Observatorio de las Ciencias Sociales en Iberoamérica

ISSN: 2660-5554

Vol. 7 Núm. 1 (2026): Enero - Marzo

 

Un trauma histórico en las relaciones dominico‑haitianas: la matanza de los haitianos de 1937

 

 

Ramon Emilio Jáquez

Escuela de Humanidades y Ciencias Sociales, Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM), República Dominicana.

https://orcid.org/0009-0003-2950-4608

re.jaquez@ce.pucmm.edu.do

Antonio Luciano Firpo

Escuela de Humanidades y Ciencias Sociales, Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM), República Dominicana.

https://orcid.org/0009-0000-4881-348X

al.firpo@ce.pucmm.edu.do

  

 

RESUMEN

La matanza de haitianos de 1937, conocida como “el corte” o “masacre del perejil”, constituye uno de los episodios más trágicos en la historia de las relaciones dominico-haitianas. Entre el 2 y el 5 de octubre, miles de haitianos y dominicanos de ascendencia haitiana fueron asesinados en la frontera y otras regiones del país, en un acto de violencia de Estado ordenado por Rafael Leónidas Trujillo. Más allá del número exacto de víctimas, aún en debate, la masacre debe entenderse como un ejercicio de ingeniería política destinado a reforzar una identidad nacional basada en el rechazo a lo afrocaribeño. Este artículo analiza el acontecimiento en sus dimensiones históricas, políticas y culturales, relacionándolo con otros genocidios del siglo XX y con las dinámicas de exclusión que persisten en la actualidad. La discusión incorpora aportes recientes sobre memoria histórica, racismo estructural y migración, subrayando que la masacre constituye un trauma transgeneracional que sigue condicionando las relaciones diplomáticas y sociales entre República Dominicana y Haití. Se concluye que reconocer este episodio como genocidio y promover políticas de memoria crítica es indispensable para avanzar hacia una cultura de paz, reconciliación binacional y respeto a los derechos humanos en el Caribe contemporáneo.

Palabras clave: memoria histórica, identidad nacional, migración, República Dominicana, Haití.

 

A historical trauma in dominican-haitian relations: the haitian massacre of 1937

 

ABSTRACT

The 1937 Haitian massacre, also known as “El Corte” or the “Parsley Massacre,” represents one of the most tragic episodes in Dominican-Haitian relations. Between October 2 and 5, thousands of Haitians and Dominicans of Haitian descent were killed along the border and in other regions of the country, in a state-sponsored act of violence ordered by Rafael Leónidas Trujillo. Beyond the disputed number of victims, the massacre must be understood as a political project aimed at consolidating national identity through the rejection of Afro-Caribbean heritage. This article examines the event in its historical, political, and cultural dimensions, linking it to other twentieth-century genocides and to the dynamics of exclusion that persist today. The discussion incorporates recent contributions on historical memory, structural racism, and migration, emphasizing that the massacre represents a transgenerational trauma that continues to shape diplomatic and social relations between the Dominican Republic and Haiti. It concludes that recognizing this episode as genocide and promoting critical memory policies are essential to advancing a culture of peace, binational reconciliation, and respect for human rights in the contemporary Caribbean.

Keywords:  historical memory, national identity, migration, Dominican Republic, Haiti.

 

Um trauma histórico nas relações dominicano-haitianas: o massacre haitiano de 1937

RESUMO

O massacre de haitianos de 1937, conhecido como “o corte” ou “massacre do perejil”, constitui um dos episódios mais trágicos da história das relações entre a República Dominicana e o Haiti. Entre 2 e 5 de outubro, milhares de haitianos e dominicanos de ascendência haitiana foram assassinados na fronteira e em outras regiões do país, em um ato de violência de Estado ordenado por Rafael Leónidas Trujillo. Para além do número exato de vítimas, ainda em debate, o massacre deve ser compreendido como um projeto político destinado a reforçar uma identidade nacional baseada na rejeição do afro-caribenho. Este artigo analisa o acontecimento em suas dimensões históricas, políticas e culturais, relacionando-o a outros genocídios do século XX e às dinâmicas de exclusão que persistem na atualidade. A discussão incorpora contribuições recentes sobre memória histórica, racismo estrutural e migração, ressaltando que o massacre constitui um trauma transgeracional que continua a condicionar as relações diplomáticas e sociais entre a República Dominicana e o Haiti. Conclui-se que reconhecer este episódio como genocídio e promover políticas de memória crítica é fundamental para avançar em direção a uma cultura de paz, reconciliação binacional e respeito aos direitos humanos no Caribe contemporâneo.

Palavras-chave: memória histórica, identidade nacional, migração, República Dominicana, Haiti.

 

INTRODUCCIÓN

El año 1937 marca un punto de inflexión en las relaciones entre la República Dominicana y Haití. Entre el 2 y el 5 de octubre de ese año, miles de haitianos y dominicanos de ascendencia haitiana fueron asesinados en un episodio que la historiografía conoce como “El Corte” o “la masacre del perejil” (García y Valencia, 2008). La orden, emitida por el dictador Rafael Leónidas Trujillo bajo la retórica de defender la dominicanidad, implicó el uso de machetes, garrotes y bayonetas para ejecutar a ciudadanos desarmados. Los sobrevivientes señalaron que los ejecutores eran agentes del gobierno y no campesinos dominicanos como afirmó la propaganda oficial. Este acontecimiento produjo un trauma profundo en las familias afectadas, además, reconfiguró las identidades y las narrativas nacionales en ambos lados de la isla. Este artículo busca analizar la masacre de 1937 en su contexto histórico, explorar sus causas y consecuencias, y examinar cómo este episodio ha moldeado las relaciones dominico‑haitianas hasta la actualidad.

CONTEXTO HISTÓRICO Y SOCIO‑POLÍTICO

Influencias internacionales y regímenes totalitarios

La década de 1930 estuvo marcada por crisis económicas y el auge de regímenes totalitarios en Europa y América Latina. La Gran Depresión de 1929 facilitó la aparición de gobiernos de corte populista y autoritario en la región, como los liderados por Getulio Vargas en Brasil y Lázaro Cárdenas en México. En República Dominicana, este clima favoreció el ascenso de Rafael L. Trujillo, quien gobernó con mano de hierro entre 1930 y 1961. El régimen trujillista se caracterizó por su nacionalismo extremo y por una visión mesiánica del caudillo, configurando un sistema totalitario basado en el control monopólico de la vida económica y social. Inspirado en los modelos de Mussolini, Hitler y Franco, el gobierno dominicano recurrió al rechazo de las minorías étnicas para consolidar la identidad nacional.

Identidades nacionales contrapuestas

Desde la época colonial, la isla de La Española ha estado marcada por procesos de independencia y conflicto. España y Francia delimitaron sus territorios mediante tratados como el de Ryswick (1697), Aranjuez (1777) y Basilea (1795). Tras la ocupación haitiana de 1822–1844, la independencia dominicana de 1844 se construyó en oposición a Haití. La población dominicana, mayoritariamente mulata, desarrolló un sesgo étnico que aspiraba a la blanquitud y negaba sus raíces afrocaribeñas. En contraposición, la cultura haitiana, basada en el creole y el vudú, reivindicaba una identidad afrocaribeña de resistencia (Jimenes, 2014). Este contraste alimentó la xenofobia y el prejuicio racial; según los sectores dominantes, “ser anti haitiano refuerza el ser dominicano”. La narrativa oficial durante la era de Trujillo proclamó que el pueblo dominicano era cristiano e hispánico, ignorando sus raíces africanas. Para reafirmar esa visión, el régimen impulsó un programa de “dominicanización de la frontera” que promovía la expulsión de haitianos y fomentaba la colonización por campesinos dominicanos (Inoa, 2023).

EL EPISODIO DEL 2‑5 DE OCTUBRE DE 1937

Preparativos y desencadenantes

En 1936, los gobiernos de Trujillo y Sténio Vincent ratificaron un tratado definitivo para delimitar la frontera. El líder dominicano aprovechó las obras públicas en la zona —como el nuevo ayuntamiento de Dajabón y la construcción de iglesias— para presentarse como protector de la frontera. Según testimonios, durante una de estas inauguraciones Trujillo manifestó su cansancio por los robos de ganado y ordenó que a partir de ese momento “no debía quedar un solo migrante haitiano en suelo dominicano”. La ejecución de la orden comenzó el 2 de octubre y se extendió hasta el 5 de octubre, desplazándose rápidamente por las provincias fronterizas y llegando a más de 75 poblados de todo el país. Los perpetradores utilizaban machetes, cuchillos y palos para matar a haitianos y dominicanos de ascendencia haitiana.

Dinámica de la masacre

El régimen intentó presentar las muertes como enfrentamientos entre ganaderos dominicanos y cuatreros haitianos. Sin embargo, testimonios de supervivientes y observadores contemporáneos desmienten esa versión. El sacerdote Felipe Gallegos SJ, párroco de Dajabón, documentó en su diario cómo los disparos empezaron la noche del 3 de octubre y cómo los feligreses se refugiaron en el templo por miedo (Deive, 2016). Los relatos indican que las autoridades continuaron la matanza durante varios días y que cuando Gallegos recorrió la región en noviembre encontró cadáveres en los caminos, casas destruidas y comunidades desiertas. El maestro de Dajabón, Diego Blanco, señaló que de 105 alumnos sólo le quedaron cuarenta después de la masacre (García, 1983).

Estimaciones de víctimas

La magnitud de la masacre es objeto de debate. Las cifras más citadas oscilan entre 10 000 y 15 000 muertos, aunque algunas estimaciones hablan de más de 17 000 víctimas. El padre Gallegos informó que de las 35 000 personas que vivían en la región apenas sobrevivieron unas 1 500. La ausencia de registros oficiales y la destrucción de pruebas dificultan precisar el número exacto de muertos, pero la evidencia coincide en que se trató de uno de los actos de violencia estatal más graves del Caribe en el siglo XX (Ludahl y Vargas, 1983).

Testimonios y memoria

Las investigaciones sobre la masacre se apoyan en testimonios orales y documentos contemporáneos. El diario de Felipe Gallegos constituye una fuente primaria invaluable; en él se registran los días de terror, los asesinatos indiscriminados y la desesperación de las comunidades. Gallegos también describe la reacción de la Iglesia haitiana y las presiones internacionales, lo que obligó a Trujillo a desistir de su reelección por un tiempo. Otros testimonios, como los recopilados por el jesuita José Luis Sáez, corroboran que muchos haitianos huyeron cruzando el río Libón para refugiarse en su país. Estos relatos desmontan la versión oficial del régimen y evidencian la violencia sistemática ejercida por el Estado (Sáez, 1988).

La memoria de la masacre ha sido objeto de disputa. Durante el régimen trujillista y gran parte del siglo XX, la propaganda oficial minimizó el hecho y culpó a bandas haitianas. Historiadores como José R. Santos argumentan que se promovió el anti‑haitianismo para justificar el crimen y reforzar la identidad dominicana. En las últimas décadas, movimientos de derechos humanos y académicos de ambos países han trabajado para rescatar la verdad histórica y honrar a las víctimas.

CONSECUENCIAS Y REPERCUSIONES

Impacto político y diplomático

La masacre generó un escándalo internacional que dañó la imagen de Trujillo y puso en riesgo las relaciones con Estados Unidos y otros países vecinos. Según el diario del padre Gallegos, la presión de la Iglesia haitiana y de diplomáticos extranjeros obligó a Trujillo a negociar compensaciones y a posponer su campaña reeleccionista. En 1938, el gobierno dominicano acordó con Haití el pago de 750.000 dólares en indemnizaciones; sin embargo, las reparaciones fueron insuficientes y no se implementaron plenamente (Santos, 2014).

Efectos sociales y económicos

La matanza alteró profundamente la demografía de las provincias fronterizas. Las comunidades quedaron despobladas y muchas familias se desplazaron a Haití. No obstante, la economía dominicana siguió dependiendo de la mano de obra haitiana. Las plantaciones azucareras, una de las principales fuentes de trabajo para migrantes haitianos, no fueron afectadas directamente por la masacre. Con el paso de los años, la demanda de trabajadores baratos en la construcción y la agricultura mantuvo el flujo migratorio, lo que genera tensiones recurrentes en las políticas migratorias dominicanas (Inoa, 2023).

Legado cultural e identitario

El episodio de 1937 contribuyó a arraigar una narrativa de superioridad racial y cultural en la sociedad dominicana. La negación de las raíces afrocaribeñas y la exaltación de lo hispánico se tradujeron en políticas de “blanqueamiento” y en la marginación de los dominicos‑haitianos. El término “indio” sustituyó al de “negro” en los documentos oficiales y en el discurso público. Esta construcción identitaria ha sido cuestionada por investigadores contemporáneos que reivindican la multiculturalidad de la nación dominicana (Deive, 2016)

DISCUSIÓN

El análisis de la matanza de haitianos de 1937 revela tanto la brutalidad de un episodio genocida como la complejidad de los procesos de construcción de identidad nacional en el Caribe. La literatura reciente señala que la violencia sistemática ejecutada bajo el régimen de Rafael Leónidas Trujillo no puede interpretarse como un hecho aislado, sino como parte de un patrón regional de políticas autoritarias sustentadas en el nacionalismo extremo, la xenofobia y la manipulación de la memoria colectiva (Tejada, 1999). En este sentido, la masacre constituyó una estrategia política de legitimación del régimen, que buscaba consolidar un relato homogeneizador de la dominicanidad en oposición a lo haitiano, asociado a lo africano, lo popular y lo subalterno.

La historiografía contemporánea ha resaltado que la matanza se produjo en un contexto internacional donde los regímenes totalitarios instrumentalizaban las diferencias étnicas y raciales para imponer proyectos de poder excluyentes. El paralelo con otros genocidios del siglo XX, como el armenio o el holocausto judío, permite comprender la masacre de 1937 como un fenómeno de “limpieza étnica” con características propias de las dictaduras del Caribe latinoamericano (Cadeau, 2022). La utilización de un símbolo cultural como la pronunciación de la palabra “perejil” para identificar a las víctimas es, además, un recordatorio de cómo las marcas lingüísticas pueden transformarse en dispositivos de violencia y exclusión.

La discusión académica actual también aborda la persistencia del trauma histórico y sus repercusiones en las relaciones contemporáneas entre República Dominicana y Haití. Investigaciones recientes muestran que el anti-haitianismo sigue siendo una estructura latente en el imaginario colectivo dominicano, alimentada por discursos políticos y mediáticos que presentan al migrante haitiano como una amenaza económica y cultural (Tejada, 1999). Esta continuidad discursiva demuestra que la matanza de 1937 fue tanto un hecho de violencia masiva como el inicio de un régimen de exclusión social y racial que atraviesa generaciones.

Por otra parte, la memoria de la masacre ha sido objeto de disputas políticas y culturales. Mientras algunos sectores de la sociedad dominicana han promovido el silencio o la minimización del evento, otros han impulsado iniciativas de conmemoración y justicia simbólica, como el movimiento Border of Lights. Estas prácticas de memoria pública constituyen un terreno fértil para el análisis de cómo las sociedades enfrentan su pasado traumático y lo integran en sus proyectos de reconciliación y convivencia. El debate no es meramente historiográfico: implica un posicionamiento ético sobre la forma en que los Estados reconocen y asumen responsabilidades por los crímenes de su historia reciente (Paulino, 2023).

En suma, la matanza del perejil debe interpretarse como un caso paradigmático de violencia de Estado, cuyo impacto trasciende lo demográfico y lo político para instalarse en las estructuras sociales y culturales que moldean las relaciones binacionales hasta el presente. El abordaje comparativo, interdisciplinario y transnacional resulta imprescindible para comprender la magnitud de este acontecimiento y sus resonancias en la actualidad.

CONCLUSIONES

La matanza de haitianos de 1937 constituye un hito trágico en la historia dominicana y caribeña, cuyas implicaciones exceden el marco temporal en que ocurrió. Más allá del número exacto de víctimas, aún sujeto a debate historiográfico, el acontecimiento consolidó un modelo de exclusión que transformó la relación con Haití y redefinió la identidad nacional dominicana sobre la base del rechazo a lo afrocaribeño. Este genocidio debe ser entendido como un episodio de violencia y, al mismo tiempo, como un proceso de ingeniería social y política que dejó huellas indelebles en la estructura de la nación dominicana.

Los hallazgos de la literatura reciente muestran que la persistencia del anti-haitianismo responde a dinámicas históricas de larga duración, reforzadas por discursos estatales y políticas migratorias restrictivas. De esta forma, la masacre de 1937 puede ser leída como el punto de partida de un régimen de exclusión institucionalizada que aún hoy afecta la vida de miles de migrantes haitianos en territorio dominicano. Las tensiones diplomáticas, la precarización laboral y las narrativas mediáticas sobre la “amenaza haitiana” son expresiones contemporáneas de un trauma colectivo no resuelto.

Desde una perspectiva ética y política, este acontecimiento interpela la necesidad de construir políticas de memoria que reconozcan el sufrimiento de las víctimas y promuevan una cultura de paz y respeto a la diversidad. El silencio o la negación del genocidio perpetúan la injusticia histórica, a la vez que alimentan la reproducción de patrones de discriminación racial y exclusión social. En este sentido, el reconocimiento público, la educación histórica crítica y la promoción de proyectos de memoria binacional constituyen pasos indispensables hacia la reconciliación.

Finalmente, la masacre de 1937 nos recuerda la fragilidad de los derechos humanos en contextos de nacionalismo extremo y xenofobia. Estudiar, debatir y conmemorar este episodio no responde únicamente a un interés historiográfico, sino a la urgencia de prevenir la repetición de crímenes similares. El reto para la investigación futura radica en articular enfoques comparativos, interdisciplinarios y transgeneracionales que permitan comprender cómo los traumas históricos configuran las identidades colectivas y condicionan los procesos de integración regional en el Caribe y América Latina.

REFERENCIAS

Cadeau, S. F. (2022). More than a massacre: Racial violence and citizenship in the Haitian–Dominican borderlands. Cambridge University Press.

Deive, C. E. (2016). Bibliografía afro dominico‑haitiana 1793–2015. Archivo General de la Nación.

García, J. M. (1983). La matanza de los haitianos: Genocidio de Trujillo, 1937. Alfa y Omega.

García, R. G., & Valencia, M. A. (2008). Guía didáctica del libro de la Constitución, democracia y ciudadanía. Consorcio de Educación Cívica, PUCMM.

Inoa, O. (2023). Breve historia de la República Dominicana. La era de Trujillo, la matanza del 3. Letra Gráfica.

Jimenes Grullo, J. I. (2014). El contrasentido de una política (La voz del pueblo dominicano): República Dominicana y Haití. El derecho a vivir. Fundación Juan Bosch.

Ludahl, M., & Vargas, R. (1983). Inmigración haitiana hacia la República Dominicana. Revista eme‑eme, 12(68).

Paulino, E. (2023). Border of Lights: The 1937 massacre and statelessness. University Press (en prensa).

Sáez, J. L. (1988). Los jesuitas en República Dominicana: Vol. I, los primeros veinticinco años (1936–1961). Museo Nacional de Historia y Geografía/Archivo Histórico de las Antillas.

Santos, J. R. (2014). Identidad y deconstrucción simbólica de la nacionalidad dominicana: Balaguer, la prensa y la cuestión haitiana. Editora NANI.

Tejada, A. M. (1999). 100 años de historia. Editora Corripio.