Revista Internacional de Educación y Análisis Social Crítico Mañé, Ferrer & Swartz.

ISSN: 2990-0476

Vol. 4 Núm. 1 (2026)

 

Cartografías geopolíticas. La contingencia del porvenir. Proyecto civilizatorio latinoamericano

 

Geopolitical Cartographies. The Contingency of the Future. Latin American Civilizational Project

 

Cartografias geopolíticas. A contingência do futuro. Projeto civilizacional latino-americano

 

María Patricia Angulo

Internacional Antifascista de la Educación; Grupo de Estudios Avanzados (GEA-IV), Chile.

https://orcid.org/0000-0001-6437-6347

mpases@yahoo.es

Violeta Pankova

Grupo de Estudios Avanzados (GEA-IV), Chile.

https://orcid.org/0009-0009-3017-4080

viopankova@yahoo.es

 

Resumen

 

La cuestión civilizatoria vuelve a la agenda académica y política con particular intensidad. En las condiciones de la crisis sistémica actual, el enfoque civilizatorio permite interrogar la episteme política contemporánea, mirar el futuro más allá de las diferencias nacionales, socio-culturales y étnicas, pensar en nuevas alianzas y reconfiguraciones geopolíticas, deconstruir la antinómica oposición entre “nosotros” y los “otros”. El presente ensayo, problematiza la inscripción de América Latina en la competencia civilizatoria actual, e indaga sobre la posibilidad de proyectos diferentes del orden capitalista liberal dominante, sobre la posibilidad misma de proyectos civilizatorios en un mundo cada vez más imprevisible.

 

Palabras clave: crisis civilizatoria, proyecto civilizatorio, geopolítica, capitalismo, debate académico, ontologías indígenas, teorías decoloniales.

 

Abstract

 

The civilizational question has returned to the academic and political agenda with particular intensity. In the context of the current systemic crisis, the civilizational approach allows us to interrogate contemporary political epistemology, to look to the future beyond national, socio-cultural, and ethnic differences, to consider new alliances and geopolitical reconfigurations, and to deconstruct the antinomic opposition between “us” and “them.” This essay problematizes Latin America’s place in the current civilizational competition and explores the possibility of projects that differ from the dominant liberal capitalist order, and the very possibility of civilizational projects in an increasingly unpredictable world.

 

Keywords: civilizational crisis, civilizational project, geopolitics, capitalism, academic debate, indigenous ontologies, decolonial theories.

Resumo

 

A questão civilizacional regressou à agenda académica e política com particular intensidade. No contexto da actual crise sistémica, a abordagem civilizacional permite-nos questionar a epistemologia política contemporânea, olhar para o futuro para além das diferenças nacionais, socioculturais e étnicas, considerar novas alianças e reconfigurações geopolíticas e desconstruir a oposição antinómica entre “nós” e “eles”. Este ensaio problematiza o lugar da América Latina na atual competição civilizacional e explora a possibilidade de projetos que se diferenciem da ordem capitalista liberal dominante, bem como a própria possibilidade de projetos civilizacionais num mundo cada vez mais imprevisível.

 

Palavras-chave: crise civilizacional, projeto civilizacional, geopolítica, capitalismo, debate académico, ontologias indígenas, teorias decoloniais.

 

Introducción: La cuestión civilizatoria.

La cuestión civilizatoria, traspapelada en las bibliotecas babilónicas de la academia y en el torrente de las problematizaciones temáticas contemporáneas, todas relevantes e impostergables, vuelve a la agenda académica y política con particular intensidad. Se configura un campo disciplinario, incipiente, pero bastante sólido, centrado en la problematicidad de la perspectiva civilizatoria, en su poder interpretativo, en su capacidad de responder a las preguntas más candentes de la contingencia geopolítica. Los proyectos civilizatorios, siendo emanación ontológica de las civilizaciones, entendidas como los movimientos más amplios de la historia (Braudel, 1995), como promesa y tarea que busca dar respuesta a los desafíos apremiantes de sobrevivencia de complejas formaciones culturales (Toynbee, 2026), nacen de la intensa necesidad de romper el caos societal, liberarse de la gravitación del presente, desafiar la historia, revisar los cánones categoriales oxidados, pensar en nuevos modos de vivir, pensar, producir y morir. Emergen en momentos de crisis existencial, de grandes convulsiones sociales, son respuesta a las preguntas por el sentido de la existencia y de la historia, por “nosotros” y los “otros”, por ¿quiénes somos?, por ¿cómo nos inscribimos en la inexorable lógica de la historia?

Los conceptos de civilización, y de proyectos civilizatorios, son problemáticos por su genuina intencionalidad de encausar la historia, de establecer los marcos de un determinado orden. Pero, liberados del monumentalismo platónico-hegeliano, la escatología, el canon cronológico, el antropocentrismo y la saga de la necesidad histórica, estos conceptos se reducen a articulación de perspectivas plurales, diferencias, acontecimientos, potencias, multiplicidades, juego de fuerzas, intensidades y devenires incesantes (Deleuze y Guattari, 2020). Asumiendo el carácter intempestivo de la historia, el caos y azar, la imprevisibilidad de los macro procesos globales, reemplazando el ser por el devenir, se abre la posibilidad de explorar un nuevo “orden”, que en su momento será nuevamente desbaratado por las entropías históricas.

Hablar del proyecto civilizatorio latinoamericano, nombre demasiado rimbombante, cargado de promesa y de densidad histórica para los simples mortales, significa preguntar y preguntarse, sobre la legitimidad de nombrar sobre ¿qué es un proyecto, qué es el Occidente, qué civitas evoca, qué impulsa adelante, a quienes representa y cómo los representa, quiénes podrían disputar y atribuirse su autoría, quiénes son sus arquitectos y albañiles, qué energías moviliza, qué fuerzas políticas opuestas están en disputa, cuáles son las condiciones de producción de un tal proyecto? La contingencia, espacio político de hechos, circunstancias, concreticas, acontecimientos y peligros inminentes; a menudo, inconexas y dispersos, necesariamente se enmarcan en macro procesos globales que le dan sentido.

El enfoque civilizatorio problematiza aquel residuo insoluble, que queda después de liberar los procesos de larga duración de sus ciclos y fases, altos y bajos, mitos, ideologemas, órdenes, anarquías, revoluciones, izquierdas y derechas. Los proyectos no se hacen por encargo, no son obra de un equipo académico financiado por fondos gubernamentales, simplemente se dan en el ruido de la multiplicidad de voces, por el “azar de la historia” y por la configuración de diferentes fuerzas incontrolables.

Pero, ¿cuál sería el poder interpretativo de una tal aproximación conceptual, más figurativa que rigurosa? ¿No será, que el “proyecto” latinoamericano, bajo otros nombres, en otros dialectos y amalgamas de sentido, siempre ha estado latente en lo subconsciente societal, en las tradiciones indígenas, los signos y códigos culturales, el ideario de las oligarquías, las luchas proletarias, las resistencias antidictatoriales y antineoliberales, la paidea latinoamericana, la literatura y las artes, como una especie de “religión laica”, arché, principio, origen y fundamento del drama continental de ser? Entonces, ¿En qué consiste su sacralidad y magnetismo capaz de movilizar voluntades colectivas? ¿Cómo el hombre común y corriente, tomando su cerveza frente al televisor, o paseando el día domingo con la familia por el mall, vive, siente y piensa este proyecto fabricado en los bastiones políticos o en las torres de la academia? ¿Cuál es el color, olor y la estética de su esperanza?

Liberando el enfoque civilizatorio del ostentoso término “civilizatorio”… ¿no quedaría el mismo ejercicio analítico banal de conflictos, estructuras y fuerzas, ya consolidado en el canon de las ciencias sociales? ¿Sería pertinente hablar de proyectos en un mundo imprevisible? ¿El enfoque civilizatorio no sería, fabricar nuevos mitos, “infundados”, pero absolutamente necesarios? El carácter incuantificable de un tal proyecto, que a menudo ignora las evidencias empíricas, intentando romper la incertidumbre: ¿no atenta contra el rigor del logos teórico, trasladando la cuestión civilizatoria al territorio de la “poesía política” o a la intuición profética? Sostenemos, que se tratase de proyectos civilizatorios, modelos socio-económicos, estrategias de desarrollo, paradigmas geopolíticos, o cualquier otra figura semántica, lo esencial es la condición de las fuerzas capaces de plantearlo, fundamentarlo, convencer en su legitimidad, implementarlo y consolidarlo.

Hay argumentos sólidos para considerar, que el rol interpretativo del enfoque civilizatorio abre la posibilidad de aproximarse a los problemas globales, que exigen soluciones globales, revisar el “esencialismo economicista” sin reemplazarlo por “esencialismo cultural”. Permite examinar críticamente, sin anular, las oposiciones clásicas -democracia-totalitarismo, norte-sur global, cultura-política, lucha de clases-consensos, estructura-agencia, amigo-enemigo, guerra y paz-, las relaciones entre estatales, entre étnicas, interculturales, los dominios y las subordinaciones, el azimut de los mapas geopolíticos, desde la perspectiva de bloques civilizatorios heterogéneos singulares, interconectados y tensionados. Centrándonos en los períodos históricos de larga duración, más allá de los Estados, naciones, etnias, lenguajes, grandes figuras históricas, movimientos, victorias y fracasos… este enfoque introduce nuevos parámetros de articulación entre los universalismos y particularismos, los nacionalismos y globalismos, la irradiación de energías culturales y expansión, y un potente instinto de conservación resistente a la erosión del tiempo histórico.

Textos y Contextos. Mapa geopolítico actual

Aunque el proyecto civilizatorio latinoamericano condensa las estructuras socio-económicas, las tradiciones y las confrontaciones políticas que disputan el futuro, necesariamente está inserto en un contexto mundial que define sus contornos y sentido. Vivimos los cambios más radicales del orden mundial desde la Segunda Guerra Mundial. La guerra brutal sin reglas por dominio de los mercados, riquezas naturales, rutas marítimas y las tecnologías más avanzadas, las guerras híbridas, el reagrupamiento de los poderes económicos, tecnológicos y financieros, el declive de las hegemonías tradicionales, la emergencia de nuevos bloques de actores mundiales que exigen reconocimiento, el retorno a la doctrina Monroe (Rodríguez, 2025) en América Latina y el Caribe, el desprecio por el libre comercio multilateral, militarización, subordinación de la economía a la seguridad nacional… son algunos de los elementos que configuran la panorámica inquietante en el tablero geopolítico actual.

La economía política clásica era esencialmente un plan para el desarrollo del capitalismo industrial. Actualmente, estamos ante un conflicto entre el capitalismo financiero-rentista de Occidente, y el “capitalismo industrial chino”, que es muy similar al que tuvieron en su momento el proteccionismo norteamericano, británico y alemán -desarrollado bajo las teorías de los economistas clásicos David Ricardo (Tavilla, 2021) y John Stuart Mill (1985), los cuales dividían la economía en dos partes: una productiva y luego otra rentista-. La intención de la economía industrial era ajustar los precios de la riqueza al valor real del coste lo más estrechamente posible, para hacer las economías más prosperas, y el capitalismo industrial más poderoso. A su vez, los sectores financieros inmobiliarios, sostienen que no existe la renta económica, no existe la renta no ganada (Glenn Diesen Español, 2026).

En la actualidad, las economías occidentales mantienen un sistema sustentado en el capitalismo financiero-rentista, orientado a respaldar los intereses monopólicos, rentistas e inmobiliarios de las élites económico-financieras, lo que se aleja del objetivo del capitalismo industrial de “liberar las economías de las rentas”.  La civilización occidental pro-rentista y pro-oligárquica está en manos del sector financiero, compuesto por la banca, el sector inmobiliario, la industria petrolera y la casi extinta industria del carbón. EEUU persuadió a los miembros de la OTAN de evitar el libre comercio (Dunoff y Pollack, 2025), no importar petróleo de Rusia, Irán, y Venezuela, comprar a USA, dando como resultado un alza del petróleo, gas natural y sus derivados, mientras que Holanda, a su vez, rompió el comercio tecnológico al intervenir temporalmente el fabricante de chips Nexperia (líder mundial en la fabricación de semiconductores esenciales, críticos para la industria automotriz y electrónica, con sede en los Países Bajos, heredera de Philips, y adquirida por la china Wingtech Technology en 2019). La Unión Europea, en el marco de la OTAN, decidió no grabar los monopolios estadounidenses, convirtiéndose cada día más en dependiente de gas y las tecnologías de la información de USA (Glenn Diesen Español, 2026).

La confrontación es entre el capitalismo financiero-rentista norteamericano, basado en el usufructo de infraestructura y los monopolios informáticos, para supuestamente reemplazar los antiguos beneficios industriales… y, el capitalismo industrial chino, basado en una economía mixta (público y/o privada), que permite la inversión en infraestructura a objeto de mantener bajos costes. Es entre los intereses de los banqueros, rentistas, tenedores de bonos, monopolistas y terratenientes, y las economías de China y Rusia, que apuestan en activos procesos de industrialización. Esta confrontación se manifiesta en el intento de China y Rusia de desvincularse del capitalismo financiero estadounidense (Münchau, 2025).

En el discurso occidental, resuena la apología de un poder neocolonial, la confrontación radical con los otros, los emergentes, los diferentes, los bárbaros, a quienes el Occidente ha dado cultura, historia y salvación, los que están invadiendo el Edén occidental. La actual doctrina de seguridad global de USA, coloca el tema civilizatorio en la agenda política, es la proyección histórica del Proyecto para Un Nuevo Siglo Americano (PNAC), que fue un think tank neoconservador (Jarquín-Ramírez et al., 2024) con sede en Washington D. C., centrado en la política exterior de Estados Unidos, disuelto en 2006.

Buen ejemplo de ello es el ataque contra Irán y los bombardeos de Israel sobre el sur del Líbano.  El trasfondo es apoderarse de la riqueza de sus recursos naturales, pues Irán es la quinta nación en el mundo con mayores recursos naturales, los cuales tienen un valor estimado de 35.000.000 billones de dólares (segundo país con mayores reservas de gas, tercer en reservas de petróleo, además de grandes reservas de zinc, cobre, hierro y oro). Por tanto, las narrativas que construye Occidente (y EEUU) sobre los derechos de las mujeres, liberar al país de un régimen teocrático, propiciar el libre tránsito en el Estrecho de Ormuz… solo buscan construir y fabricar un consenso que legitime la intervención militar norteamericana-israelí. De este modo, Occidente al apropiarse de la riqueza de los recursos naturales de Irán, está salvando la banca privada occidental, pues ello implica inyectar una gran liquidez a la banca (norteamericana y europea), y de paso evitar la caída del dólar; por eso, hay quien nos dice que esta es una guerra del “cartel bancario occidental” (Glenn Diesen Español, 2026a, 3:54). Lo que sucede es que Occidente y su sistema bancario están en crisis, y no tienen empacho en ver esta guerra como un daño colateral, con tal de mantener su hegemonía. Incluso Krainer -analista de mercados- nos dice:

Sé con certeza que los banqueros europeos están extremadamente preocupados por esto. Si tuvieran que comprar dólares a precios de mercado, el 30:44 euro podría colapsar. El resultado sería un fuerte impulso a la inflación, una inflación de precios en euros, sería un desplome del euro. (Glenn Diesen Español, 2026a, 30:36-30:52).

Al mismo tiempo, los bombardeos sistemáticos en el sur del Líbano, han asesinado a más de 2000 personas, provocando además una fuerte crisis humanitaria: el desplazamiento de casi un millón de personas (Organización Internacional para las Migraciones, 2026). El ejército israelí está buscado aniquilar los medios de subsistencia: mediante la destrucción del sector agrícola  (israelíes contaminando los campos del sur del Líbano con Glifosato); bombardeando sistemáticamente la infraestructura de conexión (bombardeando 7 puentes estratégicos sobre el río Litani); propiciando el saqueo y violencia contra la población civil libanesa: según Amnistía Internacional (2026), los soldados israelíes están torturando y saqueando la población civil de la región del sur del Líbano…

Estos ataques sistemáticos de Israel al sur del Líbano, forman parte de una búsqueda de concreción del proyecto israelí-norteamericano del “Gran Israel”, que, busca la hegemonía y expansión de Israel en la región (Sola, 2026); para ello, no solo reclama Palestina, sino también Jordania, Irak, Siria, la parte oriental de Egipto y el Líbano. Con lo cual se pretende la dominancia geopolítica de Israel desde el Éufrates hasta el Nilo, además de buscar obtener el máximo de territorio para Israel, y reducir al mínimo el territorio de la población árabe.

Ahora bien, según Marandi, profesor en la Universidad de Teherán (Glenn Diesen Español, 2025), la política de paz de Israel para Oriente Medio, consiste en atacar a un adversario a la vez que mantienen otros conflictos latentes; una muestra de ello fue el acuerdo de paz entre Israel y el Líbano en noviembre del 2024, mientras atacaba a Siria y derrocaba a Bashar al-Ásad.  En la actualidad está haciendo lo mismo, mientras celebran el acuerdo de paz en Gaza (celebración francamente dudosa), bombardean el Líbano.

Además, es sabido que el papel de los medios de comunicación occidentales es construir narrativas y fabricar consentimientos -y, en particular, los de EEUU-, y, por ende, enmarcan y legitiman los crímenes de lesa humanidad, bajo una supuesta lucha contra el terrorismo; así, el genocidio en Gaza, se justifica en la narrativa de que es parte de la guerra entre Hamas e Israel -incluso Trump llega a decir públicamente que Hamas perdió 70.000 personas, obviando que 20.000 eran niños, y el resto casi en su mayoría eran población civil entre ellos mujeres y ancianos-. Pues ahora, en el Líbano están haciendo lo mismo, los medios de comunicación están legitimando los bombardeos a la población civil del sur del Líbano, mediante la narrativa que Israel está luchando contra los bastiones de Hizbulá. Para el periodismo occidental, dichos hechos no conforman una violación grave del derecho internacional y de los Derechos Humanos, una muestra más del etnosupremacismo burdo de Occidente y del declive de Occidente.

Ahora bien, detengámonos brevemente en este discurso occidental imperante para América Latina, también típico de Trump, y sus hechos:

1. El presidente Donald Trump, en confrontación descarada con el derecho internacional y la Carta de la ONU, ha manifestado reiteradamente su intención de atacar Irán y de anexionar Groenlandia. El 22 de diciembre nombra a Jeff Landry como enviado espacial ante Groenlandia. El 25 de diciembre de 2025, USA, bombardeó al Estado Islámico de Nigeria. El 3 de enero del 2026 atacó Venezuela, secuestrando al presidente Nicolas Maduro y a su esposa. El 29 de enero, intensifica el bloqueo energético a Cuba. Se trata de una gobernanza mundial anticonstitucional, de orden militar, por decreto, bajo la cobertura de la Doctrina de Seguridad Nacional estadounidense (Glenn Diesen Español, 2026b). Con la “reedición” de la doctrina Monroe sobre el hemisferio Occidental, el gobierno de USA apunta a la eliminación de la influencia China -quien actualmente es el principal socio comercial de los países de América Latina y el Caribe-. El programa de cooperación enfocado en seguridad, defensa y lucha contra amenazas transnacionales del narcotráfico y el crimen organizado, lo que realmente pretende es mantener la hegemonía del dólar en la región.

No obstante, USA ya no es el único actor en el tablero geoeconómico que podía utilizar la coerción económica con eficacia y sin grandes repercusiones. Hoy, se observa la siguiente paradoja: por un lado, hay muchos más incentivos para usar la coerción económica que antes, con el objeto de imposibilitar el progreso de nuevos rivales; mientras que, por otro lado, dicha coerción lleva también a otros centros de poder que ofrecen acceso a industrias, cadenas de suministros, corredores de transporte físico y nuevas tecnologías y de organización económica (BRICS), como también, nuevas alternativas al dólar y al sistema Swift. Es más, en los últimos años Rusia ha desarrollado un conglomerado de nuevas instituciones digitales para gestionar compensaciones transnacionales casi a tiempo real, superando el Swift (Glenn Diesen Español, 2026c). A su vez, China está creando un sistema alternativo, en que sus instituciones no se encuentran vinculadas al dólar para pagos interbancarios. Todo pareciera indicar que, en un plazo de 5 a 10 años, el 25% de las transacciones comerciales globales no se efectuaran en dólar.

2. Cuba ocupa lugar un protagónico en el tablero geopolítico hoy. Rusia anuncio acuerdos energéticos con Cuba, y enviará petróleo a cambio de níquel, cobalto y servicios médicos especializados. Mientras, China, abrió una línea de crédito con Cuba por miles de millones de yuanes para la financiación de la reconstrucción de la infraestructura eléctrica cubana. Por su parte, México, envía ayuda humanitaria a Cuba defendiendo su soberanía comercial de las sanciones extranjeras (Maritano, 2026). Estamos ante el surgimiento de una nueva arquitectura económica paralela, que está convirtiendo la diplomacia económica y sus instrumentos de coerción en una herramienta caduca; se están reescribiendo las reglas del juego al margen de las instituciones creadas por los EEUU desde la Segunda Guerra Mundial (Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, el sistema Swift, etcétera). Docenas de países ya han establecido acuerdos con China en yuanes y monedas locales sin tener que utilizar el dólar. China y Rusia, saldan gran parte de su comercio bilateral en sus propias monedas (Medeiros, 2025). No obstante, USA no soltará su hegemonía sin una feroz pelea a nivel planetario, cuando los imperios están en declive se vuelven más agresivos, un conflicto global, según varios politólogos será inevitable.

3. A las tensiones geopolíticas actuales, se suma la demanda presentada en Washington: Noble Capital RSD LLC contra la Federación Rusa, el Ministerio de Finanzas, el Banco Central y el Fondo de Bienestar Nacional, exigiendo el reconocimiento y pago de 225.800 millones de dólares. La reclamación se basa en bonos soberanos de la Rusia imperial colocados entre inversores estadounidenses antes de de 1917. Si la relación financiera entre EEUU y Rusia se rompiera con la demanda, EEUU necesitaría urgentemente asegurar sus cadenas de suministros en materias primas (Rusia cuenta con el 10% de las reservas mundiales de cobre), buscando un proveedor estratégico más seguro.

Chile, al poseer el 28% de las reservas mundiales de cobre, se convierte en un pilar estratégico confiable y políticamente alineado con Washington, pudiendo ser un catalizador de la maquinaria industrial y militar de los EEUU, lo que también, ha sido observado con preocupación por Perú y Bolivia (productores de cobre y litio).

En diciembre del 2025, el ultraderechista José Antonio Kast, ganó las elecciones presidenciales, (periodo marzo del 2026 al 2030), y no solo deberá administrar las ganancias que genere el cobre debido a la exención de aranceles gestionadas por Mario Marcet, sino que también deberá facilitar el control de los activos estadounidense por sobre la soberanía nacional, relajar las normas ambientales para acelerar la aprobación de los proyectos mineros, construir desaladoras; acelerar y legitimar el proceso extractivista e imponer un modelo de orden y seguridad propio de la ultraderecha cuando defiende los intereses de los grandes capitales. Chile consolida un capitalismo financiero- extractivista, sin equilibrio ecológico de los ecosistemas propios del país, ante el renacimiento de un modelo de explotación neocolonial de corte rentista, que hace imposible explotar cualquier otra cosa que no sea cobre, lo que terminaría por desindustrializar aún más el país.

4. Brasil, en el marco de la reunión de los BRICS, en julio del 2025, firma un acuerdo con China, logrando el apoyo de inversiones chinas para el desarrollo del proyecto de construcción del tramo del corredor ferroviario desde la ciudad de Lucas do Rio Verde en el Mato Grosso, pasando por Bolivia, para llegar al puerto de Chancay, en Perú. Proyecto que, a su vez, pretende integrar los ferrocarriles brasileños de Integración Oeste-Este. Asimismo, la iniciativa transnacional de otro Corredor Bioceánico Vial, de Capricornio 2025-2035, presentada por el gobierno del presidente Boric, mejorará la conectividad del transporte de carga entre Brasil, Paraguay, Argentina y Chile, potenciando la actividad de los puertos de la zona norte del país.

Irán, Israel y EEUU, en el Estrecho de Ormuz, es otro punto geopolítico crítico, considerando además la fragilidad del canal de Panamá, y la importancia del control de los estrechos en la configuración del poder global. El Estrecho de Magallanes surge como una de las alternativas en tiempos de incertidumbre geopolítica.

América Latina en el tablero geopolítico actual.

América Latina es zona periférica, dependiente y provinciana en una globalización asimétrica portadora de desigualdad, es proyección de las políticas de dos velocidades de las Américas (Serbin, 2019). Las grandes decisiones que inciden en el rumbo de la historia se debaten en el Club de Roma, Club de Bilderberg, Santa Fe (Baker, 2022), Davos, en Londres, Moscú y Pekín, con la participación de los banqueros, el estado profundo, las familias reales europeas, Vaticano, las grandes corporaciones tecnológicas en los think tanks “libertarios” de derecha, en el Instituto Cato o la Heritage Foundation, instituciones con extraordinaria incidencia política (Lander, 2019).

América Latina, fragmentada, con procesos de regionalización inconclusos, liderazgos débiles, falta de proyección a largo plazo, por la confluencia de múltiples factores, podría ser definida en términos de pérdida de gravitación internacional y «vaciamiento latinoamericano» por la ausencia deliberada de acción colectiva de la región que, de no revertirse, podría conducir a la pérdida de su condición de actor en el sistema global y a su mera expresión geográfica.

Hay manifestaciones notables de la relativa “insignificancia” de América Latina en la escena geopolítica internacional: el deterioro del sistema interamericano; dominio tradicional de USA en la región; las políticas extraccionistas (Bonilla, 2015); terrorismo y narcotráfico; factores externos e internos que dificultan el multilateralismo pleno y los márgenes nacionales de autonomía; las presiones/oportunidades en la doble dependencia de América Latina de China y USA; el consenso de algunos gobiernos latinoamericanos con el modelo liberal y políticas internacionales próximos a USA; la presión de las diásporas latinoamericanas en Washington; la sistemática degradación de las instituciones interamericanas...

La falta de coordinación, efectividad y perspectiva a largo plazo, y las tensiones internas a nivel continental, se hacen evidentes en el estancamiento de MERCOSUR, la Comunidad Andina de Naciones (CAN), la Alianza del Pacífico (AP), la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), la Comunidad de Estados latinoamericanos y caribeños (CELAC), la Organización de Estados Americanos (OEA), y la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR). El exuberante cuerpo institucional de estas entidades y el trabajo realizado poco han cambiado la representación política, la competitividad, la innovación, la estructura productiva, y la imagen continental en los altos círculos liberal-occidentales. Para el mundo, América Latina sigue siendo un territorio políticamente inestable, de terrorismo y narcotráfico, de “fiesta y siesta”, de machismo, de dictadores vocacionales, de la rumba y de una indolencia enfermiza. La “pérdida” de relevancia relativa de América Latina en términos estructurales muestra su trayectoria declinante desde hace décadas.

La falta de propuestas creíbles del progresismo y, parte de la izquierda fatigada y poco combativa, han agudizado la situación actual (Lander, 2019). Las riquezas naturales y el capital humano en sí, no son factores de ventaja comparativa, ya que su exploración y administración dependen de las zonas de influencia de las grandes potencias. 

El debate académico: nosotros y los otros.

El tema civilizatorio abrió un intenso debate académico y político sobre el estatus de la civilización occidental, el choque de las civilizaciones, la competencia entre proyectos civilizatorios, la posibilidad de una civilización humana única o de una constelación de civilizaciones en tensión. En la amplia bibliografía generada por este debate, desde diferentes lugares de anunciación, se pueden distinguir con relativa precisión cuatro grandes enfoques: marxista y postmarxista, teorías de la globalización, teorías postcoloniales y modernidades múltiples (Gallo, 2014).

De la larga lista de autores que han dedicado valiosas páginas al tema, Gunder Frank (1967) niega cualquier validez analítico-interpretativa de la idea de civilización y de proyectos civilizatorios: considera que no existen civilizaciones distintas y que jamás han existido como espacios económico-político-culturales diferenciados. Lo que efectivamente se puede argumentar es una permanente interacción, intercambios, imbricación mutua. Reconocer las civilizaciones como entidades individualizadas no solo es teóricamente inconsistente, sino políticamente peligroso (Frank, 1967).

Roberto Esposito (2012), desde “lo impolítico,” analiza la controvertida condición de Occidente, como esplendor y ocaso,

la libertad pasa a ser imperialismo, opresión, genocidio, el progreso se torna explotación, expoliación, destrucción. La paz pasa a ser guerra, muerte, hambre. El Occidente ya no es –e incluso nunca ha sido– un espacio, sino antes bien una línea progresiva y polémica, una “institución imaginaria”, la civilización europea. El Occidente no sabe o no quiere, encontrar al otro sin sujetarlo a dominio propio. (Esposito, 2012, p. 247).

La tendencia postcolonial, que reúne un amplio espectro de autores, explora el carácter instrumental del enfoque civilizatorio, que ha sido aplicado no solamente para legitimar la dominación económica, militar y colonial, y la exclusividad racial blanca, sino también para instalar códigos culturales estereotipados que definen la condición cultural subalterna de los pueblos no occidentales (Dussel, 2014). El eurocentrismo u occidentalismo, que actualmente aparece en sus modalidades más oscuras (nacionalismo radical, neofascismo, conservadurismo populista, antiintelectualismo, neoliberalismo autoritario) ha creado su propia especie humana, que da vergüenza de ser hombre (Deleuze y Parnet, 1997).  

El proyecto civilizatorio latinoamericano

Pensar la génesis y la arquitectura del proyecto latinoamericano, más allá de la trivial oposición civilización-barbarie, implica examinar el orden socio-económico y político impuesto por el Occidente a la periferia, las luchas y las resistencias, los modos de dominación, la escena del debate político e intelectual, no siempre articulado en escuelas académicas, o corrientes de pensamiento nítidas. Significa entender la lógica de la constitución de tal proyecto, deconstruir la frágil arquitectura de la academia latinoamericana, observar atentamente aquellas minorías intelectuales revolucionarias y conformistas, rebeldes y subalternas a la vez, revelar sus almas múltiples, sus credos sagrados y duelos, su doble desarraigo -del canon occidental en que piensan y de las tradiciones ancestrales que buscan consagrar-.

No hay un proyecto civilizatorio latinoamericano conceptualmente compacto y rotundo, se trata de un cuerpo discursivo múltiple siempre en construcción, de un “ovillo” problemático de diferentes voces polifónicas, de matices, verticales conceptuales y niveles estructurales jerárquicos y rizomáticos, a la vez. Es una formación híbrida e inestable de múltiples anhelos en conflicto permanente, fraguados por una historia, lengua y cultura común. Se trata de un corredor de posibilidades perdidas, frustradas, reales, actuales o futuras. 

El proyecto civilizatorio latinoamericano, no es una profecía, menos un plan político de acción, es fundamentación de un determinado tipo de lazo social, y construcción político-jurídica (civitas y comunitas) deseable, debida, justa y virtuosa, que emerge de las profundidades de la historia, define un horizonte de expectativas y permite dejar su impronta. Nace de diferentes lugares y perspectivas de enunciación, de la inquietud y compromiso de minorías intelectuales, que, a partir de una clara posición política, proclaman los principios de lo común. Se presenta como archipiélago de narrativas y contra-narrativas en disputa, de discursos autorizados y no autorizados, de intuiciones e ideas, que constituyen un complejo tejido político cultural. Une en un crisol explosivo la ontología indígena, las proyecciones civilizatorias de la extrema derecha, los anhelos del progresismo, la cosmogonía del globalismo. Es un bloque flotante de ideas y relaciones, que unen el hombre, las cosas, la tierra, los cielos y los dioses, en una imagen del mundo fractal, relativamente estable con un núcleo sacro irrenunciable, un relato fundacional, un ser en común, que han pasado por una larga prueba histórica.

La hibridez de la identidad latinoamericana, la variopinta mezcla histórica entre el canon liberal occidental, religiosidad católica, comunitarismo, cosmovisiones ancestrales, cultura afrodescendiente, pragmática neoliberal, necesariamente define los contornos del proyecto civilizatorio latinoamericano. En el contexto periférico y dependiente suramericano, se constata la plena vigencia del carácter occidentalocéntrico de la formación cultural dominante: universitaria, académica y/o letrada en general. Tal cosmovisión, que nos subordina a las directrices del Norte global, sigue rigiendo nuestras academias, cánones, referencias y marcos epistémicos, temas de agenda pública (Bilmes et al., 2024).

El bloque heterogéneo e internamente contradictorio que se presenta bajo el nombre de proyecto civilizatorio latinoamericano, está sujeto a la mutación contemporánea de la temporalidad histórica, produciendo una nueva forma de conexión entre pasado, presente y futuro. Una especie de simultaneidad no simultánea (Koselleck, 1993), “presente extendido” (Gumbrecht, 2005), es lo que Bauman llama Retrotopía (2017), la posibilidad compensatoria de construir utopías desde un pasado idealizado, en un presente empobrecido, y la falta de perspectivas para el futuro. El proyecto latinoamericano plasma precisamente esta aporética relación de temporalidades múltiples, culturas rizomáticas sobrepuestas, ritmos históricos descentrados, para definir las dimensiones y límites de un “nosotros” colectivo siempre problemático.

Con cierto riesgo analítico, podemos diferenciar tres modelos confrontados dentro del proyecto latinoamericano: uno, desde la crítica radical del proyecto político moderno, por actualización de los principios de convivencia ancestrales y descolonización; otro, conservador nacionalista, por una globalización limitada, que en sus formas extremas podría desplazarse a prácticas neofascistas; un tercero, cuyos adeptos consideran, que es posible mantener el estado actual con políticas inteligentes de consensos, diálogo multicultural, regulación de los conflictos, multilateralidad y derecho internacional reformado. Cada una de estas tendencias intenta responder, a su manera, a las preguntas: ¿Quiénes somos y qué pretendemos? ¿Somos anti-europeos, anti-eurocéntricos, o simplemente latinoamericanos?

La ontología política del proyecto moderno se basó en la fe en la razón, progreso, racionalidad política, eficiencia económica, derecho internacional, ciencia, exclusividad racial, individualismo, autonomía, contrato social y poder militar. La conquista y la posterior colonización mostraron que este proyecto no fue ni tan emancipador, ni tan racional. La occidentalización civilizatoria significó dominación total, exterminación física, salvajismo colonial, genocidios, crímenes y dramas humanos. En América Latina, después de varias olas del indigenismo en los primeros decenios del siglo pasado (Alonso Caso, Gonzalo Aguirre, José Carlos Mariátegui, José María Arguedas, etc., intelectuales latinoamericanos, principalmente peruanos y mexicanos, que dedicaron sus vidas al estudio, la revalorización y la defensa de las comunidades indígenas, así como al análisis sociológico y cultural de sus respectivos países), en el inicio del siglo XXI surgen visiones alternativas a la racionalidad económica occidental gracias al desarrollo de movimientos sociales progresistas en los 90°. De ahí surgen instancias como el Foro de Sao Paulo, que hicieron explicito su desencanto del ideal del proyecto occidental. En contraposición, se configura un discurso que combina principios éticos de la antigua cultura andina y los aportes de diferentes movimientos intelectuales críticos contemporáneos, los cuales al poco tiempo fueron incorporados a la esfera política en Bolivia y Ecuador. Estos incluyeron su propia visión del buen vivir, y vivir bien en los textos constitucionales (Vanhulst, 2015).

Según los adeptos de la perspectiva descolonizadora, el proyecto civilizatorio occidental se configura por múltiples y heterogéneas jerarquías de dominación: el orden social periférico represivo instalado mediante las administraciones coloniales, y en el marco de la división internacional de trabajo de carácter extractivista: la dominación lingüística, espiritual, etno/racial y de género, eurocentrada (Grosfoguel, 2016), los códigos estéticos de belleza; las cosmovisiones, modos de vivir, conocer aprender y pensar; la occidental de asimilación cultural (Dussel, 2014). La tendencia descolonizadora se define en términos de un humanismo intercultural orientado a una transición post-material, post-crecimiento, post-humana, postcapitalista o post-económica (Escobar, 2017, 2022), de modernidades múltiples, de un neo-humanismo no-capitalista, decolonial, no-liberal y post-extractivista, de un modo de vida con cierta disposición cosmopolita. En el léxico teórico, aparecen conceptos como una nueva civilización de solidaridad, del buen vivir, de desoccidentalización (Elizalde, 2012), de sustentabilidad y un nuevo comunitarismo (Escobar, 2017), de sabiduría transformadora (Hathaway y Boff, 2014).

Dentro del mismo patrón, se argumenta una forma plural de lo humano, más allá del humanismo occidental, una transición civilizatoria donde la acción colectiva reconecta con la Tierra como bien universal común, con lo sagrado y lo espiritual. La noción de transición civilizatoria denomina el movimiento desde el dominio de un modelo de vida único, hacia la coexistencia pacífica, aunque tensa, de una multiplicidad de modelos, hacía un “pluriverso” (Duhart, 2020; Escobar, 2022), considerando la interdependencia radical de todo con todo, y la existencia humana en un cosmos vivo. Esta visión apela a recomunización, relocalización de las actividades sociales, económicas y culturales, fortalecimiento de las autonomías locales, despatriarcalización y desracialización de las relaciones sociales, reintegración con la Tierra condenada. Incluye, construcción de redes entre iniciativas y alternativas transformadoras, recuperación de la armonía y la reciprocidad entre los pueblos y con la naturaleza, una economía solidaria cotidiana, reciproca, de convivencia (Escobar, 2022). Tal proyecto sería posible desde la noción de relacionalidad como alternativa al dualismo ontológico occidental (Estermann, 2012).

No hay una definición exhaustiva de lo que es “buen vivir,” lo que potencia el concepto (Vanhults, 2015; Vanhults y Beling, 2015), mientras que otros autores consideran que el buen vivir es una noción plural en construcción (Gudynas y Acosta, 2011), que invita a vivir y convivir con la naturaleza en una consonancia espiritual cósmica, complementariedad, relacionalidad en la tríade hombre/naturaleza/comunidad. (Gudynas y Acosta, 2011), transformándose en una alternativa al antropocentrismo, cientificismo y la racionalidad instrumental de Occidente.

Esta ontología indígena tiene incidencias políticas. El Plan Nacional de Desarrollo (PND) 2007 del Estado Plurinacional de Bolivia, reconsidera críticamente el proyecto civilizatorio occidental recreando el concepto de desarrollo a partir de una postura ideológica descolonizadora, antineoliberal, y antiglobalizadora: se propone una visión cosmocéntrica, que excede el etnocentrismo, transformación de la matriz productiva, un cambio sustancial en el modelo primario exportador por “…un nuevo patrón de desarrollo integral y diversificado, consistente en la industrialización de los recursos naturales no renovables…” (Loza,  2023, p. 123).

El Buen Vivir como alternativa al desarrollo se interpreta como plural e integral, capaz de abarcar la diversidad tanto en lo político, económico, social y cultural. Rompe con una visión meramente cuantitativa de desarrollo, toma en cuenta el disfrute de la población de bienes materiales, la realización subjetiva, intelectual y espiritual, la identidad cultural como elemento fundamental (Loza, 2023). Tanto la acumulación de riqueza como la industrialización, solo son considerados como medios, que posibilitan una convivencia armoniosa de las comunidades entre sí y con la naturaleza.

A partir del segundo decenio del presente siglo, en Bolivia, la idea de Buen Vivir se relacionó con subir las tasas de crecimiento y expandir el consumo, a objeto de satisfacer las grandes necesidades de la población. El país tuvo un crecimiento anual de 3,5%, a diferencia del 1,5% del periodo 1990-2005. Además, los índices de pobreza muestran que “la pobreza extrema indígena bajo en 27,7[…] Mientras que la no indígena disminuyo en 8,6%” (Loza, 2023, p. 127). La población indígena se sacó de la pobreza extrema a costa de aplicar la lógica extractivista de las empresas de hidrocarburos y de la minería, con los respectivos costos ambientales descuidando la industrialización. Al mismo tiempo, la burocracia estatal no respetó la consulta previa medioambiental en la toma de decisiones de inversión público-privada, los grupos económicos emergentes terminaron volviendo a la vieja dinámica de acumulación capitalista.

Ecuador y Bolivia han sido pioneros en el debate constitucional al incorporar la pluralidad cultural, mediante diversas perspectivas sociales, cambiando con ello la relación entre Estado y sociedad en la construcción de una nueva institucionalidad policéntrica y horizontal. Pero, por una serie de condiciones previas, desde inicios de los 90 hasta los cambios constitucionales, no han logrado superar su principal reto de transitar de un modelo de desarrollo occidental capitalista a un modelo económico fundado en una matriz comunitaria y sustentable, que superen las lógicas mercantilistas que atraviesan la vida de las comunidades indígenas. A pesar del gran avance que implican los planteamientos constitucionales de dichos gobiernos, se observa distanciamiento de la idea de Buen Vivir, perpetuando las estructuras oligárquicas, las desigualdades sociales y las lógicas clientelares y rentistas, además de continuar la depredación ambiental.

Conclusiones

El proyecto civilizatorio latinoamericano es un constructo socio-político-cultural en construcción, que condensa las estructuras socio-político-culturales históricamente instaladas, las luchas y las resistencias, la correlación de las fuerzas políticas y sociales actuales, la empíria de la contingencia y la metafísica del porvenir. No es un programa político de acción colectiva, tampoco es un ejercicio utópico del deseo, no figura en los documentos institucionales, en los titulares de los periódicos o en las redes sociales, no es tema favorito de deliberación política. Surge en la tensionada atmósfera de los debates académicos, las “políticas de la calle”, los movimientos sociales y las luchas contrahegemónicas. Es esencia organizada de las posibles alternativas de solución de los conflictos actuales.

Difuso e indeterminado, sujeto a los vaivenes del explosivo contexto geopolítico mundial, privado de la pragmática política del aquí y ahora, oscilando entre propuestas que van desde las ontologías indígenas hasta las ideas nacional-conservadoras, heterogéneo y híbrido por las singularidades nacionales, el proyecto latinoamericano esboza formas continentales de vivir, sentir, pensar, luchar y morir, basados en una historia, lengua, cultura y dominación comunes. Su aporte en la competencia mundial de proyectos civilizatorios consiste en evidenciar las antinomias específicas de una cultura continental indígena y occidental a la vez como espacio de construcción de sentido, las formas de dominación que generan modos específicos de resistencia y la voluntad de seguir preguntando ¿quiénes somos? ¿cómo hemos llegado a ser cómo somos? ¿qué pretendemos? ¿en qué se basa nuestra esperanza? Estas preguntas, que no son de cada día, surgen solamente en momentos existenciales, requieren respuestas rigurosas y audaces.

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