento de políticas mais integráis e situadas.
Palabras-chave: Ecología social, territorio, subjetividade, pobreza, sede mental, corpo. urbanismo crítico.
I.- Introducción
Entrando en el siglo XXI, una de las principales preocupaciones de quienes controlan los medios de comunicación -y, por tanto, inciden en la construcción de la opinión pública- ha sido el aumento de la delincuencia. A través de la difusión de cifras elevadas, se ha instalado a través de los medios de comunicación, en la ciudadanía, la percepción de un peligro presente, localizado en los propios barrios y comunidades. Este proceso ha contribuido a la construcción de un imaginario social donde la amenaza se asocia con la pobreza y la inmigración, simplificando fenómenos complejos y desplazando la atención desde sus causas estructurales hacia sus manifestaciones más visibles.
Estas narrativas, han sido tomadas por los organismos del Estado chileno, traduciéndose en la implementación de políticas de carácter predominantemente represivo, tales como políticas de drogas, programas de seguridad comunitaria, el fortalecimiento de dispositivos de vigilancia, el aumento de la dotación de carabineros y Policía de Investigaciones (PDI), así como la proliferación de estudios e intervenciones centradas en la relación entre pobreza, migración y delincuencia. En este tema, los grupos de pensamiento de la derecha son los que hacen esta relación, así la Fundación Para el Progreso publica un estudio llamado “Inmigración y delincuencia en Chile” (Ugarte, 2025). No obstante, estas medidas han implicado una inversión económica enorme, que no ha demostrado tener eficacia ni eficiencia en la disminución de la criminalidad ni de la marginalidad, consolidando, en cambio, una narrativa que vincula de manera directa pobreza e inseguridad.
Como lo plantea Kiepek, a pesar de las políticas prohibicionistas, las campañas de sensibilización y las sanciones impuestas, el consumo de drogas sigue siendo una problemática persistente en muchas sociedades: Esto sugiere que las políticas públicas y los modelos explicativos sobre las adicciones no son efectivos para abordar la complejidad del fenómeno en la actualidad, ya que perpetúan un enfoque simplista, estigmatizador, y sustentado en el lenguaje moralizador que permanecerá arraigado mientras no se reflexione sobre ello (Fernández et al., 2025).
En este contexto, la violencia ha comenzado a internalizarse en determinados sectores juveniles como parte de una cultura barrial. Las pandillas emergen, así, no solo como expresiones de conflictividad social, sino también como formas de contención afectiva e identificación colectiva, especialmente en contextos donde los vínculos comunitarios se encuentran debilitados. Este fenómeno se ve reforzado por una creciente intervención estatal que, a través de programas psicosociales y de control, tienden a fragmentar el tejido social más que a fortalecerlo.
Como plantean Bonilla-Molina y El Troudi, “el Estado generó una élite pensante a la cual denominó intelligenzzia, formas normalizadas de control social sintetizadas en el gobierno y una institucionalidad que trasmite y garantiza esta dominación” (2024, p. 26). En este marco, muchas políticas públicas operan más como dispositivos de control que como herramientas de transformación social, privilegiando la visibilizarían de la acción estatal por sobre su impacto real. Esto contribuye a una progresiva desarticulación del tejido social y a la configuración de subjetividades marcadas por la exclusión, la violencia y la contracultura antisocial.
Desde esta perspectiva, resulta fundamental comprender que el comportamiento humano y el entorno se configuran en una relación de mutua influencia. Tal como plantea Ángel Fiasché, los espacios que habitamos -las viviendas, el diseño urbano, la disponibilidad de áreas verdes y la organización territorial- inciden directamente en la constitución de la subjetividad (2003). Es esencial saber que el comportamiento de las personas y el ambiente son elementos que se influyen mutuamente (Fiasché, 2003), la forma cómo nos influye un área verde, la construcción de un edificio, el diseño de los espacios, los muros de una habitación, una nueva calle a metros de nuestro hogar. De esta forma aportemos desde otra mirada, más allá de los programas de barrios que el gobierno de Chile está promoviendo, transitando a una nueva concepción de barrio popular más ecológicamente sano, y no a un campamento de ladrillos o de internit (planchas de fibrocemento).
El análisis se apoya en la psicología de orientación psicoanalítica, particularmente en la teoría de las relaciones objetales de Melanie Klein, que entiende la personalidad como un proceso de desarrollo continuo, estructurado en los primeros años de vida a partir de la resolución de conflictos intrapsíquicos y de las relaciones con los otros: Para Melanie Klein, los objetos internos y las fantasías inconscientes producen significaciones dentro de la realidad psíquica y estos significados son los que se proyectan en la realidad externa dándole sentidos diferentes en cada momento vivencial (Ramírez, 2010, p. 226), se incorporan los aportes de Otto Kernberg (Hoffman, 2022), quien destaca el papel de los afectos en la organización de la vida psíquica, transitando desde experiencias corporales iniciales hacia configuraciones relacionales más complejas.
En este marco, la constitución de la personalidad no puede ser reducida a explicaciones cuantitativas, ni a enfoques centrados exclusivamente en la superación material de la pobreza. Por el contrario, requiere considerar las condiciones históricas, sociales y espaciales en las que se desarrolla el sujeto. En este sentido, fenómenos como la revuelta social de 2019 en Chile evidencian que las problemáticas sociales no se limitan a indicadores económicos, sino que remiten a formas más profundas de exclusión.
Sin embargo, se mantiene abierta la posibilidad de un resurgimiento de lo que algunos han llamado lo "destituyente", como se evidenció en el estallido social de 2019. La tarea, por tanto, no es repetir las fórmulas del pasado, sino abrir espacios de reflexión crítica permanente que permitan identificar cuándo y cómo actuar sin caer en acciones automáticas que puedan ser cooptadas o absorbidas por la lógica del modelo neoliberal (Torres, 2025).
El objetivo de este artículo es, por tanto, analizar la relación entre territorio, subjetividad y cuerpo desde una perspectiva crítica que permita comprender las condiciones de producción de la patología en contextos de marginalidad. Para ello, se propone superar los enfoques centrados exclusivamente en la conducta observable, incorporando una mirada interpretativa orientada a comprender los procesos subyacentes.
Esto implica también una reflexión epistemológica sobre los límites de los enfoques explicativos tradicionales. Como señala Saltalamacchia, tales hipótesis son investigadas y el conocimiento adquirido permite iniciar un proceso inductivo que conducirá a generalizaciones empíricas que sostendremos mientras no se compruebe su falsedad o ineficacia (Saltalamacchia, 2008). En esta línea, Otto Kernberg aborda una aproximación diagnóstica que otorga relevancia a aquello que no es inmediatamente visible, permitiendo profundizar al analista en la relación entre ambiente, estructura psíquica y trastorno. El ambiente social del paciente es otro de los parámetros a considerar; en un medio estimulante y de alto nivel cultural, la incapacidad de goce y la ausencia de creatividad del paciente fronterizo pueden quedar disimuladas por su aparente adaptación a un entorno óptimo. Por el contrario, los pacientes crónicamente sumergidos en un ambiente social muy carenciado pueden impresionar como débiles, no creativos e incapaces de goce, a pesar de lo cual no presentan necesariamente en un nivel más profundo las manifestaciones más graves de incapacidad de sublimación (Kernberg, 1979; Riquelme y Oksenberg, 2003).
El artículo se organiza en tres apartados. En primer lugar, se aborda la ecología barrial en el marco de la ecología social, analizando la relación entre territorio, poder y desigualdad. En segundo lugar, se examina el hábitat social como generador de patología, integrando los aportes de la teoría de la producción del espacio y del psicoanálisis. Finalmente, se analiza el cuerpo como depositario de estas experiencias, entendiendo su dimensión como el lugar donde se inscriben las tensiones sociales, económicas y afectivas.
II.- La ecología barrial en el marco de la ecología social
Para avanzar hacia una definición de ecología barrial, resulta necesario inscribirla en un campo más amplio de relaciones socio-ecológicas, entendidas no solo como vínculos entre seres humanos y entorno, sino como configuraciones históricas donde se articulan dimensiones materiales, simbólicas y políticas. Desde esta perspectiva, la ecología deja de ser un ámbito estrictamente natural para ser concebida como un entramado relacional en el que participan actores humanos y no humanos, bajo condiciones específicas de producción de la vida social. Al situar esta discusión en la escala del barrio, dichas relaciones adquieren un carácter situado, en el cual el territorio emerge como un espacio donde se condensan procesos de desigualdad, conflicto y también de organización colectiva.
En este marco, la noción de modernidad/colonialidad desarrollada por Aníbal Quijano (2012) permite problematizar las bases históricas sobre las cuales se han estructurado las relaciones entre sociedad y naturaleza. Siguiendo esta perspectiva, no es posible abordar propuestas como el Buen Vivir sin cuestionar la racionalidad moderna que ha tendido a subordinar el mundo natural a lógicas de dominación, explotación y acumulación. Así, la crisis ecológica contemporánea puede leerse también como una expresión de este patrón histórico de poder: “La explotación de la naturaleza como algo que no requiere justificación alguna y que se expresa cabalmente en la ética productivista engendrada junto con la revolución industrial” (Quijano, 2012, pág. 83).
En diálogo con lo anterior, la ecología social propuesta por Murray Bookchin (1999) ofrece herramientas conceptuales para profundizar en el carácter estructural de dicha crisis. Desde este enfoque, la naturaleza no constituye una entidad estática ni separada de lo social, sino un proceso dinámico en permanente transformación:
Mi propósito al desarrollar la ecología social durante las pasadas décadas ha sido francamente un propósito ambicioso: presentar una filosofía, una concepción del desarrollo natural y social, un análisis profundo de nuestros problemas sociales y medioambientales y una alternativa utópica radical -hasta el día de hoy nunca he evitado el uso de la palabra utópico- a la crisis social y medioambiental actual. (Bookchin, 1999, pág. 56).
A partir de esta base, es posible sostener -siguiendo a Bookchin- que los denominados problemas ambientales no pueden ser comprendidos de manera aislada de las formas de organización social que los producen. En este sentido, las relaciones de jerarquía y dominación presentes en la vida social encuentran su correlato en las formas de intervención sobre el entorno: “La «otredad» debe ser concebida como un fenómeno gradual, fenómeno, ciertamente, que puede resultar en cualquiera de las diferentes clases de sociedad” (Bookchin, 1999). De este modo, la explotación de la naturaleza no aparece como un fenómeno independiente, sino como parte de un entramado más amplio de relaciones de poder que atraviesan tanto a los cuerpos como a los territorios.
Esta lectura habilita una crítica más amplia al capitalismo, no solo como sistema económico, sino como forma histórica de organización de la vida que instituye determinadas maneras de relacionarse con el entorno. En este contexto, la tendencia a explicar la crisis ecológica a partir de factores como el crecimiento poblacional o el desarrollo tecnológico puede entenderse como una forma de desplazamiento que invisibiliza sus causas estructurales. Por ello, las respuestas centradas exclusivamente en los efectos -como la contaminación o la degradación ambiental- resultan limitadas si no se abordan las condiciones sociales que las hacen posibles.
En este punto, la articulación entre la ecología social y la noción de colonialidad del poder (Quijano, 2012), permite hacer más complejo el análisis, en la medida en que ambas perspectivas coinciden en señalar que las jerarquías sociales han operado históricamente como fundamento de diversas formas de dominación. Así, la crisis ecológica puede interpretarse como parte de un patrón civilizatorio que ha naturalizado la explotación como principio organizador de la vida social.
Cuando este enfoque se traslada a la escala barrial, estas dinámicas adquieren una expresión concreta en los procesos de urbanización y en la configuración de los espacios habitados. El crecimiento de las ciudades y la producción de asentamientos humanos no responden únicamente a dinámicas demográficas, sino que se encuentran atravesados por decisiones políticas, económicas y técnicas que reflejan relaciones de poder. En este sentido, el barrio y en la actualidad, las tomas o campamentos, se configuran como espacios privilegiados para observar la imbricación entre desigualdad social y degradación ambiental.
Cabe señalar que algunas de estas preocupaciones ya se encontraban presentes en debates urbanísticos de inicios del siglo XX. Propuestas orientadas a la planificación de barrios obreros incorporaban criterios vinculados al bienestar, tales como la ventilación, la iluminación natural o la disponibilidad de espacios verdes (Masjuan, 2000). Estos enfoques, aunque limitados por su contexto histórico, pueden ser leídos retrospectivamente como intentos de integrar dimensiones ambientales en la organización del espacio urbano.
No obstante, desde una perspectiva contemporánea, resulta necesario problematizar los alcances de dichas propuestas, en tanto no siempre cuestionaban las estructuras más amplias que producían desigualdad en el acceso al territorio. En este sentido, la ecología social permite reinterpretar estos antecedentes, destacando tanto sus aportes como sus limitaciones.
En síntesis, la ecología barrial, comprendida desde una perspectiva socio-ecológica crítica, permite abordar el territorio como un espacio en disputa, donde convergen procesos ecológicos y sociales. Esta aproximación desplaza las lecturas que reducen la crisis ambiental a un problema técnico, proponiendo, en cambio, entenderla como una expresión de formas históricas de organización social. Desde aquí, se abre la posibilidad de pensar alternativas orientadas hacia la justicia social, la autonomía territorial y la sustentabilidad.
Estas transformaciones pueden situarse, además, en el contexto de lo que Neil Brenner denomina urbanización planetaria (Mendes, 2024), proceso mediante el cual las dinámicas del capital reconfiguran extensivamente los territorios más allá de los límites tradicionales de la ciudad. A su vez, los aportes de Arturo Escobar (2015) permiten profundizar esta crítica desde una perspectiva latinoamericana, al plantear la necesidad de transitar hacia horizontes de mundos interconectados basados en ontologías relacionales y en la defensa de la autonomía de los territorios.
III.- El hábitat social como generador de la patología: una lectura desde la ecología social y la producción del espacio
Para abordar el hábitat social como un factor en la producción de patologías, resulta necesario desplazar el foco desde interpretaciones centradas en el individuo hacia un análisis que considere las condiciones históricas, sociales y materiales en las que se configura la vida cotidiana. En este sentido, la subjetividad no puede entenderse de manera aislada, sino como parte de un entramado de relaciones que articulan territorio, poder y organización social. Desde esta perspectiva, la ecología social propuesta por Murray Bookchin permite situar el problema en un plano estructural, al sostener que las crisis ambientales -y, por extensión, las condiciones del hábitat- se vinculan con formas históricas de jerarquía y dominación.
Bajo este enfoque, el hábitat deja de ser concebido como un mero soporte físico para convertirse en una expresión concreta de las relaciones sociales que lo producen. Así, las condiciones de vida en contextos de pobreza -caracterizadas por la precariedad material, la alta densidad habitacional y la segregación territorial- no constituyen desviaciones excepcionales, sino manifestaciones consistentes con una estructura social que distribuye de manera desigual los recursos y las oportunidades.
Este planteamiento puede ser profundizado a partir de la teoría de la producción del espacio de Henri Lefebvre (2013), quien sugiere entender el espacio como una construcción social antes que como un contenedor neutral: Desde esta perspectiva, el espacio urbano se configura a partir de prácticas, representaciones e intereses que reflejan relaciones de poder; en esta misma línea, Karen Andersen (2025) enfatiza la distancia existente entre los espacios diseñados desde la planificación institucional y aquellos efectivamente vividos por las comunidades, señalando la necesidad de articular políticas públicas con las experiencias territoriales concretas. De este modo, los sectores marginados pueden ser comprendidos no como espacios deficitarios, sino como territorios producidos bajo condiciones específicas de exclusión.
Siguiendo esta línea de análisis, David Harvey (2008) plantea que la configuración del espacio urbano responde a dinámicas propias de la acumulación capitalista, donde ciertos territorios concentran inversiones y recursos, mientras otros quedan relegados a condiciones de precariedad. Esta distribución desigual no solo afecta el acceso a bienes materiales, sino que también incide en las formas de vida y en los procesos de subjetivación, configurando experiencias diferenciadas según la posición que se ocupa en la estructura social.
En este contexto, el concepto de “psicoespacio” desarrollado por Ángel Fiasché (2003), permite articular de manera más directa las dimensiones sociales y psíquicas del hábitat. Desde esta perspectiva, el espacio no es externo al sujeto, sino que participa activamente en la organización de su mundo interno. En consecuencia, las condiciones materiales del entorno inciden en la constitución de la subjetividad, influyendo en la forma en que se establecen vínculos y se procesan las experiencias.
Las condiciones de hacinamiento y precariedad habitacional, frecuentes en contextos urbanos empobrecidos, generan limitaciones concretas para la diferenciación subjetiva y el establecimiento de relaciones interpersonales saludables. La imposibilidad de regular distancias físicas y simbólicas favorece la aparición de dinámicas marcadas por la confusión de roles, la sobreexposición y la tensión constante. Estas experiencias, especialmente cuando ocurren en etapas tempranas del desarrollo, pueden consolidarse como patrones relacionales que inciden en la aparición de diversas formas de malestar psíquico.
En esta misma dirección, los aportes de Donald Winnicott (1990) resultan particularmente relevantes al subrayar la importancia de un entorno suficientemente estable y contenedor para el desarrollo emocional: “el cuidado del niño íntegro, que es un ser humano con una constante necesidad de amor y de comprensión” (p. 30). La constitución del sujeto implica un tránsito progresivo desde la dependencia hacia mayores niveles de autonomía, proceso que requiere condiciones ambientales que lo sostengan. Sin embargo, en escenarios atravesados por la precariedad estructural, estas condiciones suelen verse restringidas, dificultando la elaboración simbólica de las experiencias y favoreciendo respuestas defensivas más primitivas.
A partir de la articulación de estos enfoques, es posible sostener que las formas de sufrimiento asociadas a la pobreza no deben interpretarse como atributos inherentes a determinados grupos sociales, sino como el resultado de procesos históricos vinculados a la producción del espacio y a la organización desigual de la sociedad. En este sentido, nociones como cultura de la pobreza requieren ser revisadas críticamente, en la medida en que pueden contribuir a naturalizar condiciones que son producto de relaciones de poder.
Asimismo, las prácticas sociales que emergen en estos contextos -incluyendo aquellas que suelen ser catalogadas como desviadas- pueden ser comprendidas como respuestas situadas frente a condiciones estructurales específicas. Tal como plantea Claude Lévi-Strauss (1995), las estructuras sociales operan en niveles profundos, organizando prácticas y significados. No obstante, dichas estructuras no son neutrales, sino que participan en la reproducción de desigualdades.
En este escenario, surgen también formas de organización cultural y comunitaria que buscan generar alternativas frente a la fragmentación social. Estas expresiones, particularmente visibles en sectores juveniles, pueden interpretarse como intentos de reconstrucción de vínculos y de producción de sentido en contextos adversos. Sin embargo, su desarrollo se encuentra en tensión entre su potencial transformador y la posibilidad de reproducir dinámicas de exclusión. Estas condiciones pueden ser analizadas también desde la noción de necropolítica de Achille Mbembe (2011), en tanto permiten comprender cómo ciertos grupos son expuestos de manera sistemática a condiciones de vida que limitan sus posibilidades de desarrollo.
Por otra parte, la progresiva reducción de los espacios públicos, asociada a procesos de privatización, securitización y mercantilización urbana, restringe las posibilidades de encuentro, participación y construcción colectiva. En términos de Henri Lefebvre (2013), esto implica una limitación del derecho a la ciudad, entendido como la capacidad de los habitantes para apropiarse, habitar y transformar su entorno.
En síntesis, el análisis del hábitat social desde una perspectiva socio-ecológica y crítica permite comprender que las condiciones espaciales no solo enmarcan la vida social, sino que participan activamente en la producción de subjetividad y en la emergencia de malestares psíquicos. De este modo, dichas problemáticas no pueden reducirse a dimensiones individuales, sino que deben ser entendidas como expresiones de las condiciones materiales y simbólicas en las que se desarrolla la vida. En el contexto latinoamericano, estos procesos se ven intensificados por la creciente financiarización, con el ingreso de capital financiero al mercado de la vivienda, fenómeno analizado por Raquel Rolnik (2019): El ejemplo pionero en América Latina lo realizó Chile en los setenta después del golpe militar. En 1979, el ministerio de vivienda de Chile definía la casa propia como un bien que se adquiere a través del esfuerzo de ahorro de las familias, con aporte del Estado a través del subsidio, quien evidencia cómo el acceso al hábitat ha sido progresivamente subordinado a dinámicas del capital financiero global.
IV.- El cuerpo como depositario de la patología
En continuidad con el análisis del hábitat social, es posible profundizar en la comprensión del cuerpo como un espacio donde las condiciones sociales se materializan y adquieren visibilidad. Desde esta perspectiva, el cuerpo no puede reducirse a su dimensión biológica, sino que debe ser entendido como un lugar atravesado por procesos históricos, relaciones de poder y experiencias simbólicas. En él se inscriben, de manera persistente, las huellas de la desigualdad, la violencia y la exclusión.
En este sentido, los planteamientos de Wilhelm Reich (1986) permiten comprender cómo las experiencias psíquicas no elaboradas encuentran una forma de expresión en el cuerpo. Según este enfoque, los conflictos emocionales tienden a fijarse en estructuras musculares que adoptan la forma de tensiones crónicas, generando una organización defensiva que limita la expresión afectiva. Esta configuración, conocida como “coraza del yo” (Serrano, 2011, p. 131), no solo protege frente al sufrimiento, sino que también restringe la capacidad del sujeto para elaborar sus experiencias. Por otro lado, Pedro Ruiz y Agustín de la Herran (2024) consideran que el yo ha sido arrojado a una lucha interior consigo mismo, donde, influido por la cultura del rendimiento laboral y social, acaba autosometiéndose.
De este modo, el cuerpo no solo actúa como soporte del trauma, sino también como una estructura que posibilita la adaptación en contextos adversos. Las tensiones corporales pueden ser interpretadas, en este marco, como registros de una historia marcada por la necesidad de ajustarse a condiciones sociales específicas. En contextos de precariedad, estas inscripciones adquieren una particular intensidad, evidenciándose en disposiciones corporales que reflejan cargas emocionales sostenidas en el tiempo.
Desde un enfoque contemporáneo, los aportes de Byung-Chul Han (2018, 2022) permiten situar estas dinámicas en el contexto del capitalismo actual, caracterizado por formas de autoexigencia y autoexplotación que se internalizan en el sujeto. En este escenario, el malestar no siempre se expresa como conflicto abierto, sino que se encarna en formas de agotamiento, tensión y desgaste corporal.
Al articular estos planteamientos con la ecología social de Murray Bookchin (1999), es posible sostener que las configuraciones corporales no pueden ser interpretadas únicamente en clave individual. Por el contrario, estas responden a condiciones estructurales que organizan tanto la vida social como las formas de habitar el propio cuerpo. Las relaciones de dominación no solo distribuyen recursos, sino que también modelan sensibilidades, afectos y disposiciones corporales.
En este sentido, el cuerpo puede ser concebido como un territorio donde se encarnan las desigualdades sociales. Siguiendo a Henri Lefebvre (2013), el espacio social es el resultado de procesos históricos que configuran tanto las condiciones materiales como las formas de experiencia. “El espacio (social) no es una cosa entre las cosas, un producto cualquiera entre los productos: más bien envuelve a las cosas producidas y comprende sus relaciones en su coexistencia y simultaneidad: en su orden y/o desorden (relativos)” (p. 129). El cuerpo, en tanto parte de este espacio, participa de dicha producción, siendo moldeado por prácticas sociales que implican su uso, su disciplina y su inscripción en la vida cotidiana.
Por su parte, David Harvey (2008) permite comprender cómo las dinámicas del capitalismo producen configuraciones espaciales desiguales que impactan directamente en la experiencia corporal. Los procesos de urbanización, marcados por la lógica de la acumulación, tienden a concentrar beneficios en ciertos sectores, mientras exponen a otros a condiciones de precariedad. En este contexto, los cuerpos que habitan territorios marginados se encuentran atravesados por múltiples formas de violencia, tanto materiales como simbólicas.
La absorción de excedente mediante la transformación urbana tiene un aspecto todavía más siniestro, que ha implicado repetidas explosiones de reestructuración urbana mediante la «destrucción creativa», que tiene casi siempre una dimensión de clase, dado que son los pobres, los no privilegiados y los marginados del poder político quienes sufren primero. (Harvey, 2008, p. 33).
Desde una perspectiva estructural, los aportes de Claude Lévi-Strauss (1995) permiten comprender que estas configuraciones responden a sistemas de relaciones que operan en niveles profundos, organizando prácticas y significados. Sin embargo, en las sociedades contemporáneas, estas estructuras se encuentran atravesadas por relaciones de clase que introducen tensiones y conflictos, alejándose de cualquier lógica de equilibrio o reciprocidad.
En este marco, la cultura adquiere un papel central en la configuración de la subjetividad. Las sociedades organizadas en torno al consumo promueven ciertos ideales -como la valorización del trabajo o el éxito individual- que, en contextos de exclusión, generan tensiones difíciles de resolver. La distancia entre las expectativas promovidas y las condiciones materiales reales puede traducirse en formas de malestar que encuentran en el cuerpo un espacio de expresión.
La práctica social supone un uso del cuerpo: el empleo de las manos, de los miembros, de los órganos sensoriales y de los gestos del trabajo y de las actividades ajenas a éste. Se trata de la esfera de lo percibido “base práctica de la percepción del mundo exterior, en el sentido psicológico. (Lefebvre, 2013, p. 99).
De este modo, la relación entre pobreza y sufrimiento psíquico no puede ser comprendida al margen del sistema que la produce. Las condiciones de vida en contextos de marginalidad no solo implican carencias materiales, sino también formas específicas de experimentar y habitar el mundo, donde el cuerpo se convierte en un lugar privilegiado de inscripción del conflicto.
A su vez, estas dinámicas se articulan con la emergencia de formas culturales que pueden interpretarse como respuestas colectivas frente a la exclusión. Estas expresiones, lejos de constituir meras desviaciones, configuran espacios de sentido y pertenencia en contextos de fragmentación social. Sin embargo, su desarrollo se encuentra condicionado por las mismas estructuras que les dan origen.
En la actualidad, los procesos de reconfiguración urbana tienden a desplazar a los sectores más vulnerables hacia periferias cada vez más distantes, profundizando su aislamiento. Esta reorganización del espacio no solo tiene efectos materiales, sino que también incide en las posibilidades de vinculación, organización y desarrollo subjetivo.
En este escenario, las políticas estatales suelen oscilar entre estrategias de asistencia y mecanismos de control, limitando las posibilidades de autonomía. No obstante, emergen experiencias comunitarias que, en ciertos contextos, logran generar formas de organización alternativas. En relación con situaciones donde la presencia estatal es débil o fragmentaria, David Graeber describe escenarios en los que la autoridad institucional se vuelve intermitente, dando lugar a formas de organización que operan en márgenes relativos del Estado, usando un concepto que denomina “Zona provisionalmente autónoma” (Graeber, 2025, pág. 196).
Finalmente, el cuerpo, entendido como espacio donde se inscriben las condiciones sociales, permite visibilizar la dimensión encarnada del sufrimiento. La articulación entre hábitat, ecología social y producción del espacio permite comprender que las problemáticas de salud mental no pueden ser reducidas a factores individuales. Actualmente, existe evidencia robusta de que las desigualdades en las condiciones de vida se asocian con una menor esperanza de vida, una mala percepción de la propia salud, y menor acceso a servicios sanitarios, así como también con una mayor prevalencia de trastornos mentales: ansiedad y depresión, consumo de alcohol y otras sustancias, esquizofrenia (Jiménez-Molina et al., 2021). Así, el malestar psíquico puede ser entendido como una expresión de condiciones históricas, materiales y simbólicas que encuentran en el cuerpo su forma de manifestación.
V.- Conclusiones
En resumen, el texto permite concluir que el hábitat social y el cuerpo constituyen dimensiones inseparables en la comprensión del sufrimiento psíquico, en tanto expresan de manera encarnada las condiciones históricas, materiales y simbólicas que configuran la vida social. Lejos de reducirse a una base biológica o a un contexto externo, tanto el cuerpo como el espacio habitado se presentan como territorios atravesados por relaciones de poder, desigualdades estructurales y experiencias de exclusión.
Desde una perspectiva que articula la ecología social, la producción del espacio y los enfoques psicoanalíticos y contemporáneos, se evidencia que la subjetividad se configura en estrecha relación con las condiciones territoriales y sociales. Las dinámicas de precarización, segregación urbana y mercantilización del hábitat no solo organizan el acceso desigual a recursos, sino que también modelan afectos, vínculos y disposiciones corporales, inscribiendo en el cuerpo tensiones, defensas y formas de malestar.
En este marco, el cuerpo aparece como un espacio donde se materializan las experiencias no elaboradas, mientras que el hábitat actúa como una estructura que condiciona dichas experiencias. Las condiciones de vida en contextos de pobreza -marcadas por el hacinamiento, la inestabilidad y la exclusión- limitan las posibilidades de desarrollo subjetivo, favoreciendo la emergencia de respuestas defensivas y patrones relacionales que pueden derivar en diversas formas de sufrimiento psíquico.
Asimismo, las transformaciones del capitalismo contemporáneo, caracterizadas por la financiarización de la vivienda, la reorganización desigual del espacio urbano y la reducción de lo público, intensifican estas problemáticas, afectando tanto la salud mental como las posibilidades de organización colectiva. En este contexto, las prácticas sociales y culturales que emergen en sectores marginados deben comprenderse como respuestas situadas frente a condiciones estructurales, más que como desviaciones individuales.
En consecuencia, el malestar psíquico no puede ser abordado desde perspectivas individualizantes, sino que debe entenderse como una expresión situada de las condiciones de vida. Integrar el análisis del cuerpo, el hábitat y la estructura social permite avanzar hacia una comprensión más compleja del sufrimiento humano, así como hacia intervenciones que consideren no solo sus manifestaciones, sino también las relaciones sociales que las producen.
Desde esta perspectiva, la salud mental no puede ser reducida a variables individuales o clínicas, sino que debe ser entendida como un fenómeno profundamente vinculado a las condiciones sociales de existencia. No obstante, este mismo entramado abre la posibilidad de pensar procesos de resistencia y transformación. Las prácticas comunitarias, las formas de organización barrial y las experiencias de autonomía territorial pueden ser comprendidas como intentos de recomponer vínculos y generar alternativas frente a la fragmentación social.
La articulación entre ecología barrial, hábitat social y cuerpo permite comprender la producción del sufrimiento psíquico como un proceso multiescalar en el que convergen dimensiones estructurales, territoriales y subjetivas. En este marco, el cuerpo aparece como el lugar donde estas determinaciones se hacen visibles, evidenciando que la salud mental no puede ser abordada al margen de las condiciones históricas, materiales y simbólicas que configuran la vida social.
La pobreza si bien, puede ser uno de los elementos necesarios para que se levanten alternativas económicas informales e ilegales, no son el único elemento presente en la conformación de pandillas. Los elementos como la extrema necesidad y no solo en el plano económico, sino que además afectivo y psicológico, hace que crezcan pandillas como una gran alternativa para compensar esas necesidades.
Esta situación vista como una cosa policiaca, la podemos ver desde el punto de vista político, por una inexistente política pública por revertir la problemática violenta en los barrios, desde el punto de vista psicológico o de salud mental, se puede observar una patología de la pobreza (Fiasché, 2003), acrecentada por la violencia social y política llevada a delante desde los 80, es decir, generaciones educadas a resolver los conflictos de forma violenta.
En otro sentido, también de observa en la relación Territorio-cuerpo y salud mental en América Latina, que numerosos movimientos sociales han desarrollado prácticas políticas orientadas a la construcción de formas de organización autónoma, basadas en la democracia directa, la autogestión y la cooperación comunitaria que aparte de establecer modos de vida comunitarios, ha sido interesante observar que la relación comunitaria aporta elementos reguladores en la conducta individual y por tanto, mejora en el ámbito de la salud mental. Un ejemplo relevante de este tipo de experiencias lo constituye el proceso de autonomía territorial impulsado por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional en México, que desde 1994 ha desarrollado formas de autogobierno basadas en la participación comunitaria incluyendo a los niños es las asambleas deliberativas y la organización horizontal.
Estas experiencias han contribuido a ampliar la comprensión de los procesos de transformación social al poner en evidencia que las relaciones de dominación no se reproducen únicamente en el ámbito económico o institucional, sino también en las prácticas sociales cotidianas. En este sentido, la construcción de formas alternativas de organización social en el presente puede entenderse como parte de un proceso más amplio de transformación social.
En el caso chileno, diversas experiencias surgidas durante el período posterior a la dictadura militar han retomado algunos de estos principios. Desde la década de 1990, distintos colectivos, espacios autónomos y proyectos contraculturales han desarrollado prácticas políticas orientadas a cuestionar las formas jerárquicas de organización y a promover formas de acción colectiva basadas en la horizontalidad y la autogestión. Estas experiencias han articulado críticas al modelo económico neoliberal con cuestionamientos a las relaciones de dominación presentes en la vida cotidiana, incluyendo las jerarquías de género, las formas autoritarias de organización y las prácticas culturales heredadas de la sociedad disciplinaria.
En ciudades como Concepción, estas dinámicas han dado lugar al surgimiento de diversos espacios políticos, culturales y comunitarios vinculados al anarquismo y a otras corrientes autónomas como son los Centro Sociales y Casas Okupas. Estos espacios han funcionado como lugares de experimentación social en los cuales se ensayan prácticas de organización horizontal, producción cultural independiente y formas alternativas de sociabilidad. En este sentido, la transformación de las relaciones sociales en el ámbito cotidiano aparece como un elemento central en la construcción de proyectos políticos orientados a cuestionar las estructuras de dominación presentes en la sociedad contemporánea.
Desde esta perspectiva, el anarquismo puede entenderse no sólo como una corriente política o ideológica, sino también como un conjunto de prácticas sociales orientadas a la construcción de formas de vida basadas en la autonomía, la cooperación y la libertad. En este sentido, la transformación de las relaciones sociales cotidianas constituye una dimensión fundamental de los procesos de emancipación social, en la medida en que permite cuestionar y desarticular las múltiples formas de dominación que se reproducen en la vida diaria y que logra irrumpir en el hábitat social una forma de habitar los espacios sociales de forma menos patologizante.
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